Sunday, September 27, 2026

Termas Domicales LA FÁBRICA DE TERGIVERSACIONES. Cuando la realidad estorba,siempre queda la narrativa.Dicen defender el pensamiento crítico. JRoU

Termas Domicales 

LA FÁBRICA DE TERGIVERSACIONES

Cuando la realidad estorba, siempre queda la narrativa.
Dicen defender el pensamiento crítico.
Pero algunos prefieren el pensamiento obediente.
Dicen cuestionar los dogmas.
Hasta que alguien cuestiona los suyos.
Dicen defender la diversidad.
Pero la diversidad de opiniones parece tener límite.
¿Discrepas?
Etiqueta.
¿Preguntas?
Descalifica.
¿Presentas datos?
Cambia el tema.
¿Insistes?
¡Eres el problema!
Así funciona el maravilloso laboratorio de la superioridad moral.
No necesitas demostrar.
Necesitas etiquetar.
No necesitas responder.
Necesitas acusar.
No necesitas debatir.
Necesitas repetir.
Y repetir.
Y repetir.
Hasta que alguien confunda propaganda con evidencia.
El truco es viejo.
Cambiar el significado de las palabras.
Seleccionar los datos convenientes.
Ignorar los incómodos.
Convertir al adversario en caricatura.
Y después presentarse como víctima de la intolerancia.
¡Genial!
El debate desapareció.
Pero quedó la etiqueta.
Y algunos seguidores felices.
Con el argumento en blanco.
Y la consigna en mayúsculas.
Eso no es pensamiento crítico.
Es pensamiento con piloto automático.
Porque pensar críticamente también significa cuestionar al propio bando.
Incluso cuando duele.
Incluso cuando incomoda.
Incluso cuando destruye una narrativa querida.
La verdad no necesita escolta ideológica.
Los hechos no necesitan militancia.
Y una mentira no se convierte en verdad porque tenga miles de seguidores.
Tampoco porque venga acompañada de una bandera, un hashtag o una consigna bonita.
La política debería formar ciudadanos.
No fabricar hinchas.
La democracia necesita personas capaces de decir:
“Estoy de acuerdo contigo en esto… y en esto estás equivocado.”
Ese pequeño ejercicio de independencia intelectual parece revolucionario en tiempos de fanatismo.
Así que antes de repetir la próxima consigna:
LEA.
COMPARE.
VERIFIQUE.
PIENSE 
Pero con argumentos.
Porque repetir como loro una consigna ajena no convierte a nadie en pensador.
Solo demuestra que aprendió el eslogan.

JRoU 
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BOGOTÁ: ¿OTRA VEZ LA BILLETERA DEL CIUDADANO? El Gran trivago Galan monigote de Claudia López...¡Qué maravilla de administración! JRoU

BOGOTÁ: ¿OTRA VEZ LA BILLETERA DEL CIUDADANO?
El Gran trivago Galan monigote de Claudia López...
¡Qué maravilla de administración! Cuando falta plata, no se revisan primero los gastos, no se eliminan los despilfarros, no se explica dónde terminaron los recursos anteriores… ¡se busca al ciudadano y se le presenta la factura!
Ahora resulta que los bogotanos tenemos que seguir pagando más y más, incluso por conceptos relacionados con el alumbrado público. ¿Y la pregunta incómoda?
¿Hasta cuándo pretenden convertir el bolsillo del ciudadano en la caja menor de la administración?
Los bogotanos no somos cajeros automáticos municipales. Pagamos impuestos, tasas, contribuciones y servicios. Y precisamente por eso tenemos derecho a exigir que cada peso sea administrado con eficiencia, transparencia y responsabilidad.
Y aquí viene otra pregunta para nuestros honorables concejales:
¿Para qué los elegimos?
¿Para hacer control político, revisar las cuentas, cuestionar los contratos y defender los intereses de los ciudadanos?
¿O para convertirse en una especie de barra de aplausos oficial cada vez que la administración propone otro cobro?
Porque un Concejo que simplemente aprueba sin preguntar, sin investigar y sin exigir explicaciones deja de cumplir una de sus funciones esenciales: controlar al Ejecutivo.
Y al alcalde también hay que recordarle algo elemental:
Gobernar no es cobrar. Gobernar es administrar.
Antes de venir con la calculadora a buscar otro peso en el bolsillo del ciudadano, sería saludable mostrar las cuentas completas: cuánto se recauda, cuánto se gasta, en qué se gasta, qué contratos existen, qué obligaciones corresponden a cada entidad y por qué los recursos actuales no alcanzan.
Porque si cada problema se soluciona creando un nuevo cobro, cualquiera puede gobernar.
Lo difícil es administrar bien sin seguir exprimiendo al contribuyente.
Bogotá necesita concejales que hagan preguntas incómodas, no concejales cómodos.
Necesita control político, no complicidad política.
Necesita administración eficiente, no creatividad tributaria.
Y los bogotanos necesitamos recordar que nuestros impuestos no son un cheque en blanco para ningún alcalde ni para ningún Concejo.
¡NO MÁS COBROS COMO RESPUESTA AUTOMÁTICA A LA INEFICIENCIA!
El ciudadano ya paga.
Ahora que administren.
JRoU 
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Saturday, September 26, 2026

El poder no es eterno.. JRoU

EL PODER NO ES ETERNO

¡Ah, el poder!
Qué maravilla.
Mientras se tiene, todo parece eterno.
El despacho.
La escolta.
El presupuesto.
Los aplausos.
Los aduladores.
Y hasta aparecen quienes confunden al gobernante con el Estado.
Error de cálculo.
El poder pasa.
La Constitución queda.
Las instituciones quedan.
Y la historia, esa vieja señora sin partido, no pierde la memoria.
Durante años, algunos pueden llegar a creer que gobernar consiste en imponer relatos, repartir culpas y convertir cada crítica en una conspiración.
¡Qué comodidad!
Si funciona, es mérito del gobierno.
Si falla, culpa de los anteriores.
Si alguien protesta, es enemigo.
Si alguien investiga, es persecución.
Y si aparecen preguntas incómodas...
¡Ahí sí comienza el drama!
Porque una cosa es gobernar.
Otra muy distinta es rendir cuentas.
Y aquí viene el pequeño detalle que suele arruinar las fiestas del poder:
LA JUSTICIA NO DEBERÍA TENER PARTIDO.
Ni izquierda.
Ni derecha.
Ni progresismo.
Ni conservatismo.
PRUEBAS.
DEBIDO PROCESO.
RESPONSABILIDAD.
SENTENCIA.
Eso es justicia.
No revancha.
No espectáculo.
No venganza.
Y tampoco impunidad disfrazada de discurso político.
Quien sea inocente, que tenga garantías.
Quien tenga acusaciones, que responda.
Quien resulte responsable mediante el debido proceso, que asuma las consecuencias.
Así de sencillo.
Porque Colombia no necesita nuevos dueños.
Necesita ciudadanos.
No necesita borregos.
Necesita criterio.
No necesita secuaces.
Necesita servidores públicos.
Y definitivamente no necesita gobernantes convencidos de que recibieron las llaves del país a perpetuidad.
La democracia tiene una costumbre bastante incómoda:
el turno se acaba.
Se acaba el discurso.
Se acaba la foto.
Se acaba el cargo.
Se acaba la escolta.
Y llega la pregunta que ningún poder puede silenciar eternamente:
¿Y AHORA, QUIÉN RESPONDE?
Ese es el momento en que se descubre si las instituciones eran realmente instituciones...
o simplemente decoración alrededor del poder.
Colombia no necesita incendiar el pasado.
Necesita investigarlo cuando corresponda.
No necesita perseguir adversarios.
Necesita aplicar la ley.
No necesita héroes políticos.
Necesita instituciones que sobrevivan a los políticos.
Porque el poder puede sentirse eterno cuando se está sentado en la silla.
Pero la silla siempre queda vacía.
Y entonces llega otro.
Y después otro.
Y otro.
La lección es brutalmente sencilla:
**EL GOBERNANTE PASA.
EL ESTADO PERMANECE.
Y LA LEY, SI REALMENTE FUNCIONA, NO PIDE PERMISO.**

La hoy Patria Milagro no puede consistir simplemente en cambiar de gobernantes y celebrar una nueva bandera política. El verdadero desafío es reconstruir confianza, fortalecer la seguridad, recuperar la institucionalidad y demostrar que la ley tiene exactamente el mismo peso para el poderoso que para el ciudadano común.

José Rodrigo Umaña Martinez
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Abelardo De La Espriella 
José Manuel Restrepo 
De la Espriella Presidente

Wednesday, September 23, 2026

Puedes seguir llamándome “ignorante”.Cada vez que lo haces, me recuerdas que pensar diferente sigue siendo mucho más peligroso para una ideología que repetir consignas. JRoU

CUANDO UN PETRISTA ME DICE «IGNORANTE»… ¡GRACIAS POR EL ELOGIO!

¿Saben qué pasa cuando un petrista me dice ignorante? Me siento halagado, complacido, honrado y hasta satisfecho. ¡Faltaba más! ¿Cómo no recibir con una sonrisa semejante muestra de afecto, admiración y reconocimiento?
Porque cuando alguien pretende descalificarte desde una ideología que convierte el resentimiento en argumento y la etiqueta en sustituto del debate, uno solo puede responder: ¡Gracias por el cumplido!
Al parecer, para algunos iluminados de la política, pensar diferente es ignorancia, cuestionar sus dogmas es fascismo y defender la libertad es pecado capital. ¡Qué maravilla de intelectuales! No necesitan argumentos: les basta con repartir calificativos desde la cómoda superioridad moral que se atribuyen.
Pero aquí viene lo interesante: la inteligencia no se demuestra llamando ignorante al adversario, sino siendo capaz de debatir sus ideas sin insultarlo.
Si tienen argumentos, que los expongan. Si tienen evidencias, que las presenten. Y si lo único que tienen es una etiqueta, pueden guardársela: ya sabemos que, cuando faltan razones, sobran adjetivos.
Así que, queridos guardianes de la verdad absoluta, sigan llamándome ignorante si eso les produce satisfacción. Yo seguiré leyendo, investigando, preguntando y defendiendo mis convicciones.
Porque hay algo que no pienso confundir jamás: la discrepancia no es ignorancia, y el insulto no es conocimiento.
Y si además de llamarme ignorante creen que con eso me van a silenciar, permítanme una carcajada:
¡JA, JA, JA! ¡Qué poca imaginación para quienes presumen de tanta sabiduría!
La verdad qué me siento halagado, complacido, honrado y hasta satisfecho.
¿Por qué?
Porque recibir semejante “elogio” de alguien profundamente atrapado en una ideología donde el adversario político es tratado como enemigo, y donde el argumento muchas veces termina reemplazado por el insulto, tiene su gracia.
Si después de escuchar mis argumentos lo único que puede responder es “ignorante”, entonces quizá no está describiendo mi conocimiento: está confesando la pobreza de su propio argumento.
No necesito que un militante ideologizado me entregue un certificado de inteligencia. Prefiero pensar por cuenta propia, preguntar, contrastar y cuestionar, aunque eso incomode.
Así que, querido petrista, gracias por el reconocimiento.
Puedes seguir llamándome “ignorante”.
Cada vez que lo haces, me recuerdas que pensar diferente sigue siendo mucho más peligroso para una ideología que repetir consignas.

JRoU 
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Tildar de ignorante porque creén en Espinosa?...Qué cómodo resulta llamar ignorante a todo aquel que no se arrodilla ante la propia ideología. JRoU

Tengo conocidos,no amigos, aunque sí un día necesitan apoyó,estaremos presentes y sí hago negocios con ellos,por todo socialista democrata como sé catalogan quieren ser capitalistas y viven como tal.

Pero éste tema es.. Tildar de ignorante porque creén en Espinosa?...Qué cómodo resulta llamar ignorante a todo aquel que no se arrodilla ante la propia ideología. 

Salir de la ignorancia no significa repetir una ideología hasta convertirla en dogma. Significa aprender a pensar, contrastar argumentos, revisar los hechos y aceptar incluso aquello que contradice nuestras propias convicciones.
El conocimiento no se demuestra llamando ignorante al que piensa diferente; se demuestra con argumentos, evidencia y capacidad para debatir sin convertir el resentimiento social en una doctrina.
Si para defender una ideología necesitas descalificar al otro, quizá el problema no sea la ignorancia ajena, sino la falta de argumentos propios.
Hablar de “salir de la ignorancia” mientras se repite como loro el catecismo de una ideología no es precisamente una demostración de conocimiento: es cambiar la ignorancia por dogmatismo y llamarlo iluminación.
La verdadera educación enseña a cuestionar, investigar, contrastar y pensar con criterio propio. No convierte el resentimiento social en una brújula ni transforma al adversario político en enemigo.
Y hay algo todavía más curioso: quienes presumen tener el monopolio de la verdad suelen descubrir que cualquier pregunta incómoda es “ignorancia” y cualquier desacuerdo es “odio”. Qué conveniente: cuando faltan argumentos, siempre queda el comodín de descalificar al otro.
Así que sí: salgamos de la ignorancia. Pero todos. Incluidos quienes creen que pensar diferente es una enfermedad ideológica que debe ser corregida.
Porque la libertad de pensamiento no consiste en aprender a repetir mejor una doctrina; consiste precisamente en tener el valor de pensar por cuenta propia.
¡Ah, la famosa frase: “hay que salir de la ignorancia”! Qué maravilla de descubrimiento… especialmente cuando quien la pronuncia parece haber encontrado la iluminación después de memorizar un catecismo ideológico.
Porque, aparentemente, “pensar” significa coincidir conmigo; “informarse” significa consumir únicamente lo que confirma mi discurso; y “tener conciencia” significa repetir consignas hasta que parezcan argumentos.
Qué cómodo resulta llamar ignorante a todo aquel que no se arrodilla ante la propia ideología. Así no hay que investigar, contrastar datos ni responder preguntas incómodas. Basta con ponerle una etiqueta al contrario y asunto resuelto.
Pero la ignorancia no se cura cambiando de ideología. Se cura leyendo, investigando, contrastando, dudando y, sobre todo, teniendo la humildad de reconocer que uno puede estar equivocado.
Porque hay una diferencia enorme entre tener pensamiento crítico y tener un pensamiento previamente empaquetado.
Así que sí: ¡salgamos de la ignorancia! Pero hagámoslo todos. Algunos tendrán que empezar por apagar el megáfono ideológico y encender, aunque sea por cinco minutos, el pensamiento propio.
Eso sí sería educación. Lo demás es catecismo con pretensiones de intelectualidad.
JRoU 
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Tuesday, September 22, 2026

¡LOS NIÑOS NO SON LABORATORIO IDEOLÓGICO!. JRoU

¡LOS NIÑOS NO SON LABORATORIO IDEOLÓGICO!

Cuando los adultos se pelean por las ideologías, los niños necesitan que alguien recuerde que son niños
Hay algo que debería ser tan elemental que ni siquiera tendría que discutirse: los niños se respetan, se protegen y se educan; no se utilizan como munición en las guerras ideológicas de los adultos.
Pero parece que, en esta época de etiquetas, consignas y banderas para absolutamente todo, algunos descubrieron un nuevo territorio para librar sus batallas políticas: la mente de los menores.
Y ahí sí aparece la pregunta incómoda:
¿Dónde termina la educación y dónde comienza la imposición ideológica?
Porque una cosa es enseñar a respetar a cualquier persona, independientemente de sus condiciones, y otra muy diferente es pretender que una determinada corriente ideológica tenga vía libre para entrar en las aulas sin suficiente debate, transparencia, participación de las familias y criterios adecuados a la edad.
¡Qué curioso!
Algunos sectores políticos hablan permanentemente de libertad, diversidad y pensamiento crítico, pero cuando alguien cuestiona sus postulados, pareciera que el pensamiento crítico tiene horario de oficina y solo funciona de lunes a viernes.
Y entonces aparecen las etiquetas, las consignas y la vieja estrategia de convertir al contradictor en enemigo.
¡Qué democracia tan selectiva!
Respetar a una persona LGBT no obliga a convertir una determinada visión política o cultural en doctrina oficial. Defender los derechos de las personas no significa eliminar el derecho de los padres a participar responsablemente en la formación de sus hijos.
Y mucho menos significa que los niños deban convertirse en soldados de una batalla cultural que ellos no escogieron.
Aquí no se trata de perseguir banderas.
Se trata de poner una bandera mucho más importante por encima de todas: la protección de la infancia.
Porque si de verdad hablamos de libertad, entonces también debemos defender la libertad de pensar, preguntar, disentir y formar criterio.
Ni adoctrinamiento progresista.
Ni adoctrinamiento conservador.
Ni manipulación política.
Ni experimentos culturales con menores.
Los niños necesitan maestros que eduquen, padres que acompañen, instituciones que protejan y adultos que asuman su responsabilidad.
No necesitan que los conviertan en fichas de ajedrez de una guerra ideológica.
Y aquí va la pregunta que algunos prefieren esquivar:
¿Por qué cuando se pide prudencia, transparencia y protección de los menores, inmediatamente aparecen quienes gritan que se está atacando la diversidad?
Defender a los niños no es atacar a nadie.
Es recordar que los derechos de los menores no pueden convertirse en moneda de cambio de ninguna agenda política.
La infancia no es laboratorio.
La escuela no debe ser trinchera.
Y los niños no son propiedad de ninguna ideología.
¡Primero los niños! Después las banderas.
JRoU 
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Monday, September 21, 2026

¿Y USTED, DE QUÉ LADO ESTÁ? JRoU

¿Y USTED, DE QUÉ LADO ESTÁ?
Si usted le cree sin cuestionar a Levy Rincón, Mafe Carrascal, Arias, Mondragón, Escaf o Corcho; aplaude a Cepeda, venera a Coronell y celebra las coincidencias políticas con Samper, Santos y Cristo, entonces quizá el problema no sea solamente lo que piensa, sino quién está pensando por usted.
Porque una cosa es escuchar voces de izquierda, progresistas o de oposición —eso hace parte de una democracia— y otra muy distinta es convertirlas en dogma, repetir consignas como verdades reveladas y terminar viendo cualquier opinión diferente como una amenaza.
Ahí comienza el verdadero problema: cuando la ideología reemplaza el criterio propio.
No hace falta vivir en La Habana, Managua o Caracas para experimentar un pequeño exilio intelectual. Basta con encerrarse voluntariamente en una burbuja donde solamente se escucha aquello que confirma lo que ya se quiere creer.
La democracia no necesita ciudadanos que repitan libretos. Necesita ciudadanos capaces de escuchar a todos, contrastar, preguntar, investigar y, finalmente, sacar sus propias conclusiones.
Porque pensar diferente no es traición.
Y pensar por cuenta propia tampoco es delito.
JRoU 
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Saturday, September 19, 2026

EL NO QUE TERMINÓ CONVERTIDO EN UN SÍ. ¿Paz respaldada por las urnas o acuerdo impuesto después de que las urnas hablaron? JRoU

EL NO QUE TERMINÓ CONVERTIDO EN UN SÍ.

¿Paz respaldada por las urnas o acuerdo impuesto después de que las urnas hablaron?
Hay una pregunta que Colombia todavía tiene derecho a hacerse:
¿Qué ocurrió con el voto de los ciudadanos que el 2 de octubre de 2016 dijeron NO al Acuerdo de La Habana?
El resultado fue claro: la mayoría de los ciudadanos que participaron en aquel plebiscito rechazó el texto sometido a consideración popular.
Y entonces comenzó una de las mayores discusiones institucionales de la historia reciente de Colombia.
En lugar de abandonar el proceso, el Gobierno renegoció algunos aspectos del acuerdo, presentó un nuevo texto y posteriormente avanzó en su implementación mediante el Congreso y el mecanismo excepcional denominado Fast Track.
Ahí está el punto político que no puede ser borrado de la memoria nacional:
Los colombianos votaron NO al acuerdo que fue sometido al plebiscito. Sin embargo, el Estado terminó implementando un acuerdo modificado sin convocar nuevamente a los ciudadanos a las urnas para que aprobaran o rechazaran ese nuevo texto.
Para unos, aquello constituyó una salida constitucional e institucional frente a un resultado adverso. Para otros, significó desconocer el sentido político del mandato expresado en las urnas.
Y esa discusión sigue siendo legítima.
Porque una democracia no puede reducirse al acto de votar. También debe responder a una pregunta elemental:
¿Qué valor tiene la voluntad popular cuando el resultado no coincide con la voluntad del Gobierno?
Aquí aparece el Fast Track.
El mecanismo fue creado para acelerar la implementación normativa del acuerdo de paz. La Corte Constitucional estableció límites y condiciones para su utilización, y el Congreso aprobó numerosas normas derivadas del proceso de implementación.
Pero para millones de colombianos quedó una sensación política difícil de ignorar:
votaron NO y terminaron viviendo bajo las consecuencias jurídicas y políticas de un acuerdo que no habían aprobado en las urnas.
Eso merece debate, no silenciamiento.
Y hay otro asunto todavía más delicado.
La discusión sobre la justicia transicional no puede confundirse con afirmar que todos los integrantes de las FARC eran automáticamente responsables de crímenes de lesa humanidad, ni que esos crímenes fueron simplemente amnistiados. Jurídicamente, los crímenes de lesa humanidad y los crímenes de guerra graves tienen un tratamiento diferenciado y no son objeto de amnistía general.
Pero precisamente por tratarse de delitos de extrema gravedad, la pregunta sobre verdad, justicia, reparación y sanción efectiva para las víctimas debía ocupar el centro de cualquier acuerdo de paz.
La paz puede ser necesaria.
La desmovilización puede ser necesaria.
La negociación puede ser necesaria.
Pero ninguna de esas palabras puede convertirse en sinónimo de impunidad.
Porque una sociedad democrática tiene dos obligaciones simultáneas: buscar la paz y proteger los derechos de las víctimas.
La verdadera controversia histórica de La Habana no consiste simplemente en estar a favor o en contra de la paz.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿Hasta dónde puede llegar un Gobierno negociando en nombre de una nación cuando una mayoría de los ciudadanos rechaza en las urnas el texto que se les presenta?
Ese es el debate que Colombia todavía tiene pendiente.
No se trata de reescribir la historia.
Se trata de recordar que aquel 2 de octubre los ciudadanos hablaron.
Y cuando los ciudadanos hablan en las urnas, el poder político debería escuchar incluso cuando la respuesta no le gusta.
La paz no puede construirse contra las víctimas.
La democracia no puede construirse contra el voto ciudadano.
Y la justicia no puede convertirse en el precio de una negociación política.
En éste artículo 
, conservo un argumento político fuerte y verídico ,pero evito hacer dos afirmaciones jurídicamente vulnerables: que el acuerdo fue literalmente una amnistía para crímenes de lesa humanidad y que el Fast Track por sí mismo “legalizó” el acuerdo.
En la conciencia de los traidores queda la verdad..


JRoU

Friday, September 18, 2026

EL DELINCUENTE CONTRA EL RELOJ. Cuando la justicia se demora, el calendario termina haciendo el trabajo del juez. JRoU

EL DELINCUENTE CONTRA EL RELOJ.

Cuando la justicia se demora, el calendario termina haciendo el trabajo del juez.
En Colombia hay un nuevo deporte nacional: ganarle a la justicia por agotamiento.
No hace falta demostrar que eres inocente. A veces basta con esperar.
Esperar la audiencia.
Esperar el aplazamiento.
Esperar el trámite.
Esperar el recurso.
Esperar la congestión.
Y, finalmente, esperar que se venza el término.
¡Bingo!
Libertad por cuenta del calendario.
Y entonces aparecen las palabras de rigor: presunto, supuesto, señalado, investigado, disidente...
Aclaremos algo: “presunto” no significa culpable, y la presunción de inocencia es una garantía fundamental que debe respetarse. Nadie puede ser condenado por titulares de prensa, rumores o linchamientos políticos.
Pero tampoco podemos convertir esas garantías en una especie de escudo retórico para esconder la ineficiencia de un sistema judicial que muchas veces parece caminar con zapatos de plomo.
EL CRIMEN NO PUEDE VOLVERSE UN JUEGO DE PALABRAS
Hay algo que la sociedad debe tener absolutamente claro.
Una persona investigada por violación debe ser investigada por un delito de violación.
Una persona investigada por extorsión, por extorsión.
Una persona investigada por homicidio, por homicidio.
Una persona investigada por tortura, por tortura.
Una persona investigada por secuestro, por secuestro.
Una persona investigada por hurto, por hurto.
Lo que corresponde determinar judicialmente es si esa persona es responsable penalmente de esos hechos, no maquillar la naturaleza de la conducta investigada mediante eufemismos.
Pero tampoco puede invertirse la carga de la prueba diciendo que alguien es culpable “hasta que demuestre su inocencia”. En un Estado de Derecho ocurre precisamente lo contrario: corresponde a la acusación demostrar la responsabilidad penal y la persona procesada conserva la presunción de inocencia hasta una sentencia condenatoria.
Por eso el problema no está en utilizar correctamente términos jurídicos.
El problema aparece cuando el lenguaje termina sustituyendo a la justicia.
Porque presunto, supuesto o señalado no pueden convertirse en palabras mágicas que hagan desaparecer los hechos investigados.
Y “disidente” tampoco debería utilizarse automáticamente como sinónimo de inocente, víctima o actor político legítimo cuando existen investigaciones por conductas criminales concretas. La calificación jurídica debe depender de los hechos, las pruebas y las decisiones de las autoridades competentes.
¿DE QUÉ SIRVE CAPTURAR SI EL RELOJ TERMINA GANANDO?
El ciudadano ve algo que resulta difícil de explicar.
A la víctima le dicen:
“Tenga paciencia.”
Al investigador:
“Faltan trámites.”
Al fiscal:
“La agenda está llena.”
Al juez:
“Hay congestión.”
Y al procesado, cuando se vence el término:
“Puede retirarse.”
¡Qué maravilla!
El Estado puede tardar años para hacer justicia, pero aparentemente tiene un cronómetro perfectamente sincronizado para dejar que se cumplan los términos.
Y aquí aparece la verdadera tragedia: el vencimiento de términos puede terminar convertido en el trofeo de quien consiguió sobrevivir al proceso, mientras la víctima continúa esperando.
No debería ser así.
El vencimiento de términos existe para proteger al ciudadano frente al abuso del poder estatal. No para premiar la incapacidad institucional.
Por eso el debate serio no consiste en eliminar las garantías judiciales.
Consiste en preguntar:
¿Por qué la justicia colombiana no logra funcionar dentro de las reglas que ella misma debe cumplir?
Porque cuando el sistema falla repetidamente, la consecuencia no la paga solamente el Estado.
La paga la víctima.
La paga la sociedad.
La paga el policía que arriesgó la vida para capturar.
La paga el investigador que trabajó durante meses.
La paga el fiscal que construyó un expediente.
Y la paga, finalmente, la confianza ciudadana.
Porque llega un momento en que el ciudadano común mira todo esto y piensa:
“Entonces, ¿para qué capturan?”
Y esa pregunta debería estremecer a cualquier Estado que pretenda garantizar seguridad y justicia.
Una democracia seria no necesita jueces convertidos en verdugos ni fiscales sin controles.
Necesita algo mucho más sencillo:
investigaciones sólidas, jueces independientes, debido proceso, términos respetados y decisiones oportunas.
Si alguien es inocente, que la justicia lo establezca.
Si alguien es culpable, que responda conforme a la ley.
Pero que nadie termine libre simplemente porque el Estado perdió la carrera contra el reloj.
Porque cuando el delincuente descubre que el calendario puede ser su mejor abogado, algo está profundamente mal.
Y entonces ocurre lo impensable:
la justicia deja de perseguir al delito y el delito empieza a perseguir el vencimiento de términos.
¡EL RELOJ NO PUEDE CONVERTIRSE EN EL NUEVO ABOGADO DE LA IMPUNIDAD!
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José Rodrigo Umaña
He conservado la tesis central, pero corregí la frase “hasta que demuestren su inocencia” porque jurídicamente invertiría la carga de la prueba y debilitaría precisamente el argumento contra la impunidad.
JRoU

Thursday, September 17, 2026

COLOMBIA AL REVÉS: EL CRIMINAL DISPARA Y EL ESTADO SE EXPLICA. Mientras el ciudadano pone los muertos, algunos pretenden que el Estado pida permiso para defenderlo. JRoU

COLOMBIA AL REVÉS: EL CRIMINAL DISPARA Y EL ESTADO SE EXPLICA
Mientras el ciudadano pone los muertos, algunos pretenden que el Estado pida permiso para defenderlo

¡Despierten, señores!
En Colombia parece que inventamos una nueva fórmula de seguridad: el delincuente dispara, extorsiona, secuestra y asesina; mientras el Estado tiene que sentarse a explicar si puede responder.
¡Qué maravilla!
El criminal tiene fusil, explosivos, sicarios, rutas del narcotráfico, redes de extorsión y control territorial.
El Estado tiene Constitución, jueces, procedimientos, recursos, términos, competencias, tutelas, apelaciones y, si tiene suerte, un abogado que le explique por qué todavía no puede actuar.
Y mientras tanto, el ciudadano que se joda.
Porque esa es la Colombia que algunos parecen querer normalizar.
El campesino amenazado espera.
El comerciante extorsionado paga.
La familia desplazada huye.
El niño reclutado desaparece.
El policía recibe un ataque.
El soldado muere.
Y desde algún escritorio aparece la pregunta trascendental:
“¿Pero el operativo cumplió todos los requisitos?”
¡Claro que la ley debe cumplirse!
Pero hay una diferencia enorme entre controlar constitucionalmente al Estado y paralizar su capacidad legítima de defender a la población.
EL CRIMINAL NO LLEVA CÓDIGO PENAL EN EL BOLSILLO
Seamos serios.
El secuestrador no consulta la Constitución antes de secuestrar.
El extorsionista no presenta una solicitud respetuosa antes de cobrar la vacuna.
El narcotraficante no pregunta si puede transportar la cocaína.
El asesino no solicita autorización administrativa para apretar el gatillo.
El terrorista no manda un derecho de petición antes de poner una bomba.
Entonces resulta bastante curioso que el Estado democrático tenga que actuar como si estuviera enfrentando a un adversario que juega con las mismas reglas.
No las juega.
Nunca las jugó.
Y precisamente por eso existen las Fuerzas Militares y la Policía: para garantizar el orden constitucional, proteger a la población y enfrentar las amenazas dentro del marco jurídico.
PERO CUIDADO: UNIFORME NO SIGNIFICA CARTA BLANCA
Aquí también hay que hablar claro.
Que el Estado tenga derecho a combatir organizaciones armadas no significa que militares o policías puedan hacer lo que quieran.
No.
La Fuerza Pública está sometida a la Constitución y a la ley.
Los jueces tienen la obligación de controlar los abusos.
La Fiscalía debe investigar los delitos.
La Procuraduría debe ejercer sus competencias.
Y quien abuse de su autoridad debe responder.
Pero tampoco puede convertirse cada control judicial en una especie de chaleco antibalas institucional para las estructuras criminales.
Una cosa es controlar al Estado.
Otra, muy diferente, es desarmarlo jurídicamente mientras el delincuente conserva sus armas.
¿CORRUPCIÓN? ¿PREVARICATO? ¡PRUEBAS, SEÑORES!
Y aquí toca poner otro punto sobre la mesa.
Cuando alguien acusa a un juez de corrupción o prevaricato, que presente las pruebas y que las autoridades competentes investiguen.
Porque tampoco vamos a reemplazar el Estado de derecho por el Estado de la acusación en redes sociales.
Pero si existe una decisión judicial que restringe una operación militar, el ciudadano tiene todo el derecho a preguntar:
¿Cuál fue el fundamento?
¿Qué amenaza enfrentaba la población?
¿Qué derechos estaban en conflicto?
¿Qué consecuencias produjo la decisión?
¿Quién quedó protegido?
¿Y quién quedó expuesto?
Preguntar no es atacar la justicia.
Exigir transparencia es democracia.
LA NUEVA RELIGIÓN: TODO MENOS LA AUTORIDAD DEL ESTADO
Y aquí llegamos al terreno político.
Durante años, Colombia ha discutido diferentes modelos para enfrentar la violencia: operaciones militares, negociación, sometimiento, desmovilización, acuerdos de paz y diálogos con organizaciones armadas.
El gobierno de Juan Manuel Santos impulsó el proceso de paz con las FARC.
El gobierno de Gustavo Petro ha desarrollado la política denominada “Paz Total”, basada en negociaciones y diálogos con distintos actores armados.
Sus defensores sostienen que la negociación puede contribuir a reducir la violencia.
Sus críticos sostienen que determinadas concesiones pueden debilitar la autoridad estatal.
Eso se puede discutir.
Lo que no se puede hacer es convertir una posición política en una verdad revelada.
La paz se mide también por lo que ocurre en las calles, en las veredas y en los territorios.
Porque una cosa es negociar con quienes quieren abandonar las armas.
Y otra muy distinta es permitir que quienes continúan extorsionando, asesinando, secuestrando y traficando terminen convirtiéndose en poderes territoriales.
EL PROGRESISMO NO PUEDE SER UNA LICENCIA PARA OLVIDAR A LAS VÍCTIMAS
Desde sectores progresistas se ha insistido en que la seguridad debe abordarse desde los derechos humanos, la desigualdad, las causas sociales y la negociación.
Perfecto.
Pero hagamos una pregunta incómoda:
¿Y los derechos humanos de las víctimas?
¿Quién defiende al comerciante extorsionado?
¿Quién defiende al campesino desplazado?
¿Quién defiende al niño reclutado?
¿Quién defiende al policía asesinado?
¿Quién defiende al soldado emboscado?
Porque los derechos humanos no pueden convertirse en un concepto que funciona maravillosamente bien para analizar al Estado y misteriosamente desaparece cuando la víctima necesita protección.
COLOMBIA NO PUEDE SER EL ÚNICO PAÍS DONDE EL ESTADO TENGA MIEDO DE EJERCER SU AUTORIDAD
Una democracia necesita jueces independientes.
Necesita militares sometidos a la Constitución.
Necesita policías profesionales.
Necesita Fiscalía.
Necesita organismos de control.
Pero sobre todo necesita algo elemental:
que la ley tenga dientes.
Porque si cada vez que el Estado intenta recuperar un territorio aparecen obstáculos que terminan paralizando su capacidad operacional, mientras los grupos armados conservan sus fusiles, sus economías ilegales y su capacidad de intimidación, entonces estamos construyendo una paradoja monstruosa:
el ciudadano cumple la ley, el Estado explica la ley y el criminal aprovecha la ley.
Eso no es justicia.
Eso es una receta para que el miedo termine gobernando.
NO SE TRATA DE DARLE PODER ABSOLUTO AL ESTADO
Se trata de algo mucho más básico:
que el Estado pueda ejercer legítimamente el monopolio de la fuerza.
Con controles.
Con jueces.
Con Fiscalía.
Con derechos humanos.
Con debido proceso.
Pero también con autoridad.
Porque si la autoridad desaparece, alguien ocupa el espacio.
Y en Colombia ya sabemos quiénes están esperando esos espacios:
los narcotraficantes, los extorsionistas, los secuestradores, los asesinos y las estructuras armadas que convierten el miedo en negocio.
Entonces dejemos la hipocresía.
No hay democracia sin derechos.
Pero tampoco hay democracia efectiva cuando el ciudadano vive sometido por quienes tienen las armas.
COLOMBIA NO NECESITA UN ESTADO PARALIZADO
Necesitamos una justicia que controle.
Una Fuerza Pública que pueda actuar.
Un Gobierno que tenga una política clara de seguridad.
Un Congreso que legisle.
Una Fiscalía que investigue.
Y ciudadanos que no tengan que escoger entre pagar una extorsión o abandonar su tierra.
Porque la pregunta definitiva no debería ser:
“¿Cómo limitamos al Estado para que no se exceda?”
También deberíamos preguntar:
“¿Cómo garantizamos que el Estado tenga la capacidad de proteger al ciudadano frente al que sí decidió excederse?”
Porque mientras nosotros discutimos quién tiene competencia, quién firma, quién autoriza, quién tutela y quién apela...
el criminal no está haciendo seminarios de derecho constitucional.
Está avanzando.
Y si Colombia no recupera una autoridad democrática, legítima y eficaz, algún día podríamos descubrir demasiado tarde que el problema no era que el Estado tuviera demasiada fuerza.
El problema era que dejamos que el crimen tuviera demasiada.


JRoU 
CONVERSANDO EN BLANCO O NEGRO ®©
Actualidad sin filtros.
La seguridad no es de izquierda ni de derecha.
Es el derecho del ciudadano a vivir sin miedo.