¿Queremos perder la democracia?
El oxígeno del socialismo moderno, camuflado bajo discursos progresistas, agendas globalistas y estrategias de polarización, ha encontrado terreno féril en el resentimiento social, el odio de clases y la división permanente entre ciudadanos. La historia demuestra que muchos gobiernos que prometieron igualdad terminaron atrapados en corrupción, enriquecimiento ilícito y concentración del poder, mientras los pueblos quedaron sumidos en crisis institucionales y económicas.
Hoy, varios países observan cómo modelos ideológicos extremos se derrumban bajo el peso de sus propios escándalos, mientras algunos gobernantes aún se creen intocables ante la justicia. Colombia no puede repetir ese camino.
Tenemos una oportunidad democrática histórica: elegir un liderazgo con visión empresarial, patriotismo, autoridad institucional y capacidad para recuperar el rumbo del país. Un gobierno que fortalezca la seguridad, reactive la economía y restablezca la confianza en las instituciones.
La preocupación crece cuando sectores del Estado parecen sometidos a intereses políticos o criminales. Cuando las instituciones pierden independencia y el crimen organizado gana influencia, la democracia comienza a debilitarse desde adentro. Por eso, el papel de las Fuerzas Armadas y de Policía es fundamental. La nación necesita instituciones firmes, transparentes y comprometidas exclusivamente con la Constitución y la defensa de los ciudadanos.
La democracia no es perfecta, pero sigue siendo el sistema que garantiza libertades, derechos humanos y la posibilidad de exigir cuentas a quienes gobiernan. En democracia, cada ciudadano tiene voz, voto y la capacidad de decidir el futuro de su nación.
La pregunta es simple y contundente:
¿Estamos dispuestos a perderla por indiferencia, polarización y manipulación ideológica, o defenderemos el derecho de Colombia a seguir siendo una nación libre y democrática?
JRoU
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