CUANDO LA IDEOLOGÍA REEMPLAZA AL PENSAMIENTO.
No todo opositor al socialismo es fascista. No todo discurso progresista es democrático. Y ninguna sociedad debería aceptar que una etiqueta ideológica sustituya al debate racional.
Durante los últimos años, determinadas corrientes políticas han incorporado al debate público conceptos como woke, progresismo, diversidad, identidad y “nuevo orden mundial”. El problema comienza cuando estas categorías dejan de ser instrumentos para comprender la realidad y se convierten en dogmas mediante los cuales se clasifica al ciudadano entre “buenos” y “malos”.
Ahí aparece una primera falacia: confundir la discrepancia política con el fascismo.
El fascismo tiene una historia concreta. Benito Mussolini tuvo una militancia inicial en el socialismo italiano, pero posteriormente rompió con él y desarrolló una doctrina política propia: el fascismo, caracterizado por nacionalismo extremo, autoritarismo, culto al Estado, liderazgo personalista y eliminación del pluralismo político. Por eso, utilizar la palabra “fascista” como simple insulto contra cualquier persona que cuestione al socialismo democrático es históricamente incorrecto y políticamente manipulador.
Pero la crítica también debe aplicarse al otro lado.
Ningún proyecto político obtiene legitimidad por llamarse democrático. La democracia no se demuestra con una etiqueta; se demuestra respetando las instituciones, la separación de poderes, la libertad de expresión, la propiedad privada, el pluralismo y la alternancia en el poder.
Tampoco podemos convertir la discusión sobre género, sexualidad o identidad en una guerra contra las personas. Una democracia debe proteger la dignidad y los derechos individuales de todos, pero eso no significa que el Estado pueda imponer una única interpretación cultural sobre asuntos que deben permanecer abiertos al debate ciudadano, académico, familiar y democrático.
La corrupción es otro punto esencial.
Cuando un movimiento político denuncia la corrupción de sus adversarios pero justifica la propia, deja de defender principios y comienza a defender intereses. La corrupción no tiene ideología. Puede aparecer en gobiernos de izquierda, derecha, centro o cualquier otra corriente. Y cuando el poder utiliza la ideología como escudo para impedir la investigación, la crítica o el control institucional, la democracia comienza a deteriorarse.
También debemos desconfiar de las teorías que pretenden explicar todos los acontecimientos mediante un supuesto plan mundial perfectamente coordinado. Una sociedad responsable necesita pruebas, documentos, decisiones verificables y hechos; no conspiraciones convertidas en certezas.
La historia demuestra que las sociedades comienzan a perder su libertad cuando dejan de pensar críticamente y empiezan a repetir consignas.
Ese es el verdadero peligro: no una ideología determinada, sino cualquier ideología que consiga convencer a una sociedad de que cuestionarla equivale a traicionarla.
Sodoma y Gomorra puede utilizarse como referencia religiosa o histórica para hablar de decadencia moral, pero una democracia moderna no puede construirse desde la imposición moral de un grupo sobre otro. Debe construirse desde la ley, la responsabilidad individual, la libertad, la educación y el respeto.
Por eso la discusión que Colombia necesita no es:
“¿Eres de izquierda o de derecha?”
La pregunta verdaderamente importante es:
¿Qué principios estás dispuesto a defender cuando el poder que los viola es el poder que tú apoyas?
Ahí comienza el pensamiento crítico.
Porque la democracia no consiste en tener razón por pertenecer a una ideología. Consiste en aceptar que ninguna ideología está por encima de la verdad, la ley y la dignidad humana.
JRoU