LA FÁBRICA DE ETIQUETAS
Cuando la ideología pretende pensar por nosotros
“Fascista”, “ultraderecha”, “retrógrado”, “enemigo de la democracia”.
Repítalo suficientes veces y quizá alguien termine creyendo que eso reemplaza un argumento.
Ese parece ser uno de los grandes trucos de la política contemporánea: cuando no pueden responder a la pregunta, descalifican al que pregunta.
La llamada cultura woke, determinadas expresiones del progresismo y algunas corrientes identitarias han convertido el lenguaje en un campo de batalla. Cambian las palabras, redefinen conceptos y, después, utilizan esas nuevas definiciones para señalar moralmente a quien se atreva a disentir.
¿El resultado?
Una sociedad donde cuestionar una política puede convertirlo a uno, automáticamente, en “fascista”.
Pero la historia no funciona con memes.
Mussolini no cabe en un eslogan
Existe una enorme confusión alrededor del origen político de Benito Mussolini. Es cierto que militó inicialmente en el socialismo italiano y que posteriormente rompió con ese movimiento. Pero de esa trayectoria no se desprende que fascismo y socialismo democrático sean la misma cosa.
El fascismo terminó construyendo un régimen autoritario, nacionalista, corporativista y represivo, incompatible con el pluralismo democrático.
Precisamente por eso resulta intelectualmente mediocre utilizar “fascista” como sinónimo de cualquiera que se oponga al socialismo.
Si todo opositor es fascista, entonces la palabra deja de describir una doctrina y se convierte simplemente en un insulto político.
Y aquí aparece la gran paradoja: quienes dicen defender la diversidad de pensamiento terminan exigiendo uniformidad de pensamiento.
Democracia no es una franquicia ideológica
Decirse “socialista democrático” no convierte automáticamente a nadie en demócrata.
La democracia no es una camiseta.
Se demuestra respetando elecciones, instituciones, separación de poderes, libertad de expresión, propiedad, oposición política y alternancia en el poder.
Porque hay una pregunta que debería incomodar a cualquier gobernante:
¿Aceptarías las mismas reglas si mañana el poder estuviera en manos de tu adversario?
Si la respuesta es no, entonces no estás defendiendo principios.
Estás defendiendo el poder.
La corrupción tampoco tiene partido
Aquí la hipocresía alcanza niveles industriales.
Hay quienes convierten la corrupción de sus adversarios en escándalo nacional y la de sus aliados en “persecución política”.
Eso no es ética.
Eso es tribalismo político.
La corrupción no es de izquierda ni de derecha. Es corrupción. Y cuando la ideología se convierte en escudo para proteger al corrupto, la ideología deja de ser una propuesta política y se transforma en una coartada.
El corrupto no debería tener color político. Debería tener investigación, juicio y, si corresponde, condena.
Género, identidad y libertad
Otro error consiste en convertir las discusiones sobre sexualidad, identidad y género en una guerra contra las personas.
Una democracia debe proteger la dignidad y los derechos individuales de todos.
Pero proteger derechos individuales no significa otorgarle al Estado licencia para imponer una determinada visión cultural, ni significa que toda crítica deba ser considerada odio.
Una sociedad libre tiene derecho a debatir.
Y debatir significa precisamente poder decir “no estoy de acuerdo” sin ser inmediatamente condenado al ostracismo político.
La libertad que solamente protege las opiniones con las que coincidimos no es libertad.
Es privilegio.
¿Y el supuesto “nuevo orden mundial”?
Aquí también hay que separar la crítica legítima de la conspiración.
Existen intereses económicos, geopolíticos, organismos internacionales, grupos de presión y gobiernos que influyen sobre las decisiones mundiales. Eso puede y debe investigarse.
Pero una cosa es investigar el poder y otra muy distinta convertir cualquier acontecimiento en prueba de un gigantesco complot mundial.
La política necesita documentos, hechos, contratos, decisiones y evidencia. No necesita profetas.
El verdadero peligro
El verdadero peligro no es que exista una izquierda.
Tampoco que exista una derecha.
El peligro aparece cuando una ideología pretende convertirse en la única interpretación moralmente aceptable de la realidad.
Cuando empieza a decidir qué puede decirse.
Qué puede cuestionarse.
Qué puede investigarse.
Qué palabras son permitidas.
Quién puede ser escuchado.
Y quién debe ser cancelado.
Ahí empieza el autoritarismo cultural.
Porque las democracias no mueren únicamente cuando aparecen dictadores.
A veces comienzan a morir mucho antes:
cuando la ciudadanía deja de pensar y empieza a repetir.
Por eso Colombia necesita menos etiquetas y más argumentos.
Menos fanatismo.
Menos mesías políticos.
Menos “buenos” contra “malos”.
Y mucha más memoria histórica.
Porque ninguna ideología tiene patente de corso sobre la verdad.
Ni la izquierda.
Ni la derecha.
Ni el progresismo.
Ni el conservatismo.
La única manera de impedir que una ideología termine pensando por nosotros es conservar intacta nuestra capacidad de cuestionarla.
Ese debería ser el verdadero acto de rebeldía ciudadana.
Pensar. Preguntar. Contradecir. Investigar. Y no arrodillarse ante ninguna ideología.
JRoU