Monday, September 14, 2026

PEONES DE UNA NARRATIVA. Inducir el odio y fabricar esperanzas: la vieja fórmula de la propaganda progresista política.Hay discursos políticos que no buscan convencer: buscan emocionar, dividir y mantener al ciudadano atrapado entre el miedo y la esperanza. JRoU

¡DESPIERTEN, SEÑORES!

El problema no es el tablero: es quién les está moviendo las fichas.
Mientras unos se matan a madrazos en redes defendiendo a Petro, a Cepeda, a Santos o atacando al que piensa diferente, los verdaderos jugadores siguen sentados frente al tablero, tomando decisiones mientras los peones se dan garrote entre ellos.
¡Qué negocio tan berraco!
Al ciudadano le tiran una consigna, le fabrican un enemigo y le venden una esperanza.
Y ahí va el pobre peón, feliz, creyendo que está haciendo revolución porque insultó al vecino en Facebook.
¡No joda! Eso no es pensamiento crítico. Eso es obediencia con internet.
EL TABLERO ESTÁ SERVIDO
Miremos la partida sin maquillaje.
Santos, Petro y Cepeda pertenecen a momentos distintos de una misma evolución del poder político colombiano, con relaciones, alianzas, coincidencias y continuidades que merecen ser examinadas sin el cuento infantil de que cada gobierno empezó de cero.
Y alrededor de ese proceso también aparecen influencias culturales internacionales que sus críticos asocian con el wokismo, particularmente en determinadas batallas identitarias y culturales.
No hace falta inventarse una reunión secreta en un sótano.
La política no necesita conspiraciones cuando existen alianzas, coincidencias, intereses y votos.
Ese es precisamente el punto que algunos prefieren no discutir.

Y AQUÍ VIENE LO BUENO...
La fórmula es vieja:
Primero: encuentre un enemigo.
Segundo: échele la culpa de todo.
Tercero: despierte el resentimiento.
Cuarto: repita el mensaje hasta el cansancio.
Quinto: prometa que usted será el salvador.
Y sexto: cuando las cosas salgan mal...
¡CULPE A OTRO!
¿Les suena?
A mí sí.
Y mucho.
Por eso la referencia a Goebbels no significa decir que estamos ante el nazismo. Significa advertir sobre el uso político de mecanismos propagandísticos conocidos: repetición, simplificación, emocionalidad y construcción permanente de enemigos.
Hoy no necesitan una radio estatal.
Tienen TikTok, X, Facebook, Instagram, bodegas digitales, influencers y miles de repetidores voluntarios.
La propaganda se modernizó.
El borrego también.
PEONES, ALFILES, TORRES Y REYES
En este tablero:
♟️ El ciudadano es el peón, cuando renuncia a pensar y solamente repite.
♝ El ideólogo es el alfil, porque atraviesa la discusión por diagonales que muchos ni siquiera ven.
♜ La estructura política es la torre, firme, organizada y esperando el momento de avanzar.
♛ El poder es la reina, capaz de moverse prácticamente en cualquier dirección.
♚ Y el rey... bueno, el rey casi nunca se ensucia las manos.
Lo verdaderamente absurdo es ver a los peones peleando por el rey.
¡Hasta se agarran entre ellos para defender a un político que ni siquiera sabe que existen!
Ese es el gran truco.
Convertir al ciudadano en hincha.
Que no analice.
Que no pregunte.
Que no compare.
Que no recuerde.
Que simplemente repita.
¿Y COLOMBIA QUÉ?
Mientras el país discute quién es más revolucionario, quién es más fascista, quién es más comunista y quién es más “woke”...
la inseguridad no lee hashtags.
El desempleo no vota tweets.
La corrupción no se acaba con discursos.
Los hospitales no funcionan con propaganda.
Las carreteras no se construyen con resentimiento.
Y la pobreza no desaparece porque un político grite más duro que el otro.
Entonces hagamos algo revolucionario:
PENSEMOS.
Preguntemos.
Investiguemos.
Comparemos resultados.
Revisemos alianzas.
Miremos quién votó qué.
Recordemos quién dijo qué.
Y, sobre todo, dejemos de creer que todo dirigente que promete salvarnos merece nuestra obediencia.
Porque el día en que el ciudadano descubra que puede pensar sin permiso...
se les dañó el negocio.
Y cuando el peón entiende el tablero, deja de obedecer movimientos ajenos.
Ahí comienza la verdadera democracia.
JRoU

Sunday, September 13, 2026

Tema Domical“CUANDO EL ESTADO RETROCEDE, EL CRIMEN AVANZA. Y CUANDO EL CIUDADANO SE ACOSTUMBRA, EL CRIMEN TERMINA PARECIENDO GOBIERNO.”CUANDO EL CRIMEN SE CONVIERTE EN PAISAJE DEL PODER y la hiena Impune.. JRoU

Tema Domical

“CUANDO EL ESTADO RETROCEDE, EL CRIMEN AVANZA. Y CUANDO EL CIUDADANO SE ACOSTUMBRA, EL CRIMEN TERMINA PARECIENDO GOBIERNO.”

CUANDO EL CRIMEN SE CONVIERTE EN PAISAJE DEL PODER y la hiena Impune.

Pacto Histórico, socialismo progresista y la peligrosa costumbre de llamar “cambio” a lo que el ciudadano termina pagando
Hay una pregunta que incomoda y que, precisamente por eso, hay que formular:
¿Qué sucede cuando un gobierno llega al poder prometiendo transformar la sociedad y termina gobernando en medio de escándalos, cuestionamientos por corrupción, crisis de seguridad, extorsión y alianzas políticas cada vez más difíciles de explicar?
La respuesta no puede ser otra consigna.
Hay que mirar los hechos.
El Pacto Histórico, sus aliados y las distintas coaliciones que acompañaron al gobierno de Gustavo Petro llegaron con la bandera del cambio, la justicia social y la transformación de Colombia.
Pero después de cuatro años, la ciudadanía tiene derecho a preguntar:
¿Cuál fue el precio institucional de ese cambio?
Porque una cosa es gobernar para transformar.
Y otra muy diferente es transformar la política hasta hacer que lo inaceptable parezca normal.
EL SOCIALISMO PROGRESISTA Y LA GRAN EXCUSA
Aquí no se trata de afirmar que todo socialista es corrupto, ni que todo progresista es delincuente.
Eso sería tan absurdo como aquello que pretendemos combatir.
El problema aparece cuando una ideología se convierte en escudo para justificar los errores de quienes gobiernan.
Si el funcionario es de izquierda, algunos dicen: “es persecución política”.
Si aparece un escándalo: “es una campaña de la derecha”.
Si alguien cuestiona al gobierno: “es fascista”.
Si se habla de seguridad: “es militarismo”.
Y si se exige autoridad: “es autoritarismo”.
¡Qué maravilla!
Cuando faltan respuestas, sobran etiquetas.
Así funciona la política cuando abandona la argumentación y se refugia en la propaganda.
¿Y EL PACTO HISTÓRICO?
El Pacto Histórico prometió representar una nueva política.
Pero la pregunta incómoda es inevitable:
¿Qué tan nueva puede ser una política que termina reproduciendo algunos de los mismos vicios que durante décadas se denunciaron?
Clientelismo.
Burocracia.
Coaliciones oportunistas.
Contratación cuestionada.
Escándalos.
Luchas internas.
Acusaciones cruzadas.
Y una interminable batalla por controlar el relato.
Porque gobernar no consiste en cambiar el discurso.
Gobernar consiste en responder por los resultados.
Y cuando el ciudadano tiene miedo de salir a la calle por la extorsión, cuando territorios enteros sufren la presión de organizaciones armadas y cuando la seguridad se deteriora, la discusión deja de ser ideológica.
Se convierte en una obligación constitucional.
“DONDE EL CRIMEN GOBIERNA”
Durante años hemos visto cómo grupos criminales, estructuras armadas y economías ilegales buscan controlar territorios, comunidades y actividades económicas.
Por eso la expresión “donde el crimen gobierna” no debe entenderse como una sentencia judicial contra un gobierno determinado.
Debe entenderse como una denuncia política sobre lo que ocurre cuando el Estado pierde autoridad efectiva frente al crimen.
Porque cuando el extorsionista decide quién puede trabajar;
cuando el grupo armado impone reglas;
cuando el narcotráfico compra voluntades;
cuando el ciudadano debe pagar para poder vivir tranquilo;
algo fundamental ha fallado.
Y ahí no importa si el gobierno se llama progresista, socialista, liberal, conservador o de cualquier otro color.
El Estado tiene que recuperar el territorio y proteger al ciudadano.
LA PAZ NO PUEDE SER LA COARTADA DEL MIEDO
La paz es un derecho y una aspiración legítima.
Pero una cosa es buscar la paz.
Otra es confundir paz con ausencia de autoridad.
El ciudadano no puede convertirse en rehén de la negociación política.
La extorsión no puede ser una variable del diálogo.
El narcotráfico no puede convertirse en actor económico tolerado.
Y las organizaciones armadas no pueden terminar teniendo más capacidad de imponer condiciones que las propias instituciones.
La paz sin seguridad puede convertirse en la tranquilidad del victimario y la incertidumbre de la víctima.
GOEBBELS: UNA ADVERTENCIA, NO UNA EXCUSA
Y aquí aparece otra palabra que conviene utilizar con inteligencia: propaganda.
Goebbels representa históricamente una de las maquinarias propagandísticas más brutales del siglo XX.
No necesitamos inventar conspiraciones ni convertir cualquier gobierno contemporáneo en una réplica del nazismo para aprender la lección.
La lección es mucho más sencilla:
cuando el poder intenta controlar la narrativa para evitar que la ciudadanía examine los hechos, la democracia comienza a respirar con dificultad.
Una etiqueta no destruye una denuncia.
Un insulto no responde una pregunta.
Una tendencia en redes no reemplaza una prueba.
Y repetir una mentira un millón de veces jamás convierte la mentira en verdad.
COLOMBIA NO ES PROPIEDAD DE NINGÚN PACTO
Colombia no pertenece al Pacto Histórico.
Tampoco pertenece a la derecha.
Ni a la izquierda.
Ni a Petro.
Ni a Uribe.
Colombia pertenece a los colombianos.
Y precisamente por eso ningún gobierno puede exigir obediencia ideológica.
El ciudadano tiene derecho a preguntar.
Tiene derecho a investigar.
Tiene derecho a protestar.
Tiene derecho a disentir.
Y tiene derecho a exigir que el poder responda.
Porque la democracia no consiste en elegir gobernantes para después convertirlos en intocables.
La democracia consiste en elegirlos y vigilarlos.
EL VERDADERO “CAMBIO”
Tal vez llegó la hora de cambiar algo de verdad.
No cambiar un partido por otro.
No cambiar un caudillo por otro.
No cambiar una propaganda por otra.
Cambiar la tolerancia frente al abuso del poder.
Cambiar la indiferencia frente a la corrupción.
Cambiar la resignación frente a la extorsión.
Cambiar el miedo por ciudadanía.
Cambiar el fanatismo político por pensamiento crítico.
Porque el problema más peligroso no es que exista un corrupto.
El problema es que haya millones dispuestos a defenderlo porque lleva puesta la camiseta de su partido.
Y ese es el punto donde una democracia empieza a enfermar:
cuando la ideología vale más que la verdad y la lealtad partidista vale más que la ley.
Colombia no necesita otro mesías.
Necesita instituciones.
No necesita propaganda.
Necesita verdad.
No necesita ciudadanos obedientes.
Necesita ciudadanos libres.
Y frente a cualquier gobierno que pretenda colocarse por encima de la ley, la respuesta debe ser exactamente la misma:
¡NO!
Porque en una democracia constitucional el poder no gobierna la ley.
La ley gobierna al poder.

JRoU 
Senado de la República 
Corte Suprema de Justicia 
Abelardo De La Espriella

Friday, September 11, 2026

25 AÑOS DESPUÉS: ¿QUÉ CAMBIÓ EN LA HUMANIDAD?Hoy se cumplen 25 años de un acontecimiento que cambió la historia. JRoU

25 AÑOS DESPUÉS: ¿QUÉ CAMBIÓ EN LA HUMANIDAD?

Hoy se cumplen 25 años de un acontecimiento que cambió la historia.
Pero la pregunta que deberíamos hacernos no es solamente qué cambió en el mundo.
La verdadera pregunta es:
¿Qué cambió en nosotros?
En apenas un cuarto de siglo transformamos nuestra manera de comunicarnos, de informarnos, de trabajar y hasta de relacionarnos. La tecnología avanzó a una velocidad extraordinaria.
Pero mientras el mundo se hizo más digital, pareciera que nuestra sociedad se fue haciendo menos humana.
Hoy hablamos con miles de personas a través de una pantalla, pero cada vez nos cuesta más mirarnos a los ojos.
Tenemos más información que nunca, pero no necesariamente más conocimiento.
Tenemos más libertad para opinar, pero menos disposición para escuchar.
Y, quizás lo más preocupante, hemos comenzado a confundir libertad con ausencia de límites, derechos con ausencia de deberes y tolerancia con indiferencia frente a todo.
¿Qué pasó con los principios?
¿Qué pasó con la palabra empeñada?
¿Qué pasó con el respeto por los padres, los maestros, los mayores, las instituciones y por quienes piensan diferente?
No se trata de idealizar el pasado. El pasado también tuvo injusticias, errores y profundas desigualdades.
Se trata de preguntarnos si, en nuestra carrera hacia el futuro, dejamos algunas cosas esenciales abandonadas en el camino.
La familia dejó de ser para muchos el primer escenario de formación.
La escuela enfrenta el enorme desafío de enseñar conocimientos mientras también debería formar ciudadanos.
Y las redes sociales, que pudieron convertirse en una extraordinaria herramienta para acercarnos, muchas veces terminaron convirtiéndose en tribunales instantáneos donde se condena antes de conocer los hechos.
La palabra respeto parece haber perdido valor.
Hoy demasiadas veces gana quien grita más fuerte, quien insulta mejor o quien logra convertir una mentira en tendencia.
Y entonces aparece una paradoja:
Nunca tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, parece que cada día nos entendemos menos.
Hace 25 años cambió el mundo.
Pero quizá el desafío de los próximos 25 años no sea inventar una tecnología todavía más poderosa.
Quizá sea algo mucho más difícil:
volver a formar seres humanos capaces de utilizar la tecnología sin perder la humanidad.
Porque una sociedad puede tener inteligencia artificial, ciudades inteligentes, vehículos autónomos y máquinas capaces de hacer cosas extraordinarias.
Pero si pierde la honestidad, la solidaridad, la responsabilidad, la familia, el respeto y el sentido del deber...
¿realmente podemos llamarla una sociedad más avanzada?
Tal vez el verdadero progreso no consista únicamente en llegar más lejos.
También consiste en no olvidar quiénes somos mientras llegamos allí.
La pregunta queda abierta:
Después de 25 años de cambios extraordinarios, ¿somos realmente una humanidad mejor... o simplemente una humanidad más conectada?

“En 25 años conectamos al mundo entero; ahora debemos preguntarnos si todavía sabemos conectarnos entre nosotros.”

JRoU 
ONU Derechos Humanos - América del Sur

Thursday, September 10, 2026

LA FÁBRICA DE ETIQUETASCuando la ideología pretende pensar por nosotros“Fascista”, “ultraderecha”, “retrógrado”, “enemigo de la democracia”. JRoU

LA FÁBRICA DE ETIQUETAS
Cuando la ideología pretende pensar por nosotros
“Fascista”, “ultraderecha”, “retrógrado”, “enemigo de la democracia”.
Repítalo suficientes veces y quizá alguien termine creyendo que eso reemplaza un argumento.
Ese parece ser uno de los grandes trucos de la política contemporánea: cuando no pueden responder a la pregunta, descalifican al que pregunta.
La llamada cultura woke, determinadas expresiones del progresismo y algunas corrientes identitarias han convertido el lenguaje en un campo de batalla. Cambian las palabras, redefinen conceptos y, después, utilizan esas nuevas definiciones para señalar moralmente a quien se atreva a disentir.
¿El resultado?
Una sociedad donde cuestionar una política puede convertirlo a uno, automáticamente, en “fascista”.
Pero la historia no funciona con memes.
Mussolini no cabe en un eslogan
Existe una enorme confusión alrededor del origen político de Benito Mussolini. Es cierto que militó inicialmente en el socialismo italiano y que posteriormente rompió con ese movimiento. Pero de esa trayectoria no se desprende que fascismo y socialismo democrático sean la misma cosa.
El fascismo terminó construyendo un régimen autoritario, nacionalista, corporativista y represivo, incompatible con el pluralismo democrático.
Precisamente por eso resulta intelectualmente mediocre utilizar “fascista” como sinónimo de cualquiera que se oponga al socialismo.
Si todo opositor es fascista, entonces la palabra deja de describir una doctrina y se convierte simplemente en un insulto político.
Y aquí aparece la gran paradoja: quienes dicen defender la diversidad de pensamiento terminan exigiendo uniformidad de pensamiento.
Democracia no es una franquicia ideológica
Decirse “socialista democrático” no convierte automáticamente a nadie en demócrata.
La democracia no es una camiseta.
Se demuestra respetando elecciones, instituciones, separación de poderes, libertad de expresión, propiedad, oposición política y alternancia en el poder.
Porque hay una pregunta que debería incomodar a cualquier gobernante:
¿Aceptarías las mismas reglas si mañana el poder estuviera en manos de tu adversario?
Si la respuesta es no, entonces no estás defendiendo principios.
Estás defendiendo el poder.
La corrupción tampoco tiene partido
Aquí la hipocresía alcanza niveles industriales.
Hay quienes convierten la corrupción de sus adversarios en escándalo nacional y la de sus aliados en “persecución política”.
Eso no es ética.
Eso es tribalismo político.
La corrupción no es de izquierda ni de derecha. Es corrupción. Y cuando la ideología se convierte en escudo para proteger al corrupto, la ideología deja de ser una propuesta política y se transforma en una coartada.
El corrupto no debería tener color político. Debería tener investigación, juicio y, si corresponde, condena.
Género, identidad y libertad
Otro error consiste en convertir las discusiones sobre sexualidad, identidad y género en una guerra contra las personas.
Una democracia debe proteger la dignidad y los derechos individuales de todos.
Pero proteger derechos individuales no significa otorgarle al Estado licencia para imponer una determinada visión cultural, ni significa que toda crítica deba ser considerada odio.
Una sociedad libre tiene derecho a debatir.
Y debatir significa precisamente poder decir “no estoy de acuerdo” sin ser inmediatamente condenado al ostracismo político.
La libertad que solamente protege las opiniones con las que coincidimos no es libertad.
Es privilegio.
¿Y el supuesto “nuevo orden mundial”?
Aquí también hay que separar la crítica legítima de la conspiración.
Existen intereses económicos, geopolíticos, organismos internacionales, grupos de presión y gobiernos que influyen sobre las decisiones mundiales. Eso puede y debe investigarse.
Pero una cosa es investigar el poder y otra muy distinta convertir cualquier acontecimiento en prueba de un gigantesco complot mundial.
La política necesita documentos, hechos, contratos, decisiones y evidencia. No necesita profetas.
El verdadero peligro
El verdadero peligro no es que exista una izquierda.
Tampoco que exista una derecha.
El peligro aparece cuando una ideología pretende convertirse en la única interpretación moralmente aceptable de la realidad.
Cuando empieza a decidir qué puede decirse.
Qué puede cuestionarse.
Qué puede investigarse.
Qué palabras son permitidas.
Quién puede ser escuchado.
Y quién debe ser cancelado.
Ahí empieza el autoritarismo cultural.
Porque las democracias no mueren únicamente cuando aparecen dictadores.
A veces comienzan a morir mucho antes:
cuando la ciudadanía deja de pensar y empieza a repetir.
Por eso Colombia necesita menos etiquetas y más argumentos.
Menos fanatismo.
Menos mesías políticos.
Menos “buenos” contra “malos”.
Y mucha más memoria histórica.
Porque ninguna ideología tiene patente de corso sobre la verdad.
Ni la izquierda.
Ni la derecha.
Ni el progresismo.
Ni el conservatismo.
La única manera de impedir que una ideología termine pensando por nosotros es conservar intacta nuestra capacidad de cuestionarla.
Ese debería ser el verdadero acto de rebeldía ciudadana.
Pensar. Preguntar. Contradecir. Investigar. Y no arrodillarse ante ninguna ideología.
JRoU 

Wednesday, September 9, 2026

CUANDO LA IDEOLOGÍA REEMPLAZA AL PENSAMIENTO.... JRoU

CUANDO LA IDEOLOGÍA REEMPLAZA AL PENSAMIENTO.

No todo opositor al socialismo es fascista. No todo discurso progresista es democrático. Y ninguna sociedad debería aceptar que una etiqueta ideológica sustituya al debate racional.
Durante los últimos años, determinadas corrientes políticas han incorporado al debate público conceptos como woke, progresismo, diversidad, identidad y “nuevo orden mundial”. El problema comienza cuando estas categorías dejan de ser instrumentos para comprender la realidad y se convierten en dogmas mediante los cuales se clasifica al ciudadano entre “buenos” y “malos”.
Ahí aparece una primera falacia: confundir la discrepancia política con el fascismo.
El fascismo tiene una historia concreta. Benito Mussolini tuvo una militancia inicial en el socialismo italiano, pero posteriormente rompió con él y desarrolló una doctrina política propia: el fascismo, caracterizado por nacionalismo extremo, autoritarismo, culto al Estado, liderazgo personalista y eliminación del pluralismo político. Por eso, utilizar la palabra “fascista” como simple insulto contra cualquier persona que cuestione al socialismo democrático es históricamente incorrecto y políticamente manipulador.
Pero la crítica también debe aplicarse al otro lado.
Ningún proyecto político obtiene legitimidad por llamarse democrático. La democracia no se demuestra con una etiqueta; se demuestra respetando las instituciones, la separación de poderes, la libertad de expresión, la propiedad privada, el pluralismo y la alternancia en el poder.
Tampoco podemos convertir la discusión sobre género, sexualidad o identidad en una guerra contra las personas. Una democracia debe proteger la dignidad y los derechos individuales de todos, pero eso no significa que el Estado pueda imponer una única interpretación cultural sobre asuntos que deben permanecer abiertos al debate ciudadano, académico, familiar y democrático.
La corrupción es otro punto esencial.
Cuando un movimiento político denuncia la corrupción de sus adversarios pero justifica la propia, deja de defender principios y comienza a defender intereses. La corrupción no tiene ideología. Puede aparecer en gobiernos de izquierda, derecha, centro o cualquier otra corriente. Y cuando el poder utiliza la ideología como escudo para impedir la investigación, la crítica o el control institucional, la democracia comienza a deteriorarse.
También debemos desconfiar de las teorías que pretenden explicar todos los acontecimientos mediante un supuesto plan mundial perfectamente coordinado. Una sociedad responsable necesita pruebas, documentos, decisiones verificables y hechos; no conspiraciones convertidas en certezas.
La historia demuestra que las sociedades comienzan a perder su libertad cuando dejan de pensar críticamente y empiezan a repetir consignas.
Ese es el verdadero peligro: no una ideología determinada, sino cualquier ideología que consiga convencer a una sociedad de que cuestionarla equivale a traicionarla.
Sodoma y Gomorra puede utilizarse como referencia religiosa o histórica para hablar de decadencia moral, pero una democracia moderna no puede construirse desde la imposición moral de un grupo sobre otro. Debe construirse desde la ley, la responsabilidad individual, la libertad, la educación y el respeto.
Por eso la discusión que Colombia necesita no es:
“¿Eres de izquierda o de derecha?”
La pregunta verdaderamente importante es:
¿Qué principios estás dispuesto a defender cuando el poder que los viola es el poder que tú apoyas?
Ahí comienza el pensamiento crítico.
Porque la democracia no consiste en tener razón por pertenecer a una ideología. Consiste en aceptar que ninguna ideología está por encima de la verdad, la ley y la dignidad humana.
JRoU

Monday, September 7, 2026

¡COLOMBIA DENUNCIA, LA IMPUNIDAD SE RÍE!Cuando la justicia se demora, el crimen aprende a esperar.“DENUNCIAR NO PUEDE SER EL ÚLTIMO ACTO DE JUSTICIA.”“EL CRIMINAL NO LE TEME A LA DENUNCIA; LE TEME A UNA JUSTICIA QUE FUNCIONE.” EL SÍNDROME DE LA DENUNCIAColombia denuncia. La justicia aplaza. El criminal espera. JRoU

EL SÍNDROME DE LA DENUNCIA
Colombia denuncia. La justicia aplaza. El criminal espera.

Colombia parece padecer un síndrome que se ha vuelto peligrosamente común:
el síndrome de la denuncia.
El ciudadano denuncia.
Entrega documentos.
Aporta testimonios.
Presenta videos, audios, contratos, nombres y fechas.
Y después comienza el viacrucis.
El expediente pasa de un escritorio a otro. Aparecen solicitudes de información, cambios de funcionario, aplazamientos, términos que vencen y decisiones que parecen nunca llegar.
Mientras tanto, la víctima espera.
Y el delincuente también.
Solo que uno espera justicia y el otro espera que el tiempo haga su trabajo.
CUANDO DENUNCIAR PARECE EL PRINCIPIO DEL PROBLEMA
En Colombia hemos visto investigaciones relacionadas con corrupción pública, contratación irregular, desfalcos, narcotráfico, organizaciones criminales y abusos de poder que terminan convertidas en procesos largos y complejos.
No hace falta inventar nombres ni cifras para entender el problema.
Basta mirar cualquier caso judicial de alta complejidad para encontrar un patrón conocido: investigaciones que requieren años de recolección de pruebas, múltiples audiencias, decisiones de jueces, recursos de las partes y discusiones sobre términos procesales.
Y aquí aparece una diferencia fundamental:
la complejidad de un proceso no puede convertirse en excusa para la ineficacia.
Un proceso complejo necesita más rigor.
No menos justicia.
EL EJEMPLO QUE TODOS ENTIENDEN
Imaginemos un caso de contratación pública.
Un ciudadano denuncia posibles irregularidades.
Entrega contratos.
Señala responsables.
Aporta documentos.
La autoridad recibe la denuncia.
Se inicia una investigación.
Pasa el tiempo.
El investigador cambia.
Se solicita nueva información.
El proceso continúa.
Luego aparece una audiencia.
Después otra.
Y finalmente la discusión termina concentrándose en el procedimiento y no en la pregunta esencial:
¿Se cometió o no el delito?
Ese ciudadano no está pidiendo una condena automática.
Está pidiendo algo mucho más básico:
que la justicia investigue y decida.
Eso es Estado de derecho.
EL TIEMPO NO PUEDE SER EL ABOGADO DEL CRIMINAL
Hay que decirlo con precisión.
El vencimiento de términos no significa automáticamente corrupción ni implica que un juez esté favoreciendo a un delincuente. Los términos procesales existen para proteger derechos fundamentales y garantizar el debido proceso.
Pero precisamente por eso hay que formular la pregunta correcta:
¿Qué ocurre cuando las demoras, las fallas administrativas, las investigaciones deficientes o las decisiones tardías terminan favoreciendo la impunidad?
Ahí está el verdadero problema.
Porque el criminal no debería ser condenado sin pruebas.
Pero tampoco la víctima debería quedar condenada a esperar indefinidamente.
La justicia debe encontrar el equilibrio entre garantías procesales y eficacia institucional.
Sin garantías, hay arbitrariedad.
Sin eficacia, hay impunidad.
EL EXPEDIENTE NO PUEDE CONVERTIRSE EN CEMENTERIO DE LA VERDAD
Hay investigaciones que fracasan porque las pruebas no son suficientes.
Otras terminan porque los hechos no constituyen delito.
Otras porque no es posible establecer responsabilidad individual.
Eso también forma parte de una justicia seria.
Pero existe una diferencia enorme entre no poder probar un delito y no investigar adecuadamente una denuncia.
El ciudadano tiene derecho a conocer las razones.
La sociedad tiene derecho a saber qué ocurrió.
Y las instituciones tienen el deber de explicar sus decisiones.
Porque cuando una denuncia desaparece durante años en la burocracia, la desconfianza crece.
Y cuando la desconfianza crece, la ciudadanía comienza a pensar que denunciar no sirve para nada.
Ese es el punto crítico.
CUANDO LA CIUDADANÍA DEJA DE DENUNCIAR, GANA EL CRIMEN
Un ciudadano que denuncia un acto de corrupción debería sentirse respaldado por el Estado.
No perseguido.
No abandonado.
No condenado a convertirse en investigador de su propia denuncia.
La justicia tiene instituciones, funcionarios, herramientas y procedimientos precisamente para investigar.
Por eso resulta inadmisible que la respuesta institucional se reduzca permanentemente a:
“Estamos investigando.”
Investigar no puede ser una frase de cajón.
Tiene que producir resultados.
NO TODA FALLA JUDICIAL ES CORRUPCIÓN
También hay que tener cuidado.
Acusar de corrupción sin pruebas reproduce exactamente aquello que se pretende combatir.
Una crítica seria debe distinguir entre:
corrupción, negligencia, congestión, errores procesales, falta de recursos, deficiencias investigativas y garantías del debido proceso.
No son lo mismo.
Pero todos esos problemas deben ser examinados cuando una investigación se estanca.
Porque una democracia madura no protege a los corruptos.
Tampoco sacrifica las garantías de los inocentes.
Lo que exige es algo mucho más difícil:
una justicia capaz de hacer ambas cosas correctamente.
COLOMBIA NO NECESITA MÁS EXPEDIENTES DURMIENDO
Necesita resultados.
Que una denuncia sea recibida.
Que sea evaluada.
Que se investigue cuando corresponda.
Que las pruebas sean protegidas.
Que las decisiones sean oportunas.
Que quien sea responsable responda ante la justicia.
Y que quien sea inocente tenga derecho a demostrarlo.
Ese es el verdadero Estado de derecho.
Porque la justicia no puede medirse por la cantidad de expedientes abiertos.
Debe medirse por su capacidad de llegar a la verdad dentro de la ley.
Y aquí está la advertencia:
Cuando la ciudadanía pierde la confianza en las instituciones, el problema deja de ser exclusivamente judicial.
Se convierte en un problema democrático.
Una sociedad que deja de creer en la justicia comienza a buscar soluciones por fuera de ella.
Y ese camino es peligrosísimo.
EL CIUDADANO NO PUEDE RENUNCIAR
Por eso la respuesta no puede ser el silencio.
Hay que denunciar.
Hay que exigir seguimiento.
Hay que solicitar información por los mecanismos legales.
Hay que exigir rendición de cuentas.
Hay que acudir a los órganos de control cuando corresponda.
Hay que documentar.
Hay que verificar.
Hay que preguntar.
Y, sobre todo, hay que dejar de normalizar la impunidad.
No se trata de reemplazar a los jueces.
No se trata de condenar en redes sociales.
No se trata de linchar mediáticamente a nadie.
Se trata de ejercer ciudadanía.
Porque el Estado de derecho no funciona únicamente cuando hablan los jueces.
También funciona cuando los ciudadanos vigilan.
LLAMADO CIUDADANO
Colombia no puede resignarse a una justicia que se pierda entre expedientes, términos y escritorios.
No callemos.
No normalicemos.
No olvidemos.
Denunciar no es suficiente.
Hay que hacer seguimiento.
Preguntar qué ocurrió con cada investigación.
Exigir respuestas institucionales.
Defender el debido proceso.
Rechazar las acusaciones sin pruebas.
Y exigir que, cuando existan evidencias de un delito, la justicia actúe con firmeza y dentro de la ley.
Porque la democracia no se defiende mirando hacia otro lado.
Se defiende vigilando al poder, exigiendo justicia y no permitiendo que la impunidad se convierta en costumbre.
El ciudadano no debe convertirse en espectador de la justicia.
Debe convertirse en su vigilante.
Porque cuando todos callan, la impunidad avanza.
Pero cuando una ciudadanía organizada, informada y persistente exige respuestas…
el expediente deja de dormir.
Y el Estado vuelve a recordar para quién existe:
PARA SERVIR AL CIUDADANO, NO PARA PROTEGER LA IMPUNIDAD.

JRoU 

Sunday, September 6, 2026

Colombia no se cayó. Colombia se sacudió. Y cuando un pueblo despierta, ninguna cortina de humo vuelve a dormirlo.”EL TERREMOTO QUE SACUDIÓ A COLOMBIA . JRoU

EL TERREMOTO QUE SACUDIÓ A COLOMBIA
Sin anestesia: no solo tembló la tierra. Tembló el relato.
El terremoto de agosto no solo movió la tierra.,Movió a Colombia.
Y eso parece haberle dolido más a algunos que el propio temblor.
Porque durante cuatro años intentaron convencernos de que Colombia estaba dividida entre los buenos y los malos.Ellos, naturalmente, se reservaron el papel de los buenos.
Qué conveniente.
Los demás éramos el problema.
Los que pensábamos diferente éramos enemigos.
Los que cuestionábamos éramos fascistas.
Los que denunciábamos éramos golpistas.
Y los que exigíamos resultados éramos, según el libreto, parte de la derecha “retrógrada”.
¡Qué imaginación!
Mientras tanto, la realidad seguía golpeando la puerta.
Inseguridad.
Corrupción.
Escándalos.
Contratos cuestionados.
Nepotismo.
Nóminas paralelas
Testaferros.
Violencia.
Narcotráfico.
Territorios abandonados.
Instituciones debilitadas.
Y una ciudadanía cada vez más cansada de escuchar discursos mientras esperaba soluciones.
LA CORTINA DE HUMO
Cuando no hay resultados, siempre queda un recurso:
fabricar un enemigo.
Si la economía preocupa, culpa al anterior.
Si la seguridad empeora, culpa al anterior.
Si aparecen escándalos, persecución política.
Si alguien pregunta por los recursos públicos, ataque al mensajero.
Y si todo falla...
¡Invéntese otra etiqueta!
Ahora resulta que todo aquel que cuestiona el progresismo es fascista.
Antes eran uribistas.
Después paramilitares.
Luego enemigos de la paz.
Ahora fascistas.
Mañana quién sabe.
Quizás extraterrestres.
Porque cuando faltan argumentos...
sobran etiquetas.
EL DINERO NO TIENE IDEOLOGÍA
Aquí hay algo muy sencillo.
El dinero público no es de izquierda.
No es de derecha.
No es progresista.
No es conservador.
Es de los colombianos.
Por eso, cuando existen denuncias sobre posibles desfalcos, contratos irregulares, financiación ilícita, corrupción o utilización indebida de recursos, no se necesita una tribuna política.
Se necesita Fiscalía.
Contraloría.
Procuraduría.
Jueces.
Pruebas.
Y justicia.
Si alguien es inocente, que lo demuestre la investigación.
Si alguien es culpable, que responda.
Así funciona una República.
Lo demás es teatro.
LA GRAN ESTAFA MORAL
El problema nunca fue hablar de justicia social.
El problema es utilizar la justicia social como patente de corso.
Decir:
“Somos los pobres”.
“Somos el pueblo”.
“Somos el cambio”.
“Somos la democracia”.
Muy bonito.
Pero una pregunta incómoda:
¿Y quién vigila al que dice hablar en nombre del pueblo?
Porque apropiarse del discurso de los pobres no convierte a nadie en honesto.
Ponerse la camiseta de la democracia no convierte a nadie en demócrata.
Y hablar de derechos humanos no convierte automáticamente a nadie en defensor de los derechos humanos.
Los hechos hablan más fuerte que las consignas.
EL SOCIALISMO DE LOS DISCURSOS
Prometieron igualdad.
Pero algunos terminaron descubriendo las mieles del poder.
Prometieron transparencia.
Pero aparecieron escándalos que exigieron explicaciones.
Prometieron cambiar la política.
Y terminaron utilizando muchas de las mismas maquinarias que juraron combatir.
Prometieron reconciliación.
Y dejaron una sociedad más enfrentada.
Prometieron una Colombia distinta.
Y ahora pretenden convencernos de que preguntar es odiar.
No, señores.
Preguntar no es odio.
Fiscalizar no es odio.
Denunciar no es odio.
Votar diferente no es odio.
Democracia también significa decir NO.
LA POLÍTICA DEL RESENTIMIENTO
Hay políticos que necesitan una sociedad dividida.
Porque una sociedad dividida es más fácil de manipular.
Necesitan ricos contra pobres.
Campo contra ciudad.
Militares contra civiles.
Derecha contra izquierda.
Jóvenes contra viejos.
Unos colombianos contra otros.
Mientras todos pelean...
alguien administra el poder.
Mientras todos se insultan...
alguien firma contratos.
Mientras todos miran al enemigo...
alguien mira la caja.
Y esa es la pregunta que incomoda:
¿Cuánto tiempo más vamos a dejarnos distraer?
COLOMBIA ESTUVO AL BORDE
Estuvimos cerca de convertir la política en una religión.
Una religión donde el líder es infalible.
Donde la crítica es herejía.
Donde el contradictor es enemigo.
Donde la ideología justifica lo injustificable.
Eso no es democracia.
Eso es fanatismo político.
Y ningún extremo tiene derecho a destruir la República en nombre de salvarla.
Ni izquierda.
Ni derecha.
Ni progresismo.
Ni conservatismo.
Nadie.
Y ENTONCES TEMBLÓ LA TIERRA
Y ocurrió lo inesperado.
Tembló Colombia.
Y durante unos instantes desaparecieron las etiquetas.
No importó quién votaba por quién.
No importó quién gritaba izquierda.
No importó quién gritaba derecha.
El colombiano necesitó al colombiano.
Y el colombiano respondió.
El vecino ayudó al vecino.
El desconocido ayudó al desconocido.
La solidaridad hizo en minutos lo que la política llevaba años intentando destruir:
nos recordó que somos una nación.
Ese fue el verdadero terremoto.
EL TERREMOTO POLÍTICO
Porque quizás la tierra solamente nos estaba dando una advertencia.
Colombia necesita reconstruirse.
Pero no solamente sus edificios.
Su moral pública.
Su confianza.
Su institucionalidad.
Su justicia.
Su seguridad.
Su esperanza.
Hay que reconstruir la República.
Y para eso hay que demoler algunas cosas.
La impunidad.
La corrupción.
El fanatismo.
El clientelismo.
El odio.
La mentira política.
La manipulación.
El mesianismo.
Y esa peligrosa costumbre de creer que quien gana una elección adquiere licencia para hacer lo que quiera.
No.
El poder es prestado.
La República permanece.
QUE TIEMBLE EL PODER
Que tiemble el corrupto.
Que tiemble el que roba.
Que tiemble el que compra conciencias.
Que tiemble el que amenaza.
Que tiemble el que utiliza el Estado para perseguir adversarios.
Que tiemble el que cree que una ideología está por encima de la ley.
Que tiemble el que confunde impunidad con poder.
Porque esta vez no tiene que temblar la tierra.
Tiene que despertar el ciudadano.
Y cuando despierta una ciudadanía cansada...
Cuando empieza a preguntar...
Cuando exige cuentas...
Cuando deja de tener miedo...
Cuando descubre que el poder no es eterno...
el terremoto apenas comienza.
Colombia no necesita otra revolución.
Necesita recuperar la República.
No necesitamos más odio.
Necesitamos carácter.
No necesitamos mesías.
Necesitamos instituciones.
No necesitamos propaganda.
Necesitamos verdad.
No necesitamos gobernantes que dividan.
Necesitamos líderes que unan.
Y sobre todo...
No necesitamos otra generación educada para odiar al adversario.
Necesitamos colombianos educados para defender la libertad.
EL CIERRE
El terremoto de agosto movió la tierra.
Pero puede haber movido algo mucho más poderoso:
la conciencia de una nación.
Y aquí está la advertencia para quienes todavía creen que Colombia es propiedad de una ideología:
La tierra puede dejar de temblar.
El poder puede cambiar de manos.
Los gobiernos pueden terminar.
Los discursos pueden desaparecer.
Pero cuando un pueblo despierta...
YA NO HAY CORTINA DE HUMO QUE LO VUELVA A DORMIR.
Colombia no se cayó.
Colombia se sacudió.
Y quizás, por primera vez en cuatro años...
NO TEMBLÓ COLOMBIA.
TEMBLARON EL MIEDO, EL RELATO Y EL PODER.
Conversando en Blanco o Negro®
Actualidad sin filtros.
Para redes, la frase de cierre más fuerte sería:
“Colombia no se cayó. Colombia se sacudió. Y cuando un pueblo despierta, ninguna cortina de humo vuelve a dormirlo.”

JRoU 

Saturday, September 5, 2026

La Hiena vomita odió..“Cuando el poder no puede explicar sus fracasos, inventa enemigos; cuando no puede demostrar sus acusaciones, fabrica consignas.”EL COMODÍN DEL “TECNO-FASCISMO”. JRoU

La Hiena vomita odió..
“Cuando el poder no puede explicar sus fracasos, inventa enemigos; cuando no puede demostrar sus acusaciones, fabrica consignas.”

EL COMODÍN DEL “TECNO-FASCISMO”

Cuando la etiqueta pretende reemplazar la verdad
¡Hágame el favor! Ahora resulta que la hiena psicópata alias Petro nos sale con el descubrimiento del “tecno-fascismo”, y detrás de la palabra aparecen los mismos borregos políticos repitiendo la consigna como si fuera una verdad revelada.
Pero hagamos algo elemental: ¡leer, investigar y pensar!
Antes de utilizar la palabra fascismo como arma arrojadiza contra el adversario, habría que recordar qué fue realmente el fascismo histórico: un fenómeno político caracterizado por el autoritarismo, el culto al liderazgo, el nacionalismo extremo, la concentración del poder y la eliminación o restricción de la oposición política.
No es una palabra mágica que pueda pegarse a cualquier persona, movimiento, tecnología o adversario que incomode.
¿Y ahora la tecnología también es fascista?
El asunto adquiere un tinte todavía más curioso cuando se pretende convertir la tecnología en el nuevo enemigo ideológico.
La tecnología puede utilizarse para vigilar, manipular información, influir en ciudadanos o alterar procesos democráticos. Eso merece un debate serio. Pero una cosa es discutir responsablemente sobre tecnología, inteligencia artificial, redes sociales, algoritmos y poder político, y otra muy diferente es fabricar una etiqueta espectacular para alimentar la polarización.
Porque cuando todo aquel que discrepa es convertido en “fascista”, el término termina perdiendo precisamente el significado histórico que se pretende invocar.
¿Una cortina de humo?
Y aquí aparece la pregunta políticamente incómoda:
¿Por qué aparece ahora este discurso y qué pretende poner en segundo plano?
Si existen cuestionamientos sobre procesos electorales, estrategias políticas, posibles irregularidades o intentos de manipulación, la respuesta democrática no puede ser fabricar enemigos imaginarios ni movilizar seguidores mediante consignas.
Las denuncias se investigan.
Las pruebas se presentan.
Las responsabilidades se determinan.
Eso es democracia.
No basta con lanzar una acusación desde una tribuna política y esperar que una multitud la repita hasta convertirla artificialmente en una “verdad”.
El ciudadano no puede convertirse en borrego digital
La política moderna tiene una herramienta poderosísima: la repetición.
Se instala una palabra, se convierte en tendencia, se repite miles de veces y finalmente algunos terminan creyendo que la frecuencia de una afirmación es equivalente a su veracidad.
No.
Un hashtag no es una prueba.
Una consigna no es una sentencia.
Una acusación no es una condena.
Y una etiqueta ideológica no reemplaza los hechos.
Colombia necesita ciudadanos que cuestionen tanto al Gobierno como a la oposición; ciudadanos que no traguen entero; ciudadanos capaces de decirle “no” a quien pretenda convertirlos en soldados digitales de cualquier causa.
Colombia necesita memoria, no propaganda
La historia debe servir para comprender el presente, no para manipularlo.
Si vamos a hablar de fascismo, hablemos con rigor histórico.
Si vamos a hablar de tecnología, discutamos sus riesgos reales.
Si vamos a hablar de elecciones, examinemos las pruebas.
Y si vamos a hablar de democracia, defendámosla incluso cuando el resultado no favorezca nuestras propias posiciones.
Porque la democracia no necesita borregos que repitan. Necesita ciudadanos que piensen.
Y quizá ese sea precisamente el problema de fondo:
cuando una sociedad empieza a pensar por sí misma, las consignas dejan de funcionar.

JRoU 
Conversando en Blanco o Negro®
Descongelando verdades sin filtro.

Wednesday, September 2, 2026

La doble moral frente a los menores: cuando los derechos humanos se vuelven selectivos.La Hiena Cepeda firma acuerdos de reclutamiento y después.... JRoU

La doble moral frente a los menores: cuando los derechos humanos se vuelven selectivos.

La Hiena Cepeda firma acuerdos de reclutamiento y después....

Existe una contradicción que merece ser examinada con rigor: mientras algunos sectores de la izquierda política denuncian permanentemente supuestas violaciones de derechos humanos cometidas por la Fuerza Pública durante operaciones contra estructuras armadas ilegales, guardan silencio —o relativizan— frente al reclutamiento y utilización de menores por parte de organizaciones insurgentes y narcotraficantes.
Los derechos de los niños no pueden depender de quién empuña el arma ni de la ideología de quien denuncia.
Si un menor es reclutado, adoctrinado, armado y utilizado por una estructura ilegal, no deja de ser víctima porque pertenezca a las filas de una organización insurgente. Precisamente por su condición de menor, el Estado debe protegerlo y las organizaciones armadas deben responder por haberlo instrumentalizado.
La discusión sobre el uso legítimo de la fuerza tampoco puede plantearse ignorando esa realidad. Cuando integrantes de grupos armados ilegales utilizan menores en zonas de combate, la Fuerza Pública enfrenta una situación operacional y jurídica particularmente compleja. Eso no elimina la obligación de respetar el Derecho Internacional Humanitario, pero tampoco puede convertirse en una herramienta para deslegitimar automáticamente toda operación militar o policial contra estructuras armadas ilegales.
La verdadera defensa de los derechos humanos exige coherencia.
No puede condenarse con contundencia una operación de la Fuerza Pública y, al mismo tiempo, minimizar el crimen de quienes reclutan niños. No puede hablarse de protección de la niñez mientras se tolera políticamente a quienes convierten a menores en instrumentos de guerra.
Los derechos humanos no pueden ser una bandera selectiva ni un mecanismo de propaganda.
Un niño reclutado por un grupo armado no es un combatiente descartable: es una víctima. Y quien lo recluta, lo arma y lo utiliza debe responder ante la justicia.
Colombia necesita una defensa de los derechos humanos que sea universal, no ideológica; una política de paz que no termine legitimando a quienes continúan utilizando la violencia; y una Fuerza Pública con capacidad para proteger a la población y enfrentar a las organizaciones armadas dentro de la Constitución, la ley y el Derecho Internacional Humanitario.
La paz no puede construirse sacrificando a los niños. Y los derechos humanos no pueden defenderse solamente cuando políticamente conviene.


JRoU 
Ministerio De Defensa Nacional 
Abelardo De La
ONU Derechos Humanos - América del Sur

Monday, August 31, 2026

Cuando se ataca la fe para provocar el caos social. JRoU

Cuando se ataca la fe para provocar el caos social. 

Atacar el sentimiento religioso de una sociedad no debería confundirse con ejercer la libertad de expresión. En un Estado laico, todas las personas tienen derecho a creer, no creer o practicar su religión libremente, pero ese principio también exige respeto por las convicciones ajenas.
Colombia ha vivido años de profundas confrontaciones políticas y sociales en los que, en ocasiones, la religión, la moral y las tradiciones han sido utilizadas como instrumentos de polarización. Cuando las creencias de millones de ciudadanos son convertidas en objeto de burla, provocación o manipulación política, se corre el riesgo de transformar una diferencia ideológica en un conflicto social.
El problema no es que una sociedad sea laica. Precisamente, el carácter laico del Estado significa que ninguna religión debe imponerse sobre las instituciones públicas. Pero tampoco significa que la fe de los ciudadanos pueda ser despreciada desde el poder o utilizada como mecanismo para generar confrontación.
También resulta necesario cuestionar una idea que aparece con frecuencia en determinados discursos políticos: que reivindicar derechos individuales significa que esos derechos están por encima de cualquier responsabilidad frente a la sociedad. Los derechos existen dentro de un orden constitucional y democrático; no son una licencia para desconocer los derechos de los demás.
Ser progresista, liberal, conservador o pertenecer a cualquier otra corriente política no otorga superioridad moral. Una democracia saludable exige que las libertades individuales convivan con responsabilidad, respeto, pluralismo, convivencia y reconocimiento de las instituciones.
Colombia necesita menos provocación y más responsabilidad. La libertad religiosa, la libertad de conciencia y la libertad de expresión deben protegerse para todos, incluso cuando nuestras creencias o posiciones sean diferentes.
Porque una democracia no se fortalece destruyendo las convicciones del otro. Se fortalece cuando somos capaces de defender nuestras propias libertades sin convertirlas en armas contra las libertades ajenas.

JRoU