Recuperar el país para que nuestros hijos no tengan que irse.
Hay algo profundamente doloroso en ver cómo una nación empieza a acostumbrarse a que sus jóvenes busquen futuro lejos de su tierra. Cuando los hijos y los nietos de un país sienten que deben emigrar para vivir con dignidad, no estamos frente a un simple fenómeno económico: estamos frente a una señal de alarma moral, social e institucional.
Los países no se pierden de un día para otro. Se deterioran lentamente cuando la política se convierte en confrontación permanente, cuando la ética pública se diluye y cuando el interés particular termina imponiéndose sobre el bien común. Entonces aparece la polarización, la desconfianza y la sensación colectiva de que el futuro es incierto.
Pero la historia también demuestra algo fundamental: las naciones pueden recuperarse cuando la sociedad decide volver a poner en el centro los valores que sostienen cualquier república sana —instituciones fuertes, responsabilidad ciudadana, educación, respeto por la ley y una visión de país que supere la lucha de facciones.
Recuperar a Colombia no significa imponer una ideología sobre otra. Significa reconstruir las bases que permiten convivir, trabajar y progresar sin que las nuevas generaciones sientan que su única alternativa es irse.
Porque un país verdaderamente libre y próspero no es aquel donde algunos logran sobrevivir, sino aquel donde los hijos y los nietos quieren quedarse para construir su futuro en la tierra que los vio nacer.
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JR