Colombia y gran parte de Iberoamérica no atraviesan una crisis coyuntural: viven una degradación estructural del orden democrático, causada por la convergencia de tres males letales:
una derecha cobarde y clientelista,
una democracia permisiva hasta la complicidad, y una izquierda socialista-progresista cuya vocación real no es gobernar, sino dominar.
La izquierda no llegó al poder por superioridad moral ni por eficacia histórica. Llegó sobre los escombros de la credibilidad institucional, aprovechando el hartazgo social generado por décadas de corrupción, impunidad y mediocridad política. Se presentó como redentora, pero actuó como ocupante.
Una vez instalada en el poder, se despoja del disfraz democrático. La democracia deja de ser un valor y se convierte en un obstáculo. El voto ya no es un mandato ciudadano, sino una licencia para capturar el Estado. Desde allí, inicia un proceso sistemático y calculado de descomposición institucional:
— debilita la separación de poderes,
— instrumentaliza la justicia,
— politiza los órganos de control,
— hostiga a la prensa crítica,
— y relativiza la legalidad en nombre de una supuesta “justicia social”.
En Colombia —como en otros países de la región,esta izquierda no combate el crimen: lo reconfigura. Distingue entre delitos “convenientes” e “inconvenientes”. Absuelve al criminal útil, legitima al violento ideologizado y criminaliza al ciudadano que disiente. Así nace el crimen de Estado encubierto, no siempre con armas, pero sí con decretos, omisiones, complicidades y silencios calculados.
La democracia fallida, tolerante con la ilegalidad y la corrupción, abre brechas profundas. La izquierda socialista no las cierra: las explota.
Donde hay pobreza, instala dependencia.
Donde hay desigualdad, siembra resentimiento.
Donde hay frustración, inocula odio.
No construye ciudadanía: fabrica masas ideologizadas.
No promueve pensamiento crítico: impone dogma.
No busca reconciliación: necesita confrontación permanente para sobrevivir políticamente.
Su método es perversamente eficaz:
polariza para paralizar,
divide para debilitar,adoctrina para perpetuarse.
Habla de derechos mientras erosiona deberes.
Invoca al pueblo mientras desprecia al ciudadano libre.
Predica igualdad mientras consolida nuevas élites parasitarias, blindadas por el discurso progresista y financiadas con recursos públicos.
En nombre de causas nobles, justifica prácticas autoritarias.
En nombre de la inclusión, excluye al que piensa distinto.
En nombre de la justicia social, empobrece a la sociedad productiva y normaliza la dependencia estatal como forma de control político.
Esta izquierda no fracasa: cumple su objetivo.
Su objetivo no es el desarrollo, sino el poder.
No es la prosperidad, sino la subordinación.
No es la democracia, sino su vaciamiento.
El drama de Colombia y de Iberoamérica no es solo la izquierda socialista. El drama es una democracia sin defensas, una clase política sin ética, y una ciudadanía cansada, manipulada y fragmentada. Allí prospera el populismo ideológico. Allí se normaliza el abuso. Allí se diluye la verdad.
Liberarnos de este ciclo no será producto de consignas ni de ingenuidad electoral. Requiere carácter político, memoria histórica, instituciones que no se arrodillen y una ciudadanía que entienda que sin ley no hay justicia,que sin ética no hay política, y que sin verdad no hay democracia posible.
Porque cuando el Estado deja de servir al ciudadano y pasa a servir a una ideología, la democracia ya ha sido derrotada, aunque aún se celebren elecciones.
JRoU
La verdad sin filtros ni teleprompter