Tema Domical
“CUANDO EL ESTADO RETROCEDE, EL CRIMEN AVANZA. Y CUANDO EL CIUDADANO SE ACOSTUMBRA, EL CRIMEN TERMINA PARECIENDO GOBIERNO.”
CUANDO EL CRIMEN SE CONVIERTE EN PAISAJE DEL PODER y la hiena Impune.
Pacto Histórico, socialismo progresista y la peligrosa costumbre de llamar “cambio” a lo que el ciudadano termina pagando
Hay una pregunta que incomoda y que, precisamente por eso, hay que formular:
¿Qué sucede cuando un gobierno llega al poder prometiendo transformar la sociedad y termina gobernando en medio de escándalos, cuestionamientos por corrupción, crisis de seguridad, extorsión y alianzas políticas cada vez más difíciles de explicar?
La respuesta no puede ser otra consigna.
Hay que mirar los hechos.
El Pacto Histórico, sus aliados y las distintas coaliciones que acompañaron al gobierno de Gustavo Petro llegaron con la bandera del cambio, la justicia social y la transformación de Colombia.
Pero después de cuatro años, la ciudadanía tiene derecho a preguntar:
¿Cuál fue el precio institucional de ese cambio?
Porque una cosa es gobernar para transformar.
Y otra muy diferente es transformar la política hasta hacer que lo inaceptable parezca normal.
EL SOCIALISMO PROGRESISTA Y LA GRAN EXCUSA
Aquí no se trata de afirmar que todo socialista es corrupto, ni que todo progresista es delincuente.
Eso sería tan absurdo como aquello que pretendemos combatir.
El problema aparece cuando una ideología se convierte en escudo para justificar los errores de quienes gobiernan.
Si el funcionario es de izquierda, algunos dicen: “es persecución política”.
Si aparece un escándalo: “es una campaña de la derecha”.
Si alguien cuestiona al gobierno: “es fascista”.
Si se habla de seguridad: “es militarismo”.
Y si se exige autoridad: “es autoritarismo”.
¡Qué maravilla!
Cuando faltan respuestas, sobran etiquetas.
Así funciona la política cuando abandona la argumentación y se refugia en la propaganda.
¿Y EL PACTO HISTÓRICO?
El Pacto Histórico prometió representar una nueva política.
Pero la pregunta incómoda es inevitable:
¿Qué tan nueva puede ser una política que termina reproduciendo algunos de los mismos vicios que durante décadas se denunciaron?
Clientelismo.
Burocracia.
Coaliciones oportunistas.
Contratación cuestionada.
Escándalos.
Luchas internas.
Acusaciones cruzadas.
Y una interminable batalla por controlar el relato.
Porque gobernar no consiste en cambiar el discurso.
Gobernar consiste en responder por los resultados.
Y cuando el ciudadano tiene miedo de salir a la calle por la extorsión, cuando territorios enteros sufren la presión de organizaciones armadas y cuando la seguridad se deteriora, la discusión deja de ser ideológica.
Se convierte en una obligación constitucional.
“DONDE EL CRIMEN GOBIERNA”
Durante años hemos visto cómo grupos criminales, estructuras armadas y economías ilegales buscan controlar territorios, comunidades y actividades económicas.
Por eso la expresión “donde el crimen gobierna” no debe entenderse como una sentencia judicial contra un gobierno determinado.
Debe entenderse como una denuncia política sobre lo que ocurre cuando el Estado pierde autoridad efectiva frente al crimen.
Porque cuando el extorsionista decide quién puede trabajar;
cuando el grupo armado impone reglas;
cuando el narcotráfico compra voluntades;
cuando el ciudadano debe pagar para poder vivir tranquilo;
algo fundamental ha fallado.
Y ahí no importa si el gobierno se llama progresista, socialista, liberal, conservador o de cualquier otro color.
El Estado tiene que recuperar el territorio y proteger al ciudadano.
LA PAZ NO PUEDE SER LA COARTADA DEL MIEDO
La paz es un derecho y una aspiración legítima.
Pero una cosa es buscar la paz.
Otra es confundir paz con ausencia de autoridad.
El ciudadano no puede convertirse en rehén de la negociación política.
La extorsión no puede ser una variable del diálogo.
El narcotráfico no puede convertirse en actor económico tolerado.
Y las organizaciones armadas no pueden terminar teniendo más capacidad de imponer condiciones que las propias instituciones.
La paz sin seguridad puede convertirse en la tranquilidad del victimario y la incertidumbre de la víctima.
GOEBBELS: UNA ADVERTENCIA, NO UNA EXCUSA
Y aquí aparece otra palabra que conviene utilizar con inteligencia: propaganda.
Goebbels representa históricamente una de las maquinarias propagandísticas más brutales del siglo XX.
No necesitamos inventar conspiraciones ni convertir cualquier gobierno contemporáneo en una réplica del nazismo para aprender la lección.
La lección es mucho más sencilla:
cuando el poder intenta controlar la narrativa para evitar que la ciudadanía examine los hechos, la democracia comienza a respirar con dificultad.
Una etiqueta no destruye una denuncia.
Un insulto no responde una pregunta.
Una tendencia en redes no reemplaza una prueba.
Y repetir una mentira un millón de veces jamás convierte la mentira en verdad.
COLOMBIA NO ES PROPIEDAD DE NINGÚN PACTO
Colombia no pertenece al Pacto Histórico.
Tampoco pertenece a la derecha.
Ni a la izquierda.
Ni a Petro.
Ni a Uribe.
Colombia pertenece a los colombianos.
Y precisamente por eso ningún gobierno puede exigir obediencia ideológica.
El ciudadano tiene derecho a preguntar.
Tiene derecho a investigar.
Tiene derecho a protestar.
Tiene derecho a disentir.
Y tiene derecho a exigir que el poder responda.
Porque la democracia no consiste en elegir gobernantes para después convertirlos en intocables.
La democracia consiste en elegirlos y vigilarlos.
EL VERDADERO “CAMBIO”
Tal vez llegó la hora de cambiar algo de verdad.
No cambiar un partido por otro.
No cambiar un caudillo por otro.
No cambiar una propaganda por otra.
Cambiar la tolerancia frente al abuso del poder.
Cambiar la indiferencia frente a la corrupción.
Cambiar la resignación frente a la extorsión.
Cambiar el miedo por ciudadanía.
Cambiar el fanatismo político por pensamiento crítico.
Porque el problema más peligroso no es que exista un corrupto.
El problema es que haya millones dispuestos a defenderlo porque lleva puesta la camiseta de su partido.
Y ese es el punto donde una democracia empieza a enfermar:
cuando la ideología vale más que la verdad y la lealtad partidista vale más que la ley.
Colombia no necesita otro mesías.
Necesita instituciones.
No necesita propaganda.
Necesita verdad.
No necesita ciudadanos obedientes.
Necesita ciudadanos libres.
Y frente a cualquier gobierno que pretenda colocarse por encima de la ley, la respuesta debe ser exactamente la misma:
¡NO!
Porque en una democracia constitucional el poder no gobierna la ley.
La ley gobierna al poder.
JRoU
Senado de la República
Corte Suprema de Justicia
Abelardo De La Espriella