LA PERSONA EN EL CENTRO DE LA POLÍTICA
Dignidad, comunidad y soberanía democrática
No todo poder se ejerce de manera visible. Existen formas más discretas y persistentes, que no se imponen por la fuerza ni buscan adhesión explícita, sino que se presentan como inevitables. Cuando la política se transforma en mera gestión técnica, el debate ciudadano se debilita y la persona corre el riesgo de quedar relegada a un segundo plano. Este fenómeno, cada vez más extendido, interpela directamente a quienes creemos que la dignidad humana y la soberanía democrática deben seguir siendo el centro de la vida pública.
Desde la visión de CxCh, la cuestión de fondo no es la cooperación internacional ni la necesidad de políticas públicas eficaces, sino el riesgo de que estas se formulen y apliquen desconociendo la centralidad de la persona y la soberanía democrática de las comunidades. Cuando un modelo deja de ser discutido y pasa a administrarse como un dato técnico, se debilita el principio básico de toda sociedad libre: que las decisiones colectivas deben emanar del diálogo cívico y no de consensos impuestos desde fuera de la comunidad política.
Toda política pública descansa sobre una determinada concepción del ser humano. No existen proyectos neutros. Cuando la acción pública se estructura principalmente en torno a indicadores, estándares y metas cuantificables, el peligro es evidente: la persona corre el riesgo de ser reducida a objeto de gestión. La pobreza se mide, la educación se estandariza, la salud se optimiza, las conductas se orientan. Sin embargo, no todo lo que importa puede ser reducido a cifras ni a modelos abstractos.
Este enfoque tiende a sustituir la política por la gestión. Las decisiones dejan de surgir del debate democrático y de la experiencia concreta de las familias, barrios y comunidades intermedias, para ser definidas por expertos y organismos alejados de la realidad cotidiana. El ciudadano no desaparece, pero su rol se transforma: deja de ser protagonista del bien común y pasa a ser receptor pasivo de políticas diseñadas sin su participación efectiva.
La tradición republicana y comunitaria que inspira a CxCh concibe la política como una tarea de personas libres y responsables, llamadas a deliberar sobre su destino común. El desacuerdo no es una amenaza, sino una expresión legítima de la vida democrática. El conflicto razonado no debilita a la sociedad: la fortalece, porque reconoce la pluralidad y el valor de la responsabilidad cívica.
Cuando la eficiencia técnica se erige como criterio exclusivo, el disenso se vuelve incómodo y tiende a ser neutralizado. Lo que no encaja en el modelo es tratado como un problema a corregir, no como una voz que debe ser escuchada. Así, el poder se desplaza silenciosamente desde las comunidades hacia estructuras que no rinden cuentas directas a los ciudadanos, debilitando la soberanía democrática.
Desde la perspectiva de CxCh, recuperar la centralidad de la persona exige reafirmar la dignidad humana como principio rector de la vida pública, fortalecer las comunidades intermedias y restituir una subsidiariedad real, en la que el Estado y la técnica estén efectivamente al servicio de las personas. La gestión y la experticia son herramientas necesarias, pero no pueden reemplazar al juicio moral, al debate político ni a la participación ciudadana.
Reafirmar la política como espacio de deliberación democrática no es un retroceso, sino una condición del progreso auténtico. Cuando la política se reduce a administración, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en usuario y la comunidad en mera destinataria de decisiones ajenas. Volver a poner a la persona en el centro implica recuperar la responsabilidad compartida de decidir, desde la dignidad y el bien común, el modo en que queremos vivir juntos.
José Gregorio Pinto
Abogado, Fundador de la fundación ciudadanos por Chile