Wednesday, September 23, 2026

Puedes seguir llamándome “ignorante”.Cada vez que lo haces, me recuerdas que pensar diferente sigue siendo mucho más peligroso para una ideología que repetir consignas. JRoU

CUANDO UN PETRISTA ME DICE «IGNORANTE»… ¡GRACIAS POR EL ELOGIO!

¿Saben qué pasa cuando un petrista me dice ignorante? Me siento halagado, complacido, honrado y hasta satisfecho. ¡Faltaba más! ¿Cómo no recibir con una sonrisa semejante muestra de afecto, admiración y reconocimiento?
Porque cuando alguien pretende descalificarte desde una ideología que convierte el resentimiento en argumento y la etiqueta en sustituto del debate, uno solo puede responder: ¡Gracias por el cumplido!
Al parecer, para algunos iluminados de la política, pensar diferente es ignorancia, cuestionar sus dogmas es fascismo y defender la libertad es pecado capital. ¡Qué maravilla de intelectuales! No necesitan argumentos: les basta con repartir calificativos desde la cómoda superioridad moral que se atribuyen.
Pero aquí viene lo interesante: la inteligencia no se demuestra llamando ignorante al adversario, sino siendo capaz de debatir sus ideas sin insultarlo.
Si tienen argumentos, que los expongan. Si tienen evidencias, que las presenten. Y si lo único que tienen es una etiqueta, pueden guardársela: ya sabemos que, cuando faltan razones, sobran adjetivos.
Así que, queridos guardianes de la verdad absoluta, sigan llamándome ignorante si eso les produce satisfacción. Yo seguiré leyendo, investigando, preguntando y defendiendo mis convicciones.
Porque hay algo que no pienso confundir jamás: la discrepancia no es ignorancia, y el insulto no es conocimiento.
Y si además de llamarme ignorante creen que con eso me van a silenciar, permítanme una carcajada:
¡JA, JA, JA! ¡Qué poca imaginación para quienes presumen de tanta sabiduría!
La verdad qué me siento halagado, complacido, honrado y hasta satisfecho.
¿Por qué?
Porque recibir semejante “elogio” de alguien profundamente atrapado en una ideología donde el adversario político es tratado como enemigo, y donde el argumento muchas veces termina reemplazado por el insulto, tiene su gracia.
Si después de escuchar mis argumentos lo único que puede responder es “ignorante”, entonces quizá no está describiendo mi conocimiento: está confesando la pobreza de su propio argumento.
No necesito que un militante ideologizado me entregue un certificado de inteligencia. Prefiero pensar por cuenta propia, preguntar, contrastar y cuestionar, aunque eso incomode.
Así que, querido petrista, gracias por el reconocimiento.
Puedes seguir llamándome “ignorante”.
Cada vez que lo haces, me recuerdas que pensar diferente sigue siendo mucho más peligroso para una ideología que repetir consignas.

JRoU 
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Tildar de ignorante porque creén en Espinosa?...Qué cómodo resulta llamar ignorante a todo aquel que no se arrodilla ante la propia ideología. JRoU

Tengo conocidos,no amigos, aunque sí un día necesitan apoyó,estaremos presentes y sí hago negocios con ellos,por todo socialista democrata como sé catalogan quieren ser capitalistas y viven como tal.

Pero éste tema es.. Tildar de ignorante porque creén en Espinosa?...Qué cómodo resulta llamar ignorante a todo aquel que no se arrodilla ante la propia ideología. 

Salir de la ignorancia no significa repetir una ideología hasta convertirla en dogma. Significa aprender a pensar, contrastar argumentos, revisar los hechos y aceptar incluso aquello que contradice nuestras propias convicciones.
El conocimiento no se demuestra llamando ignorante al que piensa diferente; se demuestra con argumentos, evidencia y capacidad para debatir sin convertir el resentimiento social en una doctrina.
Si para defender una ideología necesitas descalificar al otro, quizá el problema no sea la ignorancia ajena, sino la falta de argumentos propios.
Hablar de “salir de la ignorancia” mientras se repite como loro el catecismo de una ideología no es precisamente una demostración de conocimiento: es cambiar la ignorancia por dogmatismo y llamarlo iluminación.
La verdadera educación enseña a cuestionar, investigar, contrastar y pensar con criterio propio. No convierte el resentimiento social en una brújula ni transforma al adversario político en enemigo.
Y hay algo todavía más curioso: quienes presumen tener el monopolio de la verdad suelen descubrir que cualquier pregunta incómoda es “ignorancia” y cualquier desacuerdo es “odio”. Qué conveniente: cuando faltan argumentos, siempre queda el comodín de descalificar al otro.
Así que sí: salgamos de la ignorancia. Pero todos. Incluidos quienes creen que pensar diferente es una enfermedad ideológica que debe ser corregida.
Porque la libertad de pensamiento no consiste en aprender a repetir mejor una doctrina; consiste precisamente en tener el valor de pensar por cuenta propia.
¡Ah, la famosa frase: “hay que salir de la ignorancia”! Qué maravilla de descubrimiento… especialmente cuando quien la pronuncia parece haber encontrado la iluminación después de memorizar un catecismo ideológico.
Porque, aparentemente, “pensar” significa coincidir conmigo; “informarse” significa consumir únicamente lo que confirma mi discurso; y “tener conciencia” significa repetir consignas hasta que parezcan argumentos.
Qué cómodo resulta llamar ignorante a todo aquel que no se arrodilla ante la propia ideología. Así no hay que investigar, contrastar datos ni responder preguntas incómodas. Basta con ponerle una etiqueta al contrario y asunto resuelto.
Pero la ignorancia no se cura cambiando de ideología. Se cura leyendo, investigando, contrastando, dudando y, sobre todo, teniendo la humildad de reconocer que uno puede estar equivocado.
Porque hay una diferencia enorme entre tener pensamiento crítico y tener un pensamiento previamente empaquetado.
Así que sí: ¡salgamos de la ignorancia! Pero hagámoslo todos. Algunos tendrán que empezar por apagar el megáfono ideológico y encender, aunque sea por cinco minutos, el pensamiento propio.
Eso sí sería educación. Lo demás es catecismo con pretensiones de intelectualidad.
JRoU 
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Tuesday, September 22, 2026

¡LOS NIÑOS NO SON LABORATORIO IDEOLÓGICO!. JRoU

¡LOS NIÑOS NO SON LABORATORIO IDEOLÓGICO!

Cuando los adultos se pelean por las ideologías, los niños necesitan que alguien recuerde que son niños
Hay algo que debería ser tan elemental que ni siquiera tendría que discutirse: los niños se respetan, se protegen y se educan; no se utilizan como munición en las guerras ideológicas de los adultos.
Pero parece que, en esta época de etiquetas, consignas y banderas para absolutamente todo, algunos descubrieron un nuevo territorio para librar sus batallas políticas: la mente de los menores.
Y ahí sí aparece la pregunta incómoda:
¿Dónde termina la educación y dónde comienza la imposición ideológica?
Porque una cosa es enseñar a respetar a cualquier persona, independientemente de sus condiciones, y otra muy diferente es pretender que una determinada corriente ideológica tenga vía libre para entrar en las aulas sin suficiente debate, transparencia, participación de las familias y criterios adecuados a la edad.
¡Qué curioso!
Algunos sectores políticos hablan permanentemente de libertad, diversidad y pensamiento crítico, pero cuando alguien cuestiona sus postulados, pareciera que el pensamiento crítico tiene horario de oficina y solo funciona de lunes a viernes.
Y entonces aparecen las etiquetas, las consignas y la vieja estrategia de convertir al contradictor en enemigo.
¡Qué democracia tan selectiva!
Respetar a una persona LGBT no obliga a convertir una determinada visión política o cultural en doctrina oficial. Defender los derechos de las personas no significa eliminar el derecho de los padres a participar responsablemente en la formación de sus hijos.
Y mucho menos significa que los niños deban convertirse en soldados de una batalla cultural que ellos no escogieron.
Aquí no se trata de perseguir banderas.
Se trata de poner una bandera mucho más importante por encima de todas: la protección de la infancia.
Porque si de verdad hablamos de libertad, entonces también debemos defender la libertad de pensar, preguntar, disentir y formar criterio.
Ni adoctrinamiento progresista.
Ni adoctrinamiento conservador.
Ni manipulación política.
Ni experimentos culturales con menores.
Los niños necesitan maestros que eduquen, padres que acompañen, instituciones que protejan y adultos que asuman su responsabilidad.
No necesitan que los conviertan en fichas de ajedrez de una guerra ideológica.
Y aquí va la pregunta que algunos prefieren esquivar:
¿Por qué cuando se pide prudencia, transparencia y protección de los menores, inmediatamente aparecen quienes gritan que se está atacando la diversidad?
Defender a los niños no es atacar a nadie.
Es recordar que los derechos de los menores no pueden convertirse en moneda de cambio de ninguna agenda política.
La infancia no es laboratorio.
La escuela no debe ser trinchera.
Y los niños no son propiedad de ninguna ideología.
¡Primero los niños! Después las banderas.
JRoU 
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Monday, September 21, 2026

¿Y USTED, DE QUÉ LADO ESTÁ? JRoU

¿Y USTED, DE QUÉ LADO ESTÁ?
Si usted le cree sin cuestionar a Levy Rincón, Mafe Carrascal, Arias, Mondragón, Escaf o Corcho; aplaude a Cepeda, venera a Coronell y celebra las coincidencias políticas con Samper, Santos y Cristo, entonces quizá el problema no sea solamente lo que piensa, sino quién está pensando por usted.
Porque una cosa es escuchar voces de izquierda, progresistas o de oposición —eso hace parte de una democracia— y otra muy distinta es convertirlas en dogma, repetir consignas como verdades reveladas y terminar viendo cualquier opinión diferente como una amenaza.
Ahí comienza el verdadero problema: cuando la ideología reemplaza el criterio propio.
No hace falta vivir en La Habana, Managua o Caracas para experimentar un pequeño exilio intelectual. Basta con encerrarse voluntariamente en una burbuja donde solamente se escucha aquello que confirma lo que ya se quiere creer.
La democracia no necesita ciudadanos que repitan libretos. Necesita ciudadanos capaces de escuchar a todos, contrastar, preguntar, investigar y, finalmente, sacar sus propias conclusiones.
Porque pensar diferente no es traición.
Y pensar por cuenta propia tampoco es delito.
JRoU 
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Saturday, September 19, 2026

EL NO QUE TERMINÓ CONVERTIDO EN UN SÍ. ¿Paz respaldada por las urnas o acuerdo impuesto después de que las urnas hablaron? JRoU

EL NO QUE TERMINÓ CONVERTIDO EN UN SÍ.

¿Paz respaldada por las urnas o acuerdo impuesto después de que las urnas hablaron?
Hay una pregunta que Colombia todavía tiene derecho a hacerse:
¿Qué ocurrió con el voto de los ciudadanos que el 2 de octubre de 2016 dijeron NO al Acuerdo de La Habana?
El resultado fue claro: la mayoría de los ciudadanos que participaron en aquel plebiscito rechazó el texto sometido a consideración popular.
Y entonces comenzó una de las mayores discusiones institucionales de la historia reciente de Colombia.
En lugar de abandonar el proceso, el Gobierno renegoció algunos aspectos del acuerdo, presentó un nuevo texto y posteriormente avanzó en su implementación mediante el Congreso y el mecanismo excepcional denominado Fast Track.
Ahí está el punto político que no puede ser borrado de la memoria nacional:
Los colombianos votaron NO al acuerdo que fue sometido al plebiscito. Sin embargo, el Estado terminó implementando un acuerdo modificado sin convocar nuevamente a los ciudadanos a las urnas para que aprobaran o rechazaran ese nuevo texto.
Para unos, aquello constituyó una salida constitucional e institucional frente a un resultado adverso. Para otros, significó desconocer el sentido político del mandato expresado en las urnas.
Y esa discusión sigue siendo legítima.
Porque una democracia no puede reducirse al acto de votar. También debe responder a una pregunta elemental:
¿Qué valor tiene la voluntad popular cuando el resultado no coincide con la voluntad del Gobierno?
Aquí aparece el Fast Track.
El mecanismo fue creado para acelerar la implementación normativa del acuerdo de paz. La Corte Constitucional estableció límites y condiciones para su utilización, y el Congreso aprobó numerosas normas derivadas del proceso de implementación.
Pero para millones de colombianos quedó una sensación política difícil de ignorar:
votaron NO y terminaron viviendo bajo las consecuencias jurídicas y políticas de un acuerdo que no habían aprobado en las urnas.
Eso merece debate, no silenciamiento.
Y hay otro asunto todavía más delicado.
La discusión sobre la justicia transicional no puede confundirse con afirmar que todos los integrantes de las FARC eran automáticamente responsables de crímenes de lesa humanidad, ni que esos crímenes fueron simplemente amnistiados. Jurídicamente, los crímenes de lesa humanidad y los crímenes de guerra graves tienen un tratamiento diferenciado y no son objeto de amnistía general.
Pero precisamente por tratarse de delitos de extrema gravedad, la pregunta sobre verdad, justicia, reparación y sanción efectiva para las víctimas debía ocupar el centro de cualquier acuerdo de paz.
La paz puede ser necesaria.
La desmovilización puede ser necesaria.
La negociación puede ser necesaria.
Pero ninguna de esas palabras puede convertirse en sinónimo de impunidad.
Porque una sociedad democrática tiene dos obligaciones simultáneas: buscar la paz y proteger los derechos de las víctimas.
La verdadera controversia histórica de La Habana no consiste simplemente en estar a favor o en contra de la paz.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿Hasta dónde puede llegar un Gobierno negociando en nombre de una nación cuando una mayoría de los ciudadanos rechaza en las urnas el texto que se les presenta?
Ese es el debate que Colombia todavía tiene pendiente.
No se trata de reescribir la historia.
Se trata de recordar que aquel 2 de octubre los ciudadanos hablaron.
Y cuando los ciudadanos hablan en las urnas, el poder político debería escuchar incluso cuando la respuesta no le gusta.
La paz no puede construirse contra las víctimas.
La democracia no puede construirse contra el voto ciudadano.
Y la justicia no puede convertirse en el precio de una negociación política.
En éste artículo 
, conservo un argumento político fuerte y verídico ,pero evito hacer dos afirmaciones jurídicamente vulnerables: que el acuerdo fue literalmente una amnistía para crímenes de lesa humanidad y que el Fast Track por sí mismo “legalizó” el acuerdo.
En la conciencia de los traidores queda la verdad..


JRoU

Friday, September 18, 2026

EL DELINCUENTE CONTRA EL RELOJ. Cuando la justicia se demora, el calendario termina haciendo el trabajo del juez. JRoU

EL DELINCUENTE CONTRA EL RELOJ.

Cuando la justicia se demora, el calendario termina haciendo el trabajo del juez.
En Colombia hay un nuevo deporte nacional: ganarle a la justicia por agotamiento.
No hace falta demostrar que eres inocente. A veces basta con esperar.
Esperar la audiencia.
Esperar el aplazamiento.
Esperar el trámite.
Esperar el recurso.
Esperar la congestión.
Y, finalmente, esperar que se venza el término.
¡Bingo!
Libertad por cuenta del calendario.
Y entonces aparecen las palabras de rigor: presunto, supuesto, señalado, investigado, disidente...
Aclaremos algo: “presunto” no significa culpable, y la presunción de inocencia es una garantía fundamental que debe respetarse. Nadie puede ser condenado por titulares de prensa, rumores o linchamientos políticos.
Pero tampoco podemos convertir esas garantías en una especie de escudo retórico para esconder la ineficiencia de un sistema judicial que muchas veces parece caminar con zapatos de plomo.
EL CRIMEN NO PUEDE VOLVERSE UN JUEGO DE PALABRAS
Hay algo que la sociedad debe tener absolutamente claro.
Una persona investigada por violación debe ser investigada por un delito de violación.
Una persona investigada por extorsión, por extorsión.
Una persona investigada por homicidio, por homicidio.
Una persona investigada por tortura, por tortura.
Una persona investigada por secuestro, por secuestro.
Una persona investigada por hurto, por hurto.
Lo que corresponde determinar judicialmente es si esa persona es responsable penalmente de esos hechos, no maquillar la naturaleza de la conducta investigada mediante eufemismos.
Pero tampoco puede invertirse la carga de la prueba diciendo que alguien es culpable “hasta que demuestre su inocencia”. En un Estado de Derecho ocurre precisamente lo contrario: corresponde a la acusación demostrar la responsabilidad penal y la persona procesada conserva la presunción de inocencia hasta una sentencia condenatoria.
Por eso el problema no está en utilizar correctamente términos jurídicos.
El problema aparece cuando el lenguaje termina sustituyendo a la justicia.
Porque presunto, supuesto o señalado no pueden convertirse en palabras mágicas que hagan desaparecer los hechos investigados.
Y “disidente” tampoco debería utilizarse automáticamente como sinónimo de inocente, víctima o actor político legítimo cuando existen investigaciones por conductas criminales concretas. La calificación jurídica debe depender de los hechos, las pruebas y las decisiones de las autoridades competentes.
¿DE QUÉ SIRVE CAPTURAR SI EL RELOJ TERMINA GANANDO?
El ciudadano ve algo que resulta difícil de explicar.
A la víctima le dicen:
“Tenga paciencia.”
Al investigador:
“Faltan trámites.”
Al fiscal:
“La agenda está llena.”
Al juez:
“Hay congestión.”
Y al procesado, cuando se vence el término:
“Puede retirarse.”
¡Qué maravilla!
El Estado puede tardar años para hacer justicia, pero aparentemente tiene un cronómetro perfectamente sincronizado para dejar que se cumplan los términos.
Y aquí aparece la verdadera tragedia: el vencimiento de términos puede terminar convertido en el trofeo de quien consiguió sobrevivir al proceso, mientras la víctima continúa esperando.
No debería ser así.
El vencimiento de términos existe para proteger al ciudadano frente al abuso del poder estatal. No para premiar la incapacidad institucional.
Por eso el debate serio no consiste en eliminar las garantías judiciales.
Consiste en preguntar:
¿Por qué la justicia colombiana no logra funcionar dentro de las reglas que ella misma debe cumplir?
Porque cuando el sistema falla repetidamente, la consecuencia no la paga solamente el Estado.
La paga la víctima.
La paga la sociedad.
La paga el policía que arriesgó la vida para capturar.
La paga el investigador que trabajó durante meses.
La paga el fiscal que construyó un expediente.
Y la paga, finalmente, la confianza ciudadana.
Porque llega un momento en que el ciudadano común mira todo esto y piensa:
“Entonces, ¿para qué capturan?”
Y esa pregunta debería estremecer a cualquier Estado que pretenda garantizar seguridad y justicia.
Una democracia seria no necesita jueces convertidos en verdugos ni fiscales sin controles.
Necesita algo mucho más sencillo:
investigaciones sólidas, jueces independientes, debido proceso, términos respetados y decisiones oportunas.
Si alguien es inocente, que la justicia lo establezca.
Si alguien es culpable, que responda conforme a la ley.
Pero que nadie termine libre simplemente porque el Estado perdió la carrera contra el reloj.
Porque cuando el delincuente descubre que el calendario puede ser su mejor abogado, algo está profundamente mal.
Y entonces ocurre lo impensable:
la justicia deja de perseguir al delito y el delito empieza a perseguir el vencimiento de términos.
¡EL RELOJ NO PUEDE CONVERTIRSE EN EL NUEVO ABOGADO DE LA IMPUNIDAD!
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José Rodrigo Umaña
He conservado la tesis central, pero corregí la frase “hasta que demuestren su inocencia” porque jurídicamente invertiría la carga de la prueba y debilitaría precisamente el argumento contra la impunidad.
JRoU

Thursday, September 17, 2026

COLOMBIA AL REVÉS: EL CRIMINAL DISPARA Y EL ESTADO SE EXPLICA. Mientras el ciudadano pone los muertos, algunos pretenden que el Estado pida permiso para defenderlo. JRoU

COLOMBIA AL REVÉS: EL CRIMINAL DISPARA Y EL ESTADO SE EXPLICA
Mientras el ciudadano pone los muertos, algunos pretenden que el Estado pida permiso para defenderlo

¡Despierten, señores!
En Colombia parece que inventamos una nueva fórmula de seguridad: el delincuente dispara, extorsiona, secuestra y asesina; mientras el Estado tiene que sentarse a explicar si puede responder.
¡Qué maravilla!
El criminal tiene fusil, explosivos, sicarios, rutas del narcotráfico, redes de extorsión y control territorial.
El Estado tiene Constitución, jueces, procedimientos, recursos, términos, competencias, tutelas, apelaciones y, si tiene suerte, un abogado que le explique por qué todavía no puede actuar.
Y mientras tanto, el ciudadano que se joda.
Porque esa es la Colombia que algunos parecen querer normalizar.
El campesino amenazado espera.
El comerciante extorsionado paga.
La familia desplazada huye.
El niño reclutado desaparece.
El policía recibe un ataque.
El soldado muere.
Y desde algún escritorio aparece la pregunta trascendental:
“¿Pero el operativo cumplió todos los requisitos?”
¡Claro que la ley debe cumplirse!
Pero hay una diferencia enorme entre controlar constitucionalmente al Estado y paralizar su capacidad legítima de defender a la población.
EL CRIMINAL NO LLEVA CÓDIGO PENAL EN EL BOLSILLO
Seamos serios.
El secuestrador no consulta la Constitución antes de secuestrar.
El extorsionista no presenta una solicitud respetuosa antes de cobrar la vacuna.
El narcotraficante no pregunta si puede transportar la cocaína.
El asesino no solicita autorización administrativa para apretar el gatillo.
El terrorista no manda un derecho de petición antes de poner una bomba.
Entonces resulta bastante curioso que el Estado democrático tenga que actuar como si estuviera enfrentando a un adversario que juega con las mismas reglas.
No las juega.
Nunca las jugó.
Y precisamente por eso existen las Fuerzas Militares y la Policía: para garantizar el orden constitucional, proteger a la población y enfrentar las amenazas dentro del marco jurídico.
PERO CUIDADO: UNIFORME NO SIGNIFICA CARTA BLANCA
Aquí también hay que hablar claro.
Que el Estado tenga derecho a combatir organizaciones armadas no significa que militares o policías puedan hacer lo que quieran.
No.
La Fuerza Pública está sometida a la Constitución y a la ley.
Los jueces tienen la obligación de controlar los abusos.
La Fiscalía debe investigar los delitos.
La Procuraduría debe ejercer sus competencias.
Y quien abuse de su autoridad debe responder.
Pero tampoco puede convertirse cada control judicial en una especie de chaleco antibalas institucional para las estructuras criminales.
Una cosa es controlar al Estado.
Otra, muy diferente, es desarmarlo jurídicamente mientras el delincuente conserva sus armas.
¿CORRUPCIÓN? ¿PREVARICATO? ¡PRUEBAS, SEÑORES!
Y aquí toca poner otro punto sobre la mesa.
Cuando alguien acusa a un juez de corrupción o prevaricato, que presente las pruebas y que las autoridades competentes investiguen.
Porque tampoco vamos a reemplazar el Estado de derecho por el Estado de la acusación en redes sociales.
Pero si existe una decisión judicial que restringe una operación militar, el ciudadano tiene todo el derecho a preguntar:
¿Cuál fue el fundamento?
¿Qué amenaza enfrentaba la población?
¿Qué derechos estaban en conflicto?
¿Qué consecuencias produjo la decisión?
¿Quién quedó protegido?
¿Y quién quedó expuesto?
Preguntar no es atacar la justicia.
Exigir transparencia es democracia.
LA NUEVA RELIGIÓN: TODO MENOS LA AUTORIDAD DEL ESTADO
Y aquí llegamos al terreno político.
Durante años, Colombia ha discutido diferentes modelos para enfrentar la violencia: operaciones militares, negociación, sometimiento, desmovilización, acuerdos de paz y diálogos con organizaciones armadas.
El gobierno de Juan Manuel Santos impulsó el proceso de paz con las FARC.
El gobierno de Gustavo Petro ha desarrollado la política denominada “Paz Total”, basada en negociaciones y diálogos con distintos actores armados.
Sus defensores sostienen que la negociación puede contribuir a reducir la violencia.
Sus críticos sostienen que determinadas concesiones pueden debilitar la autoridad estatal.
Eso se puede discutir.
Lo que no se puede hacer es convertir una posición política en una verdad revelada.
La paz se mide también por lo que ocurre en las calles, en las veredas y en los territorios.
Porque una cosa es negociar con quienes quieren abandonar las armas.
Y otra muy distinta es permitir que quienes continúan extorsionando, asesinando, secuestrando y traficando terminen convirtiéndose en poderes territoriales.
EL PROGRESISMO NO PUEDE SER UNA LICENCIA PARA OLVIDAR A LAS VÍCTIMAS
Desde sectores progresistas se ha insistido en que la seguridad debe abordarse desde los derechos humanos, la desigualdad, las causas sociales y la negociación.
Perfecto.
Pero hagamos una pregunta incómoda:
¿Y los derechos humanos de las víctimas?
¿Quién defiende al comerciante extorsionado?
¿Quién defiende al campesino desplazado?
¿Quién defiende al niño reclutado?
¿Quién defiende al policía asesinado?
¿Quién defiende al soldado emboscado?
Porque los derechos humanos no pueden convertirse en un concepto que funciona maravillosamente bien para analizar al Estado y misteriosamente desaparece cuando la víctima necesita protección.
COLOMBIA NO PUEDE SER EL ÚNICO PAÍS DONDE EL ESTADO TENGA MIEDO DE EJERCER SU AUTORIDAD
Una democracia necesita jueces independientes.
Necesita militares sometidos a la Constitución.
Necesita policías profesionales.
Necesita Fiscalía.
Necesita organismos de control.
Pero sobre todo necesita algo elemental:
que la ley tenga dientes.
Porque si cada vez que el Estado intenta recuperar un territorio aparecen obstáculos que terminan paralizando su capacidad operacional, mientras los grupos armados conservan sus fusiles, sus economías ilegales y su capacidad de intimidación, entonces estamos construyendo una paradoja monstruosa:
el ciudadano cumple la ley, el Estado explica la ley y el criminal aprovecha la ley.
Eso no es justicia.
Eso es una receta para que el miedo termine gobernando.
NO SE TRATA DE DARLE PODER ABSOLUTO AL ESTADO
Se trata de algo mucho más básico:
que el Estado pueda ejercer legítimamente el monopolio de la fuerza.
Con controles.
Con jueces.
Con Fiscalía.
Con derechos humanos.
Con debido proceso.
Pero también con autoridad.
Porque si la autoridad desaparece, alguien ocupa el espacio.
Y en Colombia ya sabemos quiénes están esperando esos espacios:
los narcotraficantes, los extorsionistas, los secuestradores, los asesinos y las estructuras armadas que convierten el miedo en negocio.
Entonces dejemos la hipocresía.
No hay democracia sin derechos.
Pero tampoco hay democracia efectiva cuando el ciudadano vive sometido por quienes tienen las armas.
COLOMBIA NO NECESITA UN ESTADO PARALIZADO
Necesitamos una justicia que controle.
Una Fuerza Pública que pueda actuar.
Un Gobierno que tenga una política clara de seguridad.
Un Congreso que legisle.
Una Fiscalía que investigue.
Y ciudadanos que no tengan que escoger entre pagar una extorsión o abandonar su tierra.
Porque la pregunta definitiva no debería ser:
“¿Cómo limitamos al Estado para que no se exceda?”
También deberíamos preguntar:
“¿Cómo garantizamos que el Estado tenga la capacidad de proteger al ciudadano frente al que sí decidió excederse?”
Porque mientras nosotros discutimos quién tiene competencia, quién firma, quién autoriza, quién tutela y quién apela...
el criminal no está haciendo seminarios de derecho constitucional.
Está avanzando.
Y si Colombia no recupera una autoridad democrática, legítima y eficaz, algún día podríamos descubrir demasiado tarde que el problema no era que el Estado tuviera demasiada fuerza.
El problema era que dejamos que el crimen tuviera demasiada.


JRoU 
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La seguridad no es de izquierda ni de derecha.
Es el derecho del ciudadano a vivir sin miedo.

Wednesday, September 16, 2026

DESPIERTEN! LA BATALLA CULTURAL NO SE GANA REPITIENDO CONSIGNAS.. JRoU

¡DESPIERTEN! LA BATALLA CULTURAL NO SE GANA REPITIENDO CONSIGNAS

¡Despierten, señores!
Nos vendieron la idea de que cuestionar una moda cultural era casi un delito. Que preguntar era sospechoso. Que disentir era intolerancia. Que pensar diferente merecía inmediatamente una etiqueta.
Y mientras unos se dedicaban a fabricar etiquetas, otros comenzaron a perder algo mucho más importante:
la capacidad de pensar por cuenta propia.
Bienvenidos a la nueva batalla cultural.
Una batalla donde algunos pretenden convertir cada discusión social en una guerra moral: si preguntas, eres retrógrado; si dudas, eres enemigo; si discrepas, eres intolerante.
¡Qué comodidad!
No hay que demostrar nada. Basta con ponerle una etiqueta al que pregunta y asunto arreglado.
Pero hay un pequeño problema:
la realidad no funciona con hashtags.
EL PROBLEMA NO ES QUE EXISTAN NUEVAS IDEAS
Toda sociedad cambia.
Cambian las costumbres, la tecnología, las relaciones sociales y las formas de entender determinados fenómenos.
El problema aparece cuando una corriente cultural pretende presentarse como la única moralmente autorizada para definir qué puede decirse, qué debe pensarse y qué preguntas son legítimas.
Ahí sí hay que prender las alarmas.
Porque una sociedad libre no puede funcionar bajo el principio:
“Usted puede pensar libremente, siempre y cuando piense exactamente como nosotros.”
Eso no es libertad.
Eso es libertad con asterisco.
¡NO MÁS BORREGOS!
Y aquí hay que decirlo sin maquillaje:
No necesitamos borregos de izquierda, pero tampoco borregos de derecha.
El ciudadano que repite automáticamente lo que dice su político favorito no está pensando.
Está haciendo eco.
El que comparte una publicación porque confirma lo que ya cree tampoco está investigando.
Está buscando aplausos.
Y el que convierte cualquier discusión en una pelea de trincheras termina siendo exactamente lo que dice combatir.
La verdadera rebeldía intelectual hoy consiste en algo mucho más sencillo:
leer antes de opinar, investigar antes de acusar y pensar antes de repetir.
¡Qué concepto tan revolucionario!
¿Y LOS NIÑOS?
Aquí la discusión se vuelve todavía más seria.
Los niños no deberían convertirse en munición de ninguna batalla ideológica.
Ni de la izquierda.
Ni de la derecha.
Ni del progresismo.
Ni del conservatismo.
La infancia merece protección, educación y acompañamiento responsable.
Y cuando aparecen debates sobre identidad, educación sexual, intervenciones médicas, contenidos escolares o políticas públicas dirigidas a menores, la discusión debe hacerse con evidencia, prudencia, participación familiar, conocimiento especializado y respeto por los derechos del niño.
No con consignas.
No con linchamientos digitales.
No con el famoso:
“Si usted pregunta, es porque es enemigo.”
¡Por favor!
Precisamente porque hablamos de niños hay que preguntar.
LA FAMILIA: ESA VIEJA INSTITUCIÓN QUE ALGUNOS DESCUBRIERON AYER
Hay otra palabra que parece haberse vuelto incómoda para determinados discursos:
familia.
Sí, esa institución imperfecta, humana y milenaria donde millones de personas han aprendido a amar, respetar, compartir, equivocarse, levantarse y asumir responsabilidades.
Defender la importancia de la familia no significa negar la existencia de otras realidades familiares.
Significa reconocer que la formación de un niño no puede convertirse exclusivamente en asunto burocrático, estatal o ideológico.
Los padres tienen responsabilidades.
El Estado tiene responsabilidades.
La escuela tiene responsabilidades.
Y ninguna de esas responsabilidades debería utilizarse como excusa para borrar a las otras.
LA NUEVA RELIGIÓN DE LAS ETIQUETAS
Antes preguntábamos:
¿Cuál es el argumento?
Ahora algunos preguntan:
¿De qué lado está usted?
Antes discutíamos ideas.
Ahora clasificamos personas.
Antes buscábamos evidencia.
Ahora buscamos capturas de pantalla.
Antes leíamos libros.
Ahora pretendemos resolver la filosofía política de Occidente con un video de 27 segundos.
Y después nos preguntamos por qué estamos tan polarizados.
¡Pues ahí está la respuesta!
LA RESPUESTA NO PUEDE SER OTRO EXTREMISMO
Aquí está la parte que muchos no quieren escuchar.
Si queremos enfrentar una corriente cultural que consideramos equivocada, no podemos convertirnos en una copia invertida de aquello que criticamos.
Si defendemos la libertad de expresión, hay que defenderla también cuando habla alguien que nos incomoda.
Si defendemos el pensamiento crítico, tenemos que aplicarlo a nuestras propias creencias.
Si rechazamos la propaganda, debemos rechazar también la propaganda que confirma nuestras preferencias.
Y si hablamos de verdad, tenemos que aceptar los datos aunque no nos gusten.
Eso sí sería una verdadera batalla cultural.
¡BASTA DE DECIR SOLAMENTE “NO”!
Aquí está el gran fracaso de muchas respuestas conservadoras o tradicionales.
Se pasan la vida diciendo:
No al progresismo.
No al woke.
No a esto.
No a aquello.
¿Y después qué?
Silencio.
Porque destruir una idea es relativamente fácil.
Construir una alternativa requiere cerebro, trabajo y disciplina.
Por eso necesitamos decir:
Sí a la libertad.
Sí a la responsabilidad.
Sí a la ciencia.
Sí a la educación exigente.
Sí a la familia como espacio fundamental de formación.
Sí al mérito.
Sí al esfuerzo.
Sí a la igualdad ante la ley.
Sí al pensamiento crítico.
Sí a la democracia.
Sí al respeto por quien piensa diferente.
Eso sí es una propuesta.
RENCAUZAR NO ES VOLVER AL PASADO
Rencauzar no significa devolver el reloj.
Significa evitar que, en nombre de una supuesta modernidad, terminemos perdiendo aquello que hace posible una sociedad libre.
Podemos utilizar inteligencia artificial sin dejar que una máquina piense por nosotros.
Podemos modernizar la educación sin abandonar los libros, la lectura y la escritura.
Podemos defender derechos individuales sin convertirlos en una licencia para ignorar responsabilidades.
Podemos reconocer diferencias sin convertir cada diferencia en una guerra.
Podemos avanzar sin perder el norte.
Eso es rencauzar.
LA BATALLA REAL ESTÁ EN LA CABEZA
La izquierda entendió hace tiempo algo que buena parte de sus adversarios todavía no comprende:
las sociedades primero cambian sus ideas y después cambian sus instituciones.
Por eso la respuesta no puede limitarse a una elección.
Hay que recuperar la cultura.
La conversación.
La educación.
Los medios.
La lectura.
La formación de los jóvenes.
La capacidad de argumentar.
La dignidad de disentir.
Y sobre todo, hay que recuperar una palabra que parece haberse perdido:
criterio.
Porque quien tiene criterio no necesita que un político le diga qué pensar.
Ni un influencer.
Ni un partido.
Ni un algoritmo.
Ni una tribu digital.
EL GRAN DESAFÍO
La verdadera batalla cultural no consiste en destruir al que piensa diferente.
Consiste en demostrar que una sociedad puede ser moderna sin ser esclava de las modas; libre sin ser irresponsable; diversa sin ser fragmentada; tecnológica sin deshumanizarse; y democrática sin convertir al adversario en enemigo.
Por eso, desde Conversando en Blanco o Negro, la pregunta seguirá siendo incómoda:
¿Estamos formando ciudadanos capaces de pensar o simplemente consumidores de consignas?
Porque si dejamos que otros piensen por nosotros, después no podremos quejarnos cuando otros decidan por nosotros.
Y aquí no se trata de escoger entre una tribu y otra.
Se trata de recuperar algo mucho más básico:
la capacidad humana de pensar, cuestionar y decidir.
RENCAUZAR LA HUMANIDAD
No desde el odio.
No desde la censura.
No desde otra fábrica de dogmas.
Desde la verdad, la libertad, la responsabilidad, la educación, la familia, el mérito, el respeto y el pensamiento crítico.
Porque una sociedad que abandona sus principios queda a merced de quien controle el relato.
Y una sociedad que entrega su pensamiento...
termina entregando también su libertad.
JRoU 
CONVERSANDO EN BLANCO O NEGRO ®©
Actualidad sin filtros.
Sin teleprompter.
Sin miedo a preguntar.

Tuesday, September 15, 2026

Si a usted sus Hijos o nietos no le importan..usted es parte de éste crímen...¡CON NUESTROS NIÑOS NO SE JUEGA! JRoU

Si a usted sus Hijos o nietos no le importan..usted es parte de éste crímen...

¡CON NUESTROS NIÑOS NO SE JUEGA!

¡Despierten, señores! Porque mientras algunos siguen entretenidos con las peleas de Twitter, el progresismo intenta convertir sus batallas ideológicas en políticas de Estado.
Ahora resulta que el woke progresista, socialista y sorista quiere presentarse como el gran salvador de la humanidad: ellos deciden qué debemos pensar, qué debemos decir, cómo debemos educar y, aparentemente, hasta cómo debemos entender la identidad de nuestros propios hijos.
¡Qué maravilla de democracia!
Según esta nueva religión política, cuestionar sus dogmas es ser retrógrado; pedir evidencia científica es ser enemigo del progreso; defender el papel de los padres es ser fundamentalista y preguntar por las consecuencias de determinadas intervenciones médicas en menores es, simplemente, imperdonable.
¡No jodamos!
Una cosa es respetar a cada persona y combatir cualquier forma de discriminación. Eso es elemental.
Otra muy diferente es pretender que una determinada corriente ideológica tenga patente de corso para imponer su visión desde las instituciones educativas, culturales y estatales.
Y aquí hay una frontera que debería ser sagrada:
LOS NIÑOS NO SON MATERIAL DE EXPERIMENTO IDEOLÓGICO.
Si se habla de tratamientos hormonales, bloqueadores, transición de sexo o procedimientos médicos relacionados con menores, la discusión tiene que ser seria, científica, médica, jurídica y transparente.
No puede resolverse a punta de consignas.
Mucho menos desde un despacho político.
Y mucho menos bajo la lógica de: “si usted pregunta, usted es fascista; si usted discrepa, usted odia; y si usted defiende a los padres, usted pertenece a la Edad Media”.
Ese es precisamente el problema del fanatismo ideológico: termina creyendo que tiene el monopolio de la verdad.
El gobierno Petro debería entender que gobernar no significa convertir al Estado en laboratorio de ingeniería social.
Colombia necesita seguridad, educación, empleo, salud, infraestructura, justicia y oportunidades para sus jóvenes.
Pero el progresismo parece tener una habilidad extraordinaria para convertir cada discusión social en una guerra cultural.
Mientras el país enfrenta criminalidad, extorsión, narcotráfico, corrupción y enormes problemas institucionales, algunos parecen empeñados en decirle a la sociedad cómo debe pensar sobre sexo, identidad, lenguaje y cultura.
¡Primero arreglemos el país y después nos inventamos otra revolución cultural!
Y que quede claro: defender a los niños no significa perseguir a nadie.
Significa exigir prudencia.
Significa respetar a las familias.
Significa escuchar a médicos, psicólogos, juristas y científicos.
Significa garantizar que cualquier decisión médica que pueda tener consecuencias permanentes sea tomada con los máximos estándares de protección, información y consentimiento que correspondan a la edad y situación del menor.
Porque hay algo que el fanatismo político parece olvidar:
un niño no vota, no legisla y no debería cargar sobre sus hombros las guerras culturales de los adultos.
La política puede cambiar.
Los gobiernos pueden cambiar.
Las ideologías pueden pasar de moda.
Pero algunas decisiones sobre el cuerpo y la vida de una persona pueden tener consecuencias que no se borran con un decreto ni con un trino presidencial.
Por eso la discusión debe ser frontal:
¡Con nuestros niños no se juega!
Ni desde la derecha.
Ni desde la izquierda.
Ni desde el progresismo woke.
Ni desde ningún laboratorio ideológico.
La infancia merece protección, educación, ciencia, familia y sentido común.
Y si alguien pretende llamar “progreso” a eliminar el debate, silenciar las preguntas y convertir una ideología en política oficial, entonces habrá que decirlo sin maquillaje:
eso no es progreso. Es dogmatismo con corbata institucional.
Colombia no necesita gobiernos que quieran fabricar ciudadanos a imagen de una ideología.
Necesita un Estado que proteja la libertad, respete a las familias, escuche la ciencia y, por encima de todo, proteja a sus niños.
La infancia no es el tablero de ajedrez de ninguna revolución política.


JRoU 
Ministerio de Justicia y del Derecho

Monday, September 14, 2026

PEONES DE UNA NARRATIVA. Inducir el odio y fabricar esperanzas: la vieja fórmula de la propaganda progresista política.Hay discursos políticos que no buscan convencer: buscan emocionar, dividir y mantener al ciudadano atrapado entre el miedo y la esperanza. JRoU

¡DESPIERTEN, SEÑORES!

El problema no es el tablero: es quién les está moviendo las fichas.
Mientras unos se matan a madrazos en redes defendiendo a Petro, a Cepeda, a Santos o atacando al que piensa diferente, los verdaderos jugadores siguen sentados frente al tablero, tomando decisiones mientras los peones se dan garrote entre ellos.
¡Qué negocio tan berraco!
Al ciudadano le tiran una consigna, le fabrican un enemigo y le venden una esperanza.
Y ahí va el pobre peón, feliz, creyendo que está haciendo revolución porque insultó al vecino en Facebook.
¡No joda! Eso no es pensamiento crítico. Eso es obediencia con internet.
EL TABLERO ESTÁ SERVIDO
Miremos la partida sin maquillaje.
Santos, Petro y Cepeda pertenecen a momentos distintos de una misma evolución del poder político colombiano, con relaciones, alianzas, coincidencias y continuidades que merecen ser examinadas sin el cuento infantil de que cada gobierno empezó de cero.
Y alrededor de ese proceso también aparecen influencias culturales internacionales que sus críticos asocian con el wokismo, particularmente en determinadas batallas identitarias y culturales.
No hace falta inventarse una reunión secreta en un sótano.
La política no necesita conspiraciones cuando existen alianzas, coincidencias, intereses y votos.
Ese es precisamente el punto que algunos prefieren no discutir.

Y AQUÍ VIENE LO BUENO...
La fórmula es vieja:
Primero: encuentre un enemigo.
Segundo: échele la culpa de todo.
Tercero: despierte el resentimiento.
Cuarto: repita el mensaje hasta el cansancio.
Quinto: prometa que usted será el salvador.
Y sexto: cuando las cosas salgan mal...
¡CULPE A OTRO!
¿Les suena?
A mí sí.
Y mucho.
Por eso la referencia a Goebbels no significa decir que estamos ante el nazismo. Significa advertir sobre el uso político de mecanismos propagandísticos conocidos: repetición, simplificación, emocionalidad y construcción permanente de enemigos.
Hoy no necesitan una radio estatal.
Tienen TikTok, X, Facebook, Instagram, bodegas digitales, influencers y miles de repetidores voluntarios.
La propaganda se modernizó.
El borrego también.
PEONES, ALFILES, TORRES Y REYES
En este tablero:
♟️ El ciudadano es el peón, cuando renuncia a pensar y solamente repite.
♝ El ideólogo es el alfil, porque atraviesa la discusión por diagonales que muchos ni siquiera ven.
♜ La estructura política es la torre, firme, organizada y esperando el momento de avanzar.
♛ El poder es la reina, capaz de moverse prácticamente en cualquier dirección.
♚ Y el rey... bueno, el rey casi nunca se ensucia las manos.
Lo verdaderamente absurdo es ver a los peones peleando por el rey.
¡Hasta se agarran entre ellos para defender a un político que ni siquiera sabe que existen!
Ese es el gran truco.
Convertir al ciudadano en hincha.
Que no analice.
Que no pregunte.
Que no compare.
Que no recuerde.
Que simplemente repita.
¿Y COLOMBIA QUÉ?
Mientras el país discute quién es más revolucionario, quién es más fascista, quién es más comunista y quién es más “woke”...
la inseguridad no lee hashtags.
El desempleo no vota tweets.
La corrupción no se acaba con discursos.
Los hospitales no funcionan con propaganda.
Las carreteras no se construyen con resentimiento.
Y la pobreza no desaparece porque un político grite más duro que el otro.
Entonces hagamos algo revolucionario:
PENSEMOS.
Preguntemos.
Investiguemos.
Comparemos resultados.
Revisemos alianzas.
Miremos quién votó qué.
Recordemos quién dijo qué.
Y, sobre todo, dejemos de creer que todo dirigente que promete salvarnos merece nuestra obediencia.
Porque el día en que el ciudadano descubra que puede pensar sin permiso...
se les dañó el negocio.
Y cuando el peón entiende el tablero, deja de obedecer movimientos ajenos.
Ahí comienza la verdadera democracia.
JRoU