La traición política: cuando los partidos olvidan a sus electores.
La democracia representativa no se sostiene únicamente sobre la celebración periódica de elecciones. Su verdadera fortaleza reside en la confianza entre los ciudadanos y quienes reciben el mandato de gobernar o legislar en su nombre. El voto no es un cheque en blanco; es un compromiso político construido sobre principios, propuestas y promesas que los electores esperan ver honrados con coherencia.
Desde mi perspectiva, uno de los fenómenos más preocupantes de la política colombiana es la facilidad con la que algunos partidos y dirigentes modifican el rumbo que ofrecieron durante la campaña para celebrar pactos y alianzas que pocos meses antes rechazaban. Tales acuerdos pueden ser plenamente legales y formar parte del funcionamiento normal de una democracia. Sin embargo, la legalidad no impide que los ciudadanos se pregunten si esas decisiones respetan el mandato político otorgado en las urnas.
La democracia no solo se erosiona por la corrupción o el abuso del poder. También se debilita cuando la coherencia es reemplazada por la conveniencia y cuando los principios terminan subordinados a cálculos políticos. En mi opinión, allí comienza una forma de traición política: no necesariamente una traición a la ley, sino una traición a la confianza de quienes depositaron su voto esperando una representación fiel.
La política exige diálogo, negociación y construcción de acuerdos. Ningún sistema democrático puede funcionar sin ellos. Pero una cosa es construir consensos en beneficio del país y otra muy distinta es convertir los principios en moneda de cambio para obtener ventajas políticas, burocráticas o electorales. Cuando eso ocurre, el ciudadano deja de sentirse representado y comienza a percibir que su voto fue utilizado como instrumento para fines distintos de aquellos que le fueron prometidos.
La lealtad de un dirigente debería pertenecer primero a los ciudadanos y al proyecto político que dijo defender. Cuando las decisiones parecen responder principalmente a intereses personales, cuotas de poder o estrategias de supervivencia política, la representación pierde legitimidad y la confianza pública se deteriora. Ese es el terreno donde florecen el desencanto, el abstencionismo y la creciente percepción de que la política dejó de servir al interés general para servir a intereses particulares.
Especialmente delicados son los pactos entre partidos que se presentaron ante los ciudadanos como alternativas políticas claramente diferenciadas. Desde mi perspectiva, cuando una fuerza política solicita el voto prometiendo ejercer oposición y posteriormente respalda acuerdos que contradicen ese compromiso sin una explicación transparente, es legítimo que el electorado cuestione esa decisión. La confianza ciudadana no se construye únicamente con discursos; se sostiene con coherencia entre lo prometido y lo realizado.
La disciplina de bancada no puede convertirse en un refugio para justificar cualquier cambio de posición. Su propósito debería ser defender un proyecto político coherente, no imponer respaldos que contradigan el mandato recibido en las urnas. La obediencia partidista jamás debería estar por encima de la responsabilidad con los electores.
Los ciudadanos tienen derecho a exigir memoria política. Tienen derecho a comparar lo que un partido prometió con lo que finalmente hizo; a examinar cómo votaron sus representantes, con quiénes decidieron aliarse y si esas decisiones respetaron el compromiso adquirido durante la campaña. Esa rendición de cuentas constituye uno de los pilares de una democracia sólida.
En mi opinión, la mayor traición política no ocurre cuando un partido pierde una elección, sino cuando abandona el mandato que recibió de sus propios electores. Quien pidió el voto prometiendo ejercer una oposición firme no puede sorprender a la ciudadanía con pactos que contradigan ese compromiso sin asumir el costo político de esa decisión. La legalidad de un acuerdo no lo convierte automáticamente en legítimo ante quienes depositaron su confianza en un proyecto diferente.
Los partidos no son propietarios de los votos que reciben; esos votos pertenecen a ciudadanos que respaldaron unas ideas, unos principios y una visión de país. Cuando la voluntad popular termina subordinada a acuerdos de conveniencia o a estrategias alejadas de las promesas de campaña, la confianza pública se fractura y la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales: la credibilidad.
La historia política no recuerda únicamente quién ganó o perdió una votación. Recuerda quién fue fiel a su palabra y quién decidió cambiar de rumbo después de conquistar el poder. Porque una curul puede conservarse mediante alianzas; un cargo puede obtenerse mediante acuerdos; pero la confianza del pueblo, una vez quebrantada, difícilmente vuelve a recuperarse.
Cuando los partidos convierten el mandato ciudadano en una moneda de negociación, no solo defraudan a quienes los eligieron: debilitan el valor del voto, erosionan la legitimidad de la representación y abren una peligrosa brecha entre la ciudadanía y la democracia. Ningún pacto político puede ser más importante que la palabra empeñada al electorado. Cuando esa palabra se rompe, la primera víctima no es un partido; es la confianza del pueblo, y con ella, la esencia misma de la democracia.
JRoU
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Myrian Katherine Andrade Villota
Abelardo De La Espriella
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