Colombia no necesita más doble moral
Las democracias no se debilitan porque exista oposición. Se debilitan cuando la oposición pierde coherencia y los principios se subordinan a la conveniencia política.
La reacción de sectores de la izquierda frente al nombramiento de Abelardo de la Espriella como embajador de Colombia en Estados Unidos confirma que ejercerán una oposición firme a esa decisión. Están en su derecho. La discrepancia hace parte de la democracia. Sin embargo, desde mi perspectiva, el debate no puede quedarse en un nombre propio. La verdadera pregunta es si ese mismo nivel de exigencia se aplicó a otras actuaciones y nombramientos durante el gobierno anterior.
La respuesta a esa pregunta marcará la diferencia entre una oposición basada en principios y una basada en intereses políticos.
El drama de Colombia no comenzó con este debate diplomático. Viene de mucho antes. Décadas de corrupción, clientelismo, captura de instituciones, violencia y una persistente percepción de impunidad han erosionado la confianza de millones de ciudadanos. Cada escándalo sin consecuencias claras, cada peso público mal administrado y cada institución debilitada alimentan la sensación de que las reglas no son iguales para todos.
Esa percepción es devastadora para cualquier democracia.
A mi juicio, el mayor enemigo del país no es un partido político específico. Es la corrupción que desvía recursos públicos, la impunidad que desalienta la confianza en la justicia y la polarización que convierte cualquier discusión en un enfrentamiento donde los hechos pasan a un segundo plano.
Por eso sorprende cuando algunos actores políticos parecen reservar su indignación para unos casos y relativizar otros. Una democracia exige el mismo rasero para aliados y adversarios. La ética pública pierde fuerza cuando se aplica de manera selectiva.
El país necesita menos consignas y más resultados. Menos confrontación estéril y más instituciones capaces de investigar, juzgar y sancionar con independencia. La legitimidad del Estado no se construye con discursos, sino con decisiones transparentes y con el cumplimiento efectivo de la ley.
Colombia atraviesa uno de esos momentos en los que la historia exige claridad. No basta con denunciar. También hay que demostrar coherencia. No basta con hablar de justicia. Hay que defenderla incluso cuando afecta a quienes comparten nuestras propias ideas.
Una nación no se reconstruye sobre la base de la impunidad, la corrupción o el oportunismo político. Se reconstruye cuando la ley recupera su autoridad, cuando las instituciones responden al interés general y cuando los ciudadanos dejan de aceptar la doble moral como si fuera una práctica normal.
Ese es el verdadero desafío nacional. Porque ningún proyecto político, de izquierda o de derecha, tendrá éxito duradero si la corrupción continúa drenando los recursos públicos, si la impunidad sigue debilitando la confianza en la justicia y si la coherencia continúa siendo la primera víctima de la confrontación política.
La historia no recordará quién gritó más fuerte. Recordará quién defendió el Estado de derecho con la misma firmeza para todos. Esa es la diferencia entre el cálculo político y el verdadero compromiso con la democracia.
JRoU