Thursday, February 19, 2026

Es coherente el censo electoral colombiano? Un examen técnico sin filtros. Registraduría dice que 41,2 millones de colombianos pueden votar. JRoU


Cuando la aritmética entra al debate público, las emociones suelen ir un paso adelante de los datos. La cifra de aproximadamente 43 millones de ciudadanos habilitados para votar frente a una población total cercana a 53 millones ha despertado sospechas y cuestionamientos. ¿Es matemáticamente imposible? ¿Es estadísticamente anómalo? ¿O es el resultado de transformaciones demográficas acumuladas durante dos décadas? Este artículo examina la cuestión con herramientas demográficas y estadísticas, no con consignas.
Las cifras ameritan vigilancia técnica, pero la matemática por sí sola no condena el sistema; exige evidencia adicional.  

1. El punto de partida: la proporción adulta

Si se divide el número de habilitados para votar (≈43 millones) por la población total estimada (≈53 millones), el resultado es cercano al 81%. Esto implicaría que alrededor del 81% de la población sería mayor de 18 años.

A primera vista, el porcentaje parece elevado. Sin embargo, Colombia atraviesa una transición demográfica avanzada: la tasa de natalidad ha caído de forma sostenida durante más de veinte años y la esperanza de vida ha aumentado. Menos nacimientos implican menor proporción de menores en el total poblacional.

Proyecciones recientes sitúan a los menores de 18 años entre el 22% y el 28% de la población. En escenarios de envejecimiento acelerado, el porcentaje de adultos puede acercarse al 78–81%. Es decir, la cifra nacional se ubica en el rango alto, pero no fuera de los márgenes demográficos plausibles.


2. Crecimiento histórico del censo electoral

Un segundo criterio clave es la evolución en el tiempo. Desde 2002, el censo electoral colombiano ha crecido de manera progresiva:

  • 2002: ~24 millones
  • 2010: ~30 millones
  • 2018: ~36 millones
  • 2022: ~39 millones
  • 2026 (estimado): ~42–43 millones

El incremento promedio anual ronda los 750.000–800.000 nuevos habilitados. Esta cifra es coherente con el número de jóvenes que cumplen 18 años cada año, más actualizaciones administrativas y registros en el exterior.

No se observan saltos abruptos o rupturas discontinuas que, por sí solos, sugieran alteraciones estructurales. La tendencia es progresiva y consistente con la dinámica demográfica.


3. El factor fallecimientos

Colombia registra aproximadamente 250.000–280.000 muertes por año. Si existiera un rezago administrativo del 5–10% en la depuración del censo electoral, el efecto acumulado en una década sería del orden de cientos de miles de registros, no de millones.

Es un fenómeno administrativo posible, pero cuantitativamente limitado. Por sí solo no explica diferencias estructurales amplias.


4. Migración y derecho al voto

La migración venezolana reciente ha estado compuesta mayoritariamente por adultos jóvenes. Esto puede modificar la estructura etaria nacional, aumentando la proporción de adultos en el país.

Sin embargo, residencia no equivale a derecho al voto. Para participar en elecciones nacionales se requiere nacionalidad colombiana y cédula de ciudadanía. La nacionalización es un proceso jurídico individual, documentado y trazable. No existen evidencias públicas de naturalizaciones masivas en magnitudes capaces de alterar de forma estructural el censo electoral.


5. El análisis regional: donde realmente se detectan anomalías

La evaluación rigurosa no se limita a una cifra nacional agregada. Se analiza por departamento mediante el índice:

Índice = Censo electoral / Población total

En estadística, los valores atípicos se identifican cuando superan rangos normales (por ejemplo, más de dos desviaciones estándar respecto a la media nacional).

Variaciones del orden de ±5% suelen explicarse por movilidad interna, inscripción histórica o diferencias etarias regionales. Solo índices superiores al 85% sostenidos en el tiempo, concentrados en regiones específicas y acompañados de crecimientos electorales muy superiores al crecimiento poblacional, ameritarían una auditoría técnica detallada.

Sin esa combinación de factores, la variación porcentual aislada no constituye evidencia concluyente.


6. Qué sí exige la matemática

La estadística no absuelve ni condena por intuición. Exige patrones verificables, consistencia histórica y documentación. Un porcentaje alto puede ser llamativo; no es, por sí mismo, prueba de manipulación.

La carga probatoria en cualquier sistema democrático serio requiere:

  1. Evidencia documental específica.
  2. Patrones regionales persistentes.
  3. Inconsistencias sostenidas en el tiempo.

Sin estos elementos combinados, el análisis aritmético aislado resulta insuficiente.


Conclusión

La vigilancia ciudadana es saludable en una democracia. La sospecha automática no lo es. El 81% de adultos en el agregado nacional es una cifra exigente que merece revisión técnica permanente, pero no es una imposibilidad matemática ni una prueba automática de alteración estructural.

La discusión pública mejora cuando los datos preceden a las conclusiones. Si existen irregularidades, deben demostrarse con expedientes y auditorías verificables. Si no existen, la responsabilidad cívica exige reconocerlo.

La matemática no milita en bandos: simplemente exige coherencia. Y hasta donde alcanzan los modelos demográficos y el análisis estadístico disponible, la coherencia general del sistema no queda desvirtuada por la cifra agregada.


JRoU 

Monday, February 16, 2026

LA PERSONA EN EL CENTRO DE LA POLÍTICADignidad, comunidad y soberanía democrática. Por José Gregorio Pinto (Chileno)

 

LA PERSONA EN EL CENTRO DE LA POLÍTICA

Dignidad, comunidad y soberanía democrática

No todo poder se ejerce de manera visible. Existen formas más discretas y persistentes, que no se imponen por la fuerza ni buscan adhesión explícita, sino que se presentan como inevitables. Cuando la política se transforma en mera gestión técnica, el debate ciudadano se debilita y la persona corre el riesgo de quedar relegada a un segundo plano. Este fenómeno, cada vez más extendido, interpela directamente a quienes creemos que la dignidad humana y la soberanía democrática deben seguir siendo el centro de la vida pública.

Desde la visión de CxCh, la cuestión de fondo no es la cooperación internacional ni la necesidad de políticas públicas eficaces, sino el riesgo de que estas se formulen y apliquen desconociendo la centralidad de la persona y la soberanía democrática de las comunidades. Cuando un modelo deja de ser discutido y pasa a administrarse como un dato técnico, se debilita el principio básico de toda sociedad libre: que las decisiones colectivas deben emanar del diálogo cívico y no de consensos impuestos desde fuera de la comunidad política.

Toda política pública descansa sobre una determinada concepción del ser humano. No existen proyectos neutros. Cuando la acción pública se estructura principalmente en torno a indicadores, estándares y metas cuantificables, el peligro es evidente: la persona corre el riesgo de ser reducida a objeto de gestión. La pobreza se mide, la educación se estandariza, la salud se optimiza, las conductas se orientan. Sin embargo, no todo lo que importa puede ser reducido a cifras ni a modelos abstractos.

Este enfoque tiende a sustituir la política por la gestión. Las decisiones dejan de surgir del debate democrático y de la experiencia concreta de las familias, barrios y comunidades intermedias, para ser definidas por expertos y organismos alejados de la realidad cotidiana. El ciudadano no desaparece, pero su rol se transforma: deja de ser protagonista del bien común y pasa a ser receptor pasivo de políticas diseñadas sin su participación efectiva.

La tradición republicana y comunitaria que inspira a CxCh concibe la política como una tarea de personas libres y responsables, llamadas a deliberar sobre su destino común. El desacuerdo no es una amenaza, sino una expresión legítima de la vida democrática. El conflicto razonado no debilita a la sociedad: la fortalece, porque reconoce la pluralidad y el valor de la responsabilidad cívica.

Cuando la eficiencia técnica se erige como criterio exclusivo, el disenso se vuelve incómodo y tiende a ser neutralizado. Lo que no encaja en el modelo es tratado como un problema a corregir, no como una voz que debe ser escuchada. Así, el poder se desplaza silenciosamente desde las comunidades hacia estructuras que no rinden cuentas directas a los ciudadanos, debilitando la soberanía democrática.

Desde la perspectiva de CxCh, recuperar la centralidad de la persona exige reafirmar la dignidad humana como principio rector de la vida pública, fortalecer las comunidades intermedias y restituir una subsidiariedad real, en la que el Estado y la técnica estén efectivamente al servicio de las personas. La gestión y la experticia son herramientas necesarias, pero no pueden reemplazar al juicio moral, al debate político ni a la participación ciudadana.

Reafirmar la política como espacio de deliberación democrática no es un retroceso, sino una condición del progreso auténtico. Cuando la política se reduce a administración, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en usuario y la comunidad en mera destinataria de decisiones ajenas. Volver a poner a la persona en el centro implica recuperar la responsabilidad compartida de decidir, desde la dignidad y el bien común, el modo en que queremos vivir juntos.

José Gregorio Pinto 

Abogado, Fundador de la fundación ciudadanos por Chile

Se perdió el valor de la ética o se rindió la sociedad ante la honestidad. JRoU

Una pregunta profunda,ven una sociedad que no razona y se amarra a su zona dé confort, y no tiene una sola respuesta.
Más que haberse “perdido” la ética, lo que parece haberse debilitado es el consenso social sobre qué es lo correcto y qué no lo es. La ética no desaparece —porque es una dimensión inherente a toda convivencia humana—, pero sí puede relativizarse, instrumentalizarse o subordinarse al poder, al éxito o a la conveniencia.
Podríamos mirarlo desde tres ángulos:
1. No se perdió la ética, se fragmentó
Vivimos en una época de pluralismo extremo. Ya no hay un marco moral común fuerte (religioso, cultural o institucional) que ordene la vida pública. Eso genera libertad, pero también confusión. Cuando todo es opinable, incluso la verdad, la ética se vuelve negociable.
2. La honestidad dejó de ser rentable
En muchos contextos —políticos, empresariales o incluso sociales— parece que la integridad no siempre es premiada. Si el sistema recompensa la astucia sin escrúpulos más que la rectitud, se produce una erosión cultural: la sociedad no deja de creer en la honestidad, pero empieza a dudar de su eficacia.
3. Se normalizó el pragmatismo moral
Se ha extendido la idea de que “el fin justifica los medios” en distintos sectores ideológicos. Cuando el poder, la narrativa o el éxito se convierten en el objetivo supremo, la ética pasa a ser un obstáculo y no una guía.
Sin embargo, también hay otra lectura:
Cada vez que una sociedad percibe decadencia ética, surgen movimientos de renovación moral. Ha ocurrido en distintas épocas históricas. La crisis ética suele ser el preludio de una reconfiguración de valores.
Quizá la pregunta no sea si la sociedad se rindió, sino si está en un momento de transición moral, donde viejos códigos se cuestionan y nuevos aún no se consolidan.
La reflexión:
¿Se Percibe esta crisis más en la política, en la cultura, en la familia o en el individuo? Según dónde pongamos el foco, cambia el diagnóstico.

JRoU 

Sunday, February 15, 2026

La nueva hegemonía moral: poder sin ética..La trampa política basada en la doctrina Goebelista que rompe la ética y empodera todo medio que logré el poder. JRoU

La nueva hegemonía moral: poder sin ética.
El progresismo contemporáneo —en su versión globalizada y militante— no se presenta como una simple corriente política, sino como una autoridad moral incuestionable. No debate: sentencia. No persuade: etiqueta. No confronta ideas: cancela al disidente.
Bajo la bandera de la inclusión, la diversidad y la justicia social, se ha instalado una maquinaria cultural que muchos perciben como una forma sofisticada de ingeniería social. No necesita uniformes ni botas; opera desde el lenguaje, la academia, los organismos internacionales, los medios y las plataformas digitales. Su campo de batalla no es el territorio, sino la conciencia.
El método es claro:
Redefinir el lenguaje hasta que las palabras pierdan su significado original.
Imponer marcos morales binarios, donde quien discrepa es automáticamente retrógrado o peligroso.
Convertir la emoción en argumento y la indignación en política pública.
Deslegitimar toda crítica presentándola como odio o ignorancia.
Cuando la política se transforma en cruzada cultural, la ética deja de ser límite y se convierte en instrumento. El fin —la “transformación social”— justifica la presión simbólica, la censura indirecta y la estigmatización sistemática.
La paradoja es evidente: en nombre de la tolerancia, se reduce el espacio para disentir; en nombre de la libertad, se condiciona el pensamiento; en nombre del progreso, se impone una ortodoxia.
La historia enseña que toda ideología que se considera moralmente superior y se siente llamada a “reeducar” a la sociedad corre el riesgo de repetir los patrones que dice combatir. No importa el color político: cuando el poder se convierte en misión redentora, la pluralidad estorba.
La pregunta de fondo no es si una agenda es progresista o conservadora.
La pregunta es otra: ¿quién vigila al redentor cuando el redentor se arroga el derecho de moldear la conciencia colectiva?
Porque cuando la política deja de competir en ideas y comienza a moldear identidades, el debate muere y nace la hegemonía.
Y ninguna hegemonía —por muy virtuosa que se autoproclame— es inocente.

JRoU 

Saturday, February 14, 2026

Decadencia y Renovación del Orden Moral: Una Lectura Histórica y Filosófica. JRoU


La crisis del horizonte moral y la urgencia de su restauración

Los principios morales básicos —respeto, justicia, responsabilidad, honestidad, libertad y solidaridad— no son construcciones arbitrarias ni simples acuerdos culturales transitorios. Constituyen fundamentos normativos que han permitido la consolidación de comunidades políticas estables, sistemas jurídicos coherentes y formas de convivencia pacífica a lo largo de la historia.
Cuando estos principios se debilitan, no solo se transforma la conducta individual: se altera la arquitectura misma de la civilización.
La pregunta central no es meramente cuándo se erosionó el horizonte moral, sino por qué y bajo qué condiciones es posible su restauración.
El debilitamiento contemporáneo de los principios morales universales no constituye un fenómeno aislado, sino un patrón históricamente observable en procesos de decadencia civilizatoria. Este ensayo sostiene que la erosión de fundamentos éticos —verdad, justicia, responsabilidad, respeto y solidaridad— precede a la fragilización institucional y política. A partir de un análisis comparativo entre distintas civilizaciones (Roma, la Cristiandad medieval, la Ilustración moderna y experiencias de reforma histórica), se argumenta que toda regeneración social exige una restauración del orden moral como condición previa de estabilidad duradera.
I. Marco conceptual: moral como estructura civilizatoria
Aristóteles afirmó que la polis existe no solo para vivir, sino para vivir bien (Política, I, 1252b). La ética, por tanto, no es un complemento ornamental de la vida pública; es su fundamento estructural. Sin virtud, la comunidad degenera en mera agregación de intereses.
Tomás de Aquino desarrolló esta idea al señalar que la ley humana pierde legitimidad cuando contradice la ley moral natural (Summa Theologiae, I-II, q. 95, a. 2). Es decir, el derecho positivo depende de un orden moral previo.
Kant, en la modernidad, reafirmó la universalidad moral al establecer que la dignidad humana impide tratar al otro como medio y no como fin (Fundamentación de la metafísica de las costumbres, 1785).
En estas tradiciones diversas subyace una tesis común:
la moral no es construcción arbitraria, sino condición de posibilidad de la civilización.
II. Decadencia: el patrón histórico
1. Roma: corrupción interna antes que invasión externa
Edward Gibbon sostuvo que la caída de Roma no se debió exclusivamente a las invasiones bárbaras, sino a la pérdida progresiva de virtud cívica (The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, 1776). El debilitamiento del sentido del deber, la corrupción política y la erosión de la disciplina militar precedieron al colapso.
La prosperidad material no compensó la decadencia moral. Cuando la ciudadanía dejó de sostener la república con virtud, el imperio se sostuvo únicamente por fuerza —hasta que la fuerza no bastó.
2. La crisis de la Cristiandad medieval
Las reformas del siglo XI (Reforma Gregoriana) y posteriormente la Reforma protestante evidenciaron que la corrupción moral interna —nepotismo, simonía, abusos de poder— exigía renovación espiritual antes que reconfiguración política. La crisis no fue meramente doctrinal; fue ética.
Donde hubo reforma auténtica, hubo revitalización institucional. Donde persistió la corrupción, sobrevino fragmentación.
3. La Ilustración y el proyecto moderno
La modernidad no rechazó la moral; la reconfiguró sobre bases racionales universales. Sin embargo, cuando el proyecto ilustrado degeneró en relativismo o utilitarismo radical, surgieron formas de poder que instrumentalizaron al individuo en nombre del progreso.
El siglo XX mostró con crudeza que la técnica sin ética produce sistemas eficientes pero inhumanos.
III. El momento contemporáneo: síntomas de erosión
El presente exhibe signos convergentes con ciclos históricos de decadencia:
Normalización de la corrupción como práctica tolerable.
Disolución del deber en favor del derecho absoluto.
Desconfianza estructural hacia instituciones.
Fragmentación del consenso moral básico.
Reducción de la verdad a narrativa.
Cuando la verdad se vuelve negociable, la justicia se vuelve selectiva.
Cuando la justicia se vuelve selectiva, la legitimidad se erosiona.
Cuando la legitimidad se erosiona, la estabilidad se vuelve precaria.
La historia demuestra que ninguna arquitectura institucional resiste indefinidamente la corrosión ética.
IV. Renovación: el otro patrón histórico
Sin embargo, la historia no es solo decadencia; también es reforma.
1. La reforma monástica medieval
En tiempos de corrupción generalizada, comunidades pequeñas decidieron restaurar disciplina, trabajo y vida virtuosa. Desde esos núcleos surgió renovación cultural y educativa.
2. El renacimiento republicano
Tras periodos de crisis, diversas naciones reconstruyeron sus instituciones sobre principios constitucionales reafirmados, demostrando que la regeneración moral precede a la estabilidad política.
3. Reconstrucción tras guerras mundiales
Europa no se reconstruyó únicamente con recursos económicos, sino con consenso ético renovado sobre dignidad humana y derechos fundamentales.
En cada caso, la constante fue clara:
la recuperación no comenzó con riqueza, sino con convicción moral.
V. Condición ineludible: restaurar el carácter
No existe reforma estructural sostenible sin reforma del carácter.
No existe libertad duradera sin responsabilidad interior.
No existe justicia estable sin verdad compartida.
La educación, la familia y el liderazgo público son vectores insustituibles en la transmisión de principios. Cuando estos abdican, el vacío lo ocupa el oportunismo.
Conclusión comparativa: la lección irreversible
Roma enseña que la decadencia moral precede al colapso político.
La Reforma enseña que la autocrítica ética precede a la renovación.
La reconstrucción europea enseña que la dignidad humana puede convertirse en nuevo fundamento tras la devastación.
Toda civilización enfrenta una encrucijada recurrente:
persistir en la erosión hasta el agotamiento,
o corregir el rumbo antes del punto de no retorno.
La historia no absuelve a las generaciones que identifican la decadencia pero eligen la comodidad. Tampoco glorifica discursos sin consecuencia.
Las civilizaciones no mueren cuando son atacadas;
mueren cuando dejan de creer en los principios que las sostienen.
Y renacen cuando una generación decide que la virtud no es opcional, sino obligatoria.
La pregunta no es si el declive es posible.
La historia confirma que lo es.
La pregunta es si tendremos la lucidez y la firmeza para evitar repetirlo.

JRoU 
Las civilizaciones no caen por falta de poder, sino por falta de principios; y solo se levantan cuando la virtud vuelve a ser innegociable... 

Friday, February 13, 2026

El socialismo progresista y el festín del nepotismo. Colombia e Iberoamérica: la revolución que terminó en rosca. JRoU

El síndrome socialista progresista del nepotismo es cuando el discurso de “igualdad” sirve de cortina para repartir el poder entre amigos, familiares y leales, mientras se predica moral pública.

El síndrome socialista progresista del nepotismo
Colombia e Iberoamérica: el poder convertido en botín familiar
En Colombia y gran parte de Iberoamérica, el socialismo progresista no llegó para desmontar las élites: llegó a reemplazarlas por clanes propios. Cambió el apellido del privilegio, pero no la práctica del abuso. El resultado es un nepotismo sistemático, disfrazado de justicia social y legitimado con retórica moral.
El discurso promete igualdad, pero el ejercicio del poder revela otra cosa: familias incrustadas en el Estado, amigos convertidos en funcionarios, activistas premiados con cargos y contratos. No gobierna el mérito, gobierna la lealtad ideológica. No se administra lo público, se reparte.
En Colombia, este síndrome se expresa con crudeza. Ministerios, agencias, embajadas, entes de control y programas sociales se transforman en bolsas de empleo político. El mensaje es claro: quien milita, quien aplaude, quien calla, asciende. El ciudadano común observa cómo la meritocracia se evapora y el Estado se vuelve una extensión del partido y del círculo íntimo del poder.
En Iberoamérica el patrón se repite con precisión quirúrgica. Gobiernos que llegaron denunciando la “corrupción neoliberal” terminaron institucionalizando el amiguismo, normalizando la mediocridad y blindando a los suyos. Se habla de “pueblo” mientras se gobierna para una rosca ideologizada. Se ataca a la prensa, se desacredita a la justicia y se estigmatiza al disidente para proteger el negocio del poder.
Este nepotismo progresista es más peligroso porque se justifica moralmente. No se presenta como abuso, sino como “confianza política”. No se reconoce como corrupción, sino como “proyecto colectivo”. Así, el fracaso se recicla, la incompetencia se premia y el Estado se debilita desde adentro.
Las consecuencias son evidentes: instituciones capturadas, servicios públicos deteriorados, inseguridad creciente y una ciudadanía cada vez más desconfiada. Cuando el poder se hereda entre cercanos, la democracia se vacía y la república se convierte en patrimonio privado.
El síndrome socialista progresista del nepotismo no es un error: es un método. Un método para perpetuarse, para blindarse y para confundir ideología con impunidad. Mientras no se denuncie con claridad, Colombia e Iberoamérica seguirán atrapadas en gobiernos que prometen cambio y entregan más de lo mismo, pero con discurso revolucionario.
El socialismo progresista en Colombia y buena parte de Iberoamérica prometió desmontar privilegios. Juró acabar con las castas. Señaló con el dedo a las élites tradicionales. Pero cuando llegó al poder, no destruyó el sistema: lo ocupó.
No erradicó el nepotismo.
Lo perfeccionó.
Hoy el Estado no es un instrumento de servicio público: es un botín ideológico. Ministerios convertidos en trincheras partidistas. Embajadas asignadas por afinidad. Contratos repartidos entre amigos. Cargos estratégicos ocupados por activistas sin experiencia pero con fidelidad comprobada. La consigna es clara: primero los nuestros.
En Colombia, el discurso de la igualdad convive con una práctica descarada de favoritismo. Se habla de justicia social mientras se consolidan círculos cerrados de poder. Se denuncia la “corrupción histórica”, pero se institucionaliza una nueva forma de clientelismo con estética progresista y narrativa moral.
En Iberoamérica el patrón es idéntico:
Gobiernos que llegaron con pancartas anticorrupción y terminaron blindando a su propio entorno. Cambiaron los apellidos, pero no la lógica. Cambiaron el relato, pero no el reparto.
Este nepotismo progresista tiene algo más grave que el tradicional: se disfraza de virtud.
No se presenta como privilegio, sino como “confianza política”.
No se reconoce como amiguismo, sino como “coherencia ideológica”.
No se asume como captura del Estado, sino como “transformación histórica”.
Y mientras tanto:
La meritocracia se vuelve sospechosa.
La crítica se etiqueta como “enemiga del cambio”.
El disenso se convierte en traición.
El resultado es un Estado más débil, más costoso y menos competente. Porque cuando el criterio para gobernar no es la capacidad sino la lealtad, la mediocridad se vuelve política pública.
Colombia enfrenta hoy ese dilema: ¿Estado para todos o Estado para la rosca?
Iberoamérica ya conoce la respuesta cuando la ideología se convierte en blindaje y el poder en patrimonio.
La verdadera revolución no fue contra la élite.
Fue el reemplazo de una élite por otra, más moralista en el discurso y más cerrada en la práctica.
Y mientras el ciudadano paga impuestos, soporta inseguridad y enfrenta servicios deteriorados, observa cómo la “transformación” terminó siendo lo de siempre:
el poder como herencia, la lealtad como moneda y el Estado como premio.
Y la historia, implacable, terminará escribiendo lo que hoy muchos prefieren callar: que no fue una revolución moral ni una transformación social, sino la captura del Estado bajo nuevas consignas y viejas prácticas.
Porque cuando la igualdad se usa como excusa para repartir poder entre leales, cuando la justicia se invoca para blindar a los propios y cuando el discurso sustituye al mérito, la democracia deja de ser república y se convierte en facción.
Los pueblos pueden tolerar errores.
Pueden soportar crisis.
Pero tarde o temprano se rebelan contra el engaño.
Y cuando ese momento llegue, quedará claro que no cayó un proyecto político:cayó la máscara.

JRoU 

Atacarnos entre nosotros es servirle al enemigo. Surgió Abelardo ESTAMOS con Abelardo.. JRoU

En los grups temáticas eviten y no caigan en la trampa progresita Goebelista dé publicar contenido que genere conflictos, polarice o pretenda enlodar a los candidatos de oposición , patriotas o de derecha.
No podemos atacarnos entre nosotros mismos ni permitir divisiones que debiliten nuestro propósito. Estos son espacios de respeto, disciplina y trabajo político y social serios.
Quien no esté en esa línea, simplemente no tiene cabida en ellos.

Advertencia clara y sin ambigüedades:

En los grupos temáticos queda terminantemente prohibido caer en la trampa progresista de manual goebeliano: provocar conflictos, sembrar sospechas, polarizar o intentar destruir moral y políticamente a candidatos de la oposición, patriotas o de derecha.

Atacarnos entre nosotros es servirle al enemigo. Dividir es traicionar el propósito. La desunión es el arma histórica de quienes han destruido naciones desde dentro.

Estos no son espacios para agendas ocultas, vanidades personales ni sabotaje disfrazado de opinión. Son espacios de orden, disciplina, respeto, lealtad y trabajo político y social serio en defensa de la patria.

Quien no actúe con lealtad, quien insista en dividir o en hacerle el juego al progresismo, queda automáticamente fuera. Aquí no hay lugar para tibios, infiltrados ni funcionales al adversario.

No podemos atacarnos entre nosotros ni tolerar divisiones que debiliten el objetivo común. Estos espacios no son para egos, intrigas ni juegos políticos menores. Son espacios de respeto, disciplina, coherencia y trabajo político y social serio.

Quien no entienda esta línea, quien insista en sembrar discordia o actuar en contra del propósito colectivo, sencillamente no tiene cabida aquí

Patria, carácter y propósito común. Lo demás sobra.


JRoU 

Thursday, February 12, 2026

La teoría ambiental qué la ideología woke induce a creer.... JRoU

La llamada “teoría ambiental” asociada a la ideología woke es, en realidad, una forma crítica de referirse a ciertas corrientes que mezclan activismo climático con enfoques culturales y políticos más amplios.
Es importante separar conceptos:
1. El ambientalismo como tema científico
El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación no son teorías ideológicas; son fenómenos estudiados por la ciencia con evidencia empírica. Existen datos medibles sobre aumento de temperaturas, emisiones de CO₂, deforestación, etc.
2. El ambientalismo como movimiento político
Aquí es donde surgen debates. Algunos sectores integran la agenda ambiental con temas de:
Justicia social
Equidad económica
Derechos de minorías
Reformas al modelo productivo
A esto algunos críticos lo llaman “ambientalismo woke”, argumentando que:
Se politiza la ciencia.
Se utiliza el discurso climático para impulsar cambios culturales o económicos más amplios.
Se promueve una narrativa moralizante (buenos vs. malos).
3. ¿Qué “induce a creer”, según sus críticos?
Quienes cuestionan esta corriente sostienen que:
Se presenta la crisis ambiental como una emergencia absoluta que justifica transformaciones estructurales rápidas.
Se asocia el modelo capitalista tradicional como causa principal del deterioro ambiental.
Se impulsa la idea de que el consumo individual debe ser transformado radicalmente.
4. ¿Dónde está el punto de equilibrio?
El debate serio no debería ser:
“Medio ambiente sí o no”. Sino:
¿Cómo proteger el medio ambiente sin caer en dogmatismos ideológicos?
¿Qué políticas son eficaces y cuáles son simbólicas?
¿Cómo equilibrar desarrollo económico y sostenibilidad?
Reducir todo el ambientalismo a “ideología woke” simplifica un tema complejo. Al mismo tiempo, negar que existen agendas políticas dentro de algunos movimientos climáticos también sería ingenuo.

JRoU 
La verdad sin filtros ni teleprompter 

Wednesday, February 11, 2026

Civilización o colapso: Llegó la hora de decidir.. JRoU

Rencauzar la humanidad no es imponer una ideología ni volver al pasado a golpes de nostalgia. Es recuperar el eje. Cuando una civilización pierde su eje, todo se desordena: la política, la familia, la economía y hasta el lenguaje.
Algunas claves profundas —no eslóganes— para ese reencauce:
1. Volver a la dignidad humana como principio no negociable
La persona no es un medio, ni un número, ni un experimento social. Cuando el ser humano deja de ser el centro, el poder se vuelve depredador y la técnica inhumana.
2. Restablecer límites morales claros
Toda sociedad sana reconoce que no todo vale. Sin límites éticos, la libertad se convierte en libertinaje y el derecho en manipulación. El relativismo absoluto es una fábrica de caos.
3. Fortalecer la familia y la comunidad real
No hay humanidad fuerte con individuos rotos y aislados. La familia forma carácter, la comunidad genera responsabilidad. El individuo sin raíces es fácil de dominar.
4. Educar para pensar, no para obedecer narrativas
La humanidad no se descarrila por ignorancia, sino por pensamiento delegado. Educar es formar criterio, no repetir consignas ni dogmas “modernos”.
5. Recuperar el valor del trabajo y el mérito
Cuando el esfuerzo deja de importar, la mediocridad gobierna y el resentimiento se institucionaliza. El mérito dignifica y ordena.
6. Poner el poder bajo control ético
El problema no es que exista poder, sino que no tenga frenos. Sin controles reales, el poder se corrompe y termina despreciando a la gente que dice representar.
7. Reconciliar progreso con responsabilidad
El avance tecnológico sin conciencia es progreso técnico y retroceso humano. La ciencia debe servir a la vida, no redefinirla a conveniencia del poder.
Pero....
La humanidad no está en crisis por error, sino por decisión. No es víctima del azar ni del destino: ha sido empujada, paso a paso, a renunciar a la verdad, a relativizar el bien y a normalizar el caos. Bajo la promesa de progreso y libertad, se desmontaron los pilares que sostenían la civilización, y hoy el resultado es evidente: sociedades fragmentadas, individuos vacíos y un poder cada vez más arrogante.

Nunca hubo tanta información y tan poco criterio. Nunca tantos derechos proclamados y tan poca responsabilidad asumida. Nunca tanta tecnología y tan poca humanidad. La civilización no avanza: se desliza cuesta abajo mientras aplaude su propia decadencia.

La raíz del desvío

El problema no es el progreso, sino haberlo separado de la ética. Cuando el desarrollo deja de estar al servicio del ser humano y el ser humano pasa a servir a ideologías, mercados o agendas de poder, la civilización comienza a descarrilar. Se reemplaza la verdad por narrativas, la dignidad por utilidad y la responsabilidad por victimismo.

Una sociedad sin principios claros es terreno fértil para el abuso. Allí donde todo es relativo, el más fuerte impone su verdad y el poder deja de rendir cuentas.

El ataque a los fundamentos

Toda civilización se sostiene sobre pilares: familia, educación, trabajo, mérito, comunidad y límites morales. Cuando estos pilares son debilitados o ridiculizados, no se libera al individuo: se lo deja solo, frágil y manipulable.

La destrucción de la familia rompe la transmisión de valores. La educación ideologizada anula el pensamiento crítico. El desprecio por el mérito fomenta mediocridad y resentimiento. El resultado es una masa fácilmente gobernable, pero profundamente infeliz.

El poder sin frenos

El mayor peligro no es que exista poder, sino que se concentre sin controles éticos ni contrapesos reales. Cuando el poder deja de servir y comienza a administrarse para perpetuarse, la política se degrada, la justicia se vuelve selectiva y el ciudadano pasa a ser un instrumento.

La historia es clara: ninguna sociedad que normalizó el abuso del poder logró sostenerse en el tiempo.

Rencauzar no es retroceder

Rencauzar la humanidad no significa volver al pasado ni rechazar la modernidad. Significa reconciliar el progreso con la responsabilidad, la libertad con los límites y los derechos con los deberes.

La tecnología debe servir a la vida. La economía al bienestar real. La política al bien común. Cuando estos órdenes se invierten, el sistema se vuelve inhumano.

El camino posible

La humanidad se rencauza cuando:

  • La dignidad humana vuelve a ser el centro.

  • La verdad deja de negociarse.

  • El trabajo recupera su valor.

  • La educación forma criterio, no obediencia.

  • El poder vuelve a tener frenos.

  • La comunidad reemplaza al aislamiento.

Conclusión

Las civilizaciones no colapsan de un día para otro: se desmoronan cuando aceptan la mentira como norma y la cobardía como virtud. La historia no absuelve a los pueblos que renuncian a defender sus principios en nombre de la comodidad o el miedo.

Rencauzar la humanidad no es una opción ideológica, es una necesidad histórica. Allí donde la verdad se abandona, la decadencia gobierna. Allí donde el poder no tiene frenos, la libertad desaparece. Y allí donde el ser humano deja de importar, ninguna sociedad merece sobrevivir.

Sentencia histórica:

Las civilizaciones que renuncian a la verdad para evitar el conflicto, terminan perdiendo la libertad para siempre.


JRoU 

La verdad sin filtros ni teleprompter 

La humanidad no está perdida: está desorientada por quienes se benefician del caos.

Cuando se destruyen los valores, el poder ocupa su lugar.

Una sociedad sin límites morales termina gobernada por los peores.

El progreso sin ética no es avance: es decadencia con tecnología.

La dignidad humana muere cuando el individuo se vuelve descartable.

Sin familia no hay carácter, sin carácter no hay nación.

El relativismo no libera: desarma a los pueblos frente al abuso.

Educar sin pensamiento crítico es entrenar obedientes, no ciudadanos.

El mérito incomoda a quienes viven del resentimiento.

El poder sin frenos siempre termina despreciando al pueblo.

Una civilización cae cuando renuncia a la verdad para sentirse cómoda.

No todo cambio es progreso, ni toda ruptura es evolución.

El ser humano no necesita ser redefinido, necesita ser respetado.

Cuando el trabajo pierde valor, la corrupción gana terreno.

La humanidad se rencauza con responsabilidad, no con propaganda


Tuesday, February 10, 2026

El redentor gay dél socialismo. Roy Barreras no busca redimir al socialismo ni salvar un proyecto de gobierno. Lo que pretende es reencarnarse. JRoU

Roy Barreras no busca redimir al socialismo ni salvar un proyecto de gobierno. Lo que pretende es reencarnarse políticamente. Su discurso populista no es conversión ideológica: es camuflaje. Hoy se viste de redentor progresista porque el viento sopla ahí; ayer fue uribista, santista, petrista y mañana será lo que garantice supervivencia.
Su estrategia es conocida:
— Reescribir su pasado para presentarse como indispensable.
— Apropiarse del relato moral para tapar una trayectoria marcada por alianzas con clanes, clientelismo y saltos oportunistas.
— Posicionarse como “continuidad responsable” en un gobierno desgastado, no para corregirlo, sino para heredarlo.
No unificó a la izquierda: la fragmentó.
No fortaleció el proyecto: lo parasitó.
No defendió principios: los negoció.
Cuando se proclama salvador del programa de gobierno, en realidad intenta blindarse, colocarse por encima de responsabilidades políticas y presentarse como “mal necesario”. Eso no es liderazgo: es criptopolítica, el arte de estar siempre del lado ganador sin cargar costos.
La impunidad política —real o percibida—, el nepotismo, el uso del Estado como plataforma personal y la acumulación de poder sin rendición de cuentas no son errores aislados, son un patrón. Y ese patrón explica por qué hoy se ofrece como “continuidad”: no por convicción, sino porque el sistema que lo permitió aún le sirve.
En síntesis:
No es el heredero del gobierno.
Es el síntoma del mismo.
Un camaleón no cambia para salvar la selva: cambia para no ser devorado.

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