Se rumora en la calles que la "Seguridad democracia electoral no existe, que sé debe tener en cuenta el incremento desmedido del voto "enfusilado", "atamalado" y/o comprado directamente por este gobierno con todo el dinero robado o de procedencia ilícita." Cuando el río suena,piedras trae.
Y mi opinión personal es que, lo que hoy se vende como democracia electoral es, en realidad, una puesta en escena vacía de garantías. Sin seguridad, sin transparencia y sin autoridad moral del Estado, no hay democracia posible.
El incremento desmedido del voto “enfusilado”, “atamalado” y abiertamente comprado no es una anomalía: es el método. Un mecanismo aceitado con recursos públicos saqueados, dineros de procedencia ilícita y estructuras clientelistas que operan como maquinarias de coacción. El ciudadano deja de ser elector para convertirse en rehén, presionado por el miedo, el hambre o la dependencia.
Cuando el gobierno permite —o promueve— que el voto se negocie como mercancía, la soberanía popular queda secuestrada. No gana la idea, no gana el proyecto, no gana el mérito: gana el billete, la amenaza y el favor. Así, el sufragio pierde su esencia y la elección se transforma en repartija, no en decisión libre.
Sin seguridad en los territorios, sin controles reales, sin sanción ejemplar al fraude y a la compra de votos, hablar de democracia es propaganda, no verdad. Una democracia sin voto libre es una ficción; un gobierno surgido de ese proceso, carece de legitimidad ética aunque exhiba actas y discursos.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿cómo llamar democrático a un sistema donde el miedo y el dinero votan más fuerte que la conciencia ciudadana?
Porque cuando el voto se compra, la República se vende. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es electoral: es moral y estructural.
JRoU