La mutación del socialismo progresista: del rugido altanero a la obediencia condicionada
La izquierda socialista progresista en el gobierno mostró su verdadera naturaleza tras la cita en la Casa Blanca. Fueron por lana y regresaron trasquilados, con condiciones explícitas y alineamientos claros. El discurso altanero, desafiante y soberbio mutó de inmediato en un lenguaje dócil, pragmático y colaboracionista.
El mismo gobierno que agitaba banderas ideológicas y se presentaba como desafiante del “imperio”, cambió el tono al cruzar la puerta correcta. Entendió —sin margen para la retórica— que el poder real no se confronta con consignas, sino que se administra bajo reglas claras.
Desde Washington se dejó un mensaje inequívoco: Estados Unidos está dispuesto a entablar un diálogo significativo y respetuoso, pero no con gobiernos ambiguos ni con dobles discursos. La cooperación está supeditada a hechos concretos, no a narrativas progresistas vacías.
La erradicación del narcotráfico ocupa un lugar prioritario e innegociable en la agenda. No como consigna, sino como obligación. Y junto a ello, una exigencia central: que el gobierno socialista de Colombia garantice a su pueblo elecciones transparentes, libres y justas, no solo en el corto plazo, sino también en los procesos de mayo y junio.
No hay cheques en blanco.
No hay tolerancia para la complacencia con la narco-insurgencia ni con los carteles reciclados como “actores políticos”.
Estados Unidos estará observando cuidadosamente:
los compromisos adquiridos,
la coherencia entre el discurso y la acción,
y la voluntad real de enfrentar al crimen organizado que hoy permea estructuras del poder.
La máscara cayó.
El rugido se apagó.
Y quedó claro que, cuando el crimen gobierna y la ideología estorba, la realidad impone su ley.
JRoU
Blanco o Negro
Actualidad sin filtros ni teleprompter