Thursday, May 21, 2026

Manual del Populismo y el Resentimiento SocialEl Discurso de la División. La Política del Resentimiento. JRoU


El Manual del Populismo: Dividir, Resentir y Controlar
Por años, América Latina ha sido laboratorio de discursos políticos construidos sobre una fórmula peligrosa: sembrar resentimiento social para conquistar poder. La narrativa siempre cambia de nombre, de color o de bandera, pero el método es el mismo: dividir a la sociedad entre “buenos y malos”, entre “ricos y pobres”, entre “opresores y víctimas”, mientras una élite política se fortalece utilizando la frustración colectiva como herramienta electoral.
El discurso de “quitarle al rico para darle al pobre” puede sonar emocionalmente atractivo en medio de crisis económicas y desigualdad, pero en la práctica ha demostrado ser uno de los caminos más rápidos hacia el estancamiento, la dependencia estatal y la destrucción de la productividad. Porque una nación no progresa persiguiendo al que produce, al que emprende o al que genera empleo. Una nación avanza creando oportunidades reales para que más ciudadanos prosperen.
El populismo moderno necesita enemigos permanentes para sobrevivir políticamente. Necesita señalar culpables todos los días: el empresario, el ganadero, el inversionista, la fuerza pública, los medios, la oposición o cualquiera que cuestione el relato oficial. El objetivo no es solucionar problemas estructurales; el objetivo es mantener a la sociedad emocionalmente dividida y políticamente polarizada.
Y mientras el ciudadano pelea contra otro ciudadano, el verdadero problema crece silenciosamente: corrupción, burocracia, inseguridad, deterioro institucional y pérdida de confianza. Porque cuando el odio de clases se convierte en política pública, el mérito comienza a ser castigado y la mediocridad premiada bajo discursos de “justicia social”.
La historia demuestra que ningún país sale adelante destruyendo la empresa privada, espantando la inversión o debilitando a sus instituciones. Los países que avanzan son aquellos que fortalecen la educación, garantizan seguridad jurídica, respaldan a quienes producen riqueza y construyen estabilidad. El empleo no nace del resentimiento; nace de la confianza, de la productividad y de la libertad económica.
Además, el populismo contemporáneo ha perfeccionado una estrategia aún más profunda: fragmentar la sociedad en múltiples conflictos ideológicos para mantener una confrontación constante. Cada sector termina enfrentado con otro, mientras el debate nacional deja de centrarse en seguridad, economía, empleo o desarrollo. La política se transforma en espectáculo emocional y propaganda permanente.
Colombia enfrenta hoy un momento decisivo. El país necesita liderazgo, institucionalidad y coherencia, no discursos diseñados para dividir a los ciudadanos entre enemigos imaginarios. La pobreza no se combate repartiendo odio ni destruyendo al que produce; se combate creando condiciones para que más personas puedan crecer con dignidad, trabajo y oportunidades.
Porque cuando un gobierno convierte el resentimiento social en estrategia política, el riesgo no es solamente económico. El riesgo es moral, institucional y democrático. Una sociedad fracturada por el odio termina perdiendo la capacidad de construir futuro.
Y ese ha sido siempre el verdadero manual del populismo: dividir para dominar, resentir para controlar y confrontar para perpetuarse en el poder.
Convertir la lucha de clases en estrategia política ha sido el combustible histórico del populismo. El discurso de ‘quitarle al rico para darle al pobre’ no busca resolver la pobreza, sino administrar la dependencia y sembrar resentimiento social. Mientras se demoniza al empresario, al productor y al generador de empleo, el país pierde inversión, confianza y crecimiento. Una nación avanza fortaleciendo la educación, la seguridad y las oportunidades, no promoviendo divisiones ideológicas entre ciudadanos.

JRoU 


Wednesday, May 20, 2026

Pensemos. “La Seguridad: La Base del Orden, la Democracia y el Progreso,Un País Sin Seguridad Está Condenado al Retroceso,Respaldar a la Fuerza Pública es Defender a Colombia,Sin Autoridad No Hay Futuro,La Seguridad No es un Discurso: Es la Supervivencia de la Nación. JRoU

Hay algo fundamental que este gobierno dejó perder, y sin ello ninguna nación puede aspirar a un crecimiento sostenido ni proteger verdaderamente a sus instituciones y a su pueblo: la seguridad.
Cuando un país pierde el control territorial, la autoridad y el respeto por la ley, se debilita la inversión, se paraliza el desarrollo y la ciudadanía queda expuesta al miedo, la incertidumbre y la violencia.
Respaldar a las Fuerzas Militares y a la Policía Nacional no significa promover la guerra; significa garantizar el orden, la estabilidad y la defensa de la democracia. Un Estado fuerte debe brindarles mejores condiciones, tecnología, capacitación, respaldo jurídico y dignidad institucional a quienes arriesgan su vida protegiendo a los colombianos.
Las naciones avanzan cuando existe seguridad para trabajar, producir, educar a las nuevas generaciones y construir futuro. Sin seguridad no hay confianza, sin confianza no hay inversión, y sin inversión no hay progreso sostenible.
Colombia necesita recuperar la autoridad legítima del Estado, fortalecer sus instituciones y devolverle tranquilidad a los ciudadanos. Porque un país donde sus Fuerzas Armadas y de Policía son respetadas, respaldadas y fortalecidas, es un país con mayores posibilidades de avanzar hacia el desarrollo, la estabilidad y la prosperidad.

JRoU 

Una nación traicionada,pierde su horizonte.. 

Tuesday, May 19, 2026

¿Por qué miente un gobierno corrupto? JRoU

¿Por qué miente un gobierno corrupto?
La política moderna no solo se libra en las calles o en las urnas. También se libra en el relato. Y cuando un gobierno pierde resultados, suele intentar controlar la narrativa. En Colombia, el debate sobre la economía bajo el gobierno de Gustavo Petro refleja precisamente esa confrontación entre cifras oficiales, percepción ciudadana y realidad empresarial.
Mientras el ciudadano siente el peso de la inflación, la inseguridad jurídica, el desempleo y la desaceleración económica, el discurso oficial insiste en presentar un país “más justo”, “más estable” y “en transformación”. Ahí nace el choque: la diferencia entre el lenguaje político y la experiencia cotidiana de la población.
La oposición acusa al gobierno de manipular el relato económico mediante tres mecanismos frecuentes:
Seleccionar únicamente cifras favorables.
Culpar al pasado de todos los problemas actuales.
Presentar promesas ideológicas como si ya fueran logros concretos.
El problema no es únicamente político. Es de confianza. Porque cuando el ciudadano percibe que el discurso oficial contradice la realidad que vive en su bolsillo, en su empresa o en su empleo, comienza a erosionarse la credibilidad institucional.
Por ejemplo, mientras se habla de “potencia mundial de la vida”, muchos sectores productivos denuncian incertidumbre regulatoria, caída de inversión y temor empresarial. Mientras el gobierno celebra reformas y recaudos, miles de pequeños empresarios hablan de menor consumo y estancamiento económico.
Eso no significa que toda cifra oficial sea falsa ni que toda crítica opositora sea absoluta verdad. La economía es compleja y los indicadores pueden interpretarse de distintas maneras. Pero en democracia, el problema aparece cuando el poder intenta convertir una narrativa política en una verdad única e incuestionable.
Un gobierno transparente no teme al debate. Un gobierno sólido responde con resultados. En cambio, los gobiernos débiles suelen refugiarse en la propaganda, en la confrontación permanente y en la construcción de enemigos para justificar sus errores.
Colombia no necesita relatos épicos ni discursos ideológicos interminables. Necesita crecimiento real, seguridad jurídica, empleo, inversión y estabilidad. Porque al final, la economía no se mide en discursos: se mide en la mesa de cada familia colombiana.

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Monday, May 18, 2026

Sabe qué fué electo con fraude electoral y ahora denuncia con fines de caos qué habrá fraude electoral.. Qué propósito tiene? JRoU

El libreto del fraude: sembrar el caos para sobrevivir políticamente
Hay gobiernos que construyen legitimidad gobernando. Otros, en cambio, necesitan construir enemigos permanentes para justificar su fracaso. Y cuando el desgaste político comienza a notarse, aparece el libreto más peligroso de todos: denunciar fraude antes de que exista una elección cuestionada.
Resulta profundamente contradictorio que quienes llegaron al poder bajo un sistema electoral que calificaron como “democrático” ahora pretendan convencer al país de que ese mismo sistema está diseñado para robar elecciones. Si el sistema era ilegítimo, entonces también debería ser ilegítimo el mandato que hoy ejercen. Pero no lo dirán, porque el objetivo no es defender la democracia: es controlar la narrativa.
La estrategia es vieja y conocida. Primero se instala la sospecha. Luego se alimenta la polarización. Después se intenta convertir cualquier resultado adverso en prueba de conspiración. El propósito no siempre es demostrar un fraude real, sino erosionar la confianza pública, tensar el ambiente social y mantener movilizada una base política a través del miedo y la confrontación.
Cuando un líder insiste obsesivamente en que habrá fraude, sin pruebas sólidas ni denuncias institucionales contundentes, lo que muchas veces busca es crear un escenario donde solo existan dos opciones: o gana él, o “le robaron”. Es una lógica peligrosa porque destruye el principio esencial de toda democracia: aceptar reglas comunes incluso cuando el resultado no favorece nuestros intereses.
Colombia ya vive demasiada tensión social, inseguridad institucional y agotamiento ciudadano como para agregarle una narrativa permanente de caos electoral. La democracia no se defiende incendiando la confianza pública cada vez que las encuestas cambian o el respaldo disminuye.
La historia latinoamericana demuestra que los proyectos políticos con tendencias autoritarias suelen necesitar enemigos constantes: la prensa, las cortes, los empresarios, la oposición, las fuerzas armadas o el sistema electoral. Todo sirve para alimentar una narrativa victimista que les permita justificar radicalizaciones futuras o desconocer límites institucionales.
El verdadero peligro no está únicamente en una denuncia irresponsable. El verdadero peligro aparece cuando millones de ciudadanos comienzan a creer que nada es legítimo, que toda institución está podrida y que la única verdad válida es la del líder político de turno. Ahí deja de existir democracia y comienza el culto al poder.
Las elecciones deben vigilarse, auditarse y protegerse con total transparencia. Eso es normal en cualquier república seria. Pero una cosa es exigir garantías y otra muy distinta convertir el miedo en herramienta de manipulación política.
Porque cuando el caos se vuelve estrategia, la democracia termina siendo la primera víctima.

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El temor de entregar el poder ante un gobierno señalado por corrupción y pactos con criminales. JRoU

El temor de entregar el poder ante un gobierno señalado por corrupción y pactos con criminales.


En toda democracia, el poder político debe ejercerse con legitimidad, transparencia y respeto por las instituciones. Sin embargo, cuando un gobierno es percibido por amplios sectores ciudadanos como cercano a estructuras corruptas o tolerante frente a actores criminales, surge un sentimiento colectivo de incertidumbre y temor sobre el futuro del país.
La preocupación no nace únicamente de las diferencias ideológicas, sino de la sensación de que las instituciones pueden debilitarse cuando la ética pública deja de ser prioridad. La ciudadanía comienza a preguntarse si las decisiones del Estado responden al bienestar nacional o a intereses políticos, alianzas ocultas y cálculos de poder.
El miedo a “entregar el poder” también refleja una crisis de confianza. Cuando existen denuncias de corrupción, cuestionamientos sobre negociaciones con grupos armados o señales de impunidad, muchos ciudadanos sienten que la democracia pierde equilibrio y que la autoridad moral del Estado se deteriora. En ese escenario, la polarización crece y el debate público se convierte en confrontación permanente.
No obstante, en una sociedad democrática, las críticas deben sostenerse sobre hechos, argumentos y control institucional, no sobre odio o desinformación. La defensa de la democracia implica exigir transparencia, independencia judicial, libertad de prensa y rendición de cuentas para cualquier gobierno, sin importar su corriente política.
Colombia enfrenta el desafío de fortalecer sus instituciones para que ningún proyecto político, de izquierda o de derecha, pueda poner por encima del interés nacional los acuerdos personales, la corrupción o la cercanía con actores ilegales. El verdadero poder de una nación no reside en un gobernante, sino en la capacidad de sus ciudadanos para defender la ley, la ética y la verdad.

JRoU 

Sunday, May 17, 2026

Tema Domical. Colombia: cuna de profesionales sin garantías en un gobierno progresista. JRoU

Colombia vive una contradicción silenciosa. Mientras los discursos oficiales celebran la disminución del desempleo y muestran cifras macroeconómicas aparentemente positivas, miles de jóvenes profesionales enfrentan una realidad muy distinta: títulos universitarios sin oportunidades, experiencia imposible de adquirir y un mercado laboral cada vez más precario.
Las estadísticas nacionales pueden indicar una reducción del desempleo hasta niveles cercanos al 8,8%, pero detrás de ese promedio se esconde una fractura estructural: el desempleo juvenil continúa por encima del 16%, afectando especialmente a quienes terminan carreras técnicas, tecnológicas o universitarias y descubren que el esfuerzo académico no garantiza estabilidad, ingresos dignos ni proyección profesional.
El problema no es únicamente la falta de empleo. El verdadero drama radica en la calidad del trabajo disponible. Muchos jóvenes profesionales sobreviven entre contratos temporales, informalidad, tercerización y salarios que no corresponden a su nivel de preparación. Colombia se ha convertido en un país que gradúa talento, pero exporta oportunidades.
Paradójicamente, mientras se promueve un discurso político centrado en la justicia social y la igualdad, la realidad laboral evidencia una creciente incertidumbre para las nuevas generaciones. Las empresas reducen contrataciones formales, aumentan los costos laborales y frenan la expansión ante un clima económico marcado por reformas polémicas, inseguridad jurídica y desconfianza en la inversión.
A esto se suma una desconexión histórica entre la educación superior y las necesidades reales del mercado. Universidades continúan formando profesionales para sectores saturados, mientras áreas estratégicas como tecnología, energías limpias, agroindustria especializada e innovación digital avanzan lentamente por falta de políticas claras y estímulos reales a la productividad.
El resultado es una generación frustrada: jóvenes preparados académicamente, pero obligados a migrar, emprender por necesidad o aceptar trabajos ajenos a su profesión. El mérito pierde valor cuando el sistema no recompensa la capacidad ni el esfuerzo.
Colombia no necesita únicamente más graduados; necesita condiciones para que el conocimiento genere desarrollo. Sin seguridad económica, inversión productiva y fortalecimiento empresarial, el país seguirá siendo una fábrica de profesionales sin garantías y una nación donde el talento termina atrapado entre la incertidumbre y la resignación.

El programa de gobierno de Abelardo brinda apoyo a los jóvenes colombianos
En medio de un panorama marcado por el desempleo juvenil, la incertidumbre laboral y la falta de oportunidades para los nuevos profesionales, la propuesta de gobierno de Abelardo plantea una visión enfocada en recuperar la confianza de las nuevas generaciones y convertir el talento juvenil en motor de desarrollo nacional.
La iniciativa propone fortalecer el acceso al empleo digno mediante incentivos a empresas que contraten jóvenes recién graduados, promoviendo programas de primer empleo, formación técnica especializada y estímulos al emprendimiento juvenil. El objetivo es cerrar la brecha entre la educación y el mercado laboral, una de las principales dificultades que enfrenta hoy la juventud colombiana.
Otro de los pilares del programa está orientado al impulso de la innovación, la tecnología y la economía productiva, apostando por sectores como la agroindustria, energías limpias, transformación digital y economía creativa. La propuesta busca generar oportunidades reales dentro del país para evitar la migración de talento colombiano hacia el exterior.
Asimismo, el programa contempla alianzas entre universidades, empresas y regiones para facilitar prácticas profesionales remuneradas y programas de capacitación ajustados a las necesidades reales del mercado. La meta es que el conocimiento académico no termine atrapado en el desempleo o la informalidad.
Abelardo también plantea fortalecer el acceso al crédito para jóvenes emprendedores, simplificar trámites para pequeñas empresas y promover proyectos regionales que permitan dinamizar economías locales y crear empleo sostenible.
En un contexto donde muchos jóvenes sienten que el esfuerzo académico dejó de garantizar estabilidad, la propuesta busca posicionar a la juventud no como una cifra estadística, sino como una prioridad estratégica para el crecimiento económico y social de Colombia.

JRoU 


Wednesday, May 13, 2026

Tema de actualidad sin filtros ni telepronter.La línea ética en el reportero y la ética periodística JRoU


En una época donde la información viaja más rápido que la verdad, la ética periodística se convierte en la última frontera entre informar y manipular. El reportero no solo transmite hechos; tiene la responsabilidad de proteger la credibilidad de la sociedad frente a la desinformación, el espectáculo mediático y los intereses políticos o económicos.
La línea ética de un periodista comienza en algo simple pero cada vez más escaso: la honestidad intelectual. Verificar antes de publicar, contrastar fuentes, separar opinión de información y evitar convertir la noticia en propaganda son principios básicos que hoy muchos medios sacrifican por audiencia, tendencia o conveniencia ideológica.
El verdadero periodismo no milita. Investiga. Pregunta. Contradice. Incomoda.
Cuando un reportero pierde independencia y se convierte en activista político, operador mediático o vocero disfrazado de comunicador, deja de informar y empieza a influir desde el sesgo.
La ética periodística también implica responsabilidad con el lenguaje. Una noticia mal presentada puede destruir reputaciones, polarizar una nación o alimentar odio social. El periodista tiene poder, y todo poder sin ética termina degradándose.
En América Latina, y especialmente en Colombia, la crisis de confianza hacia muchos medios nace precisamente de esa percepción ciudadana de parcialidad, censura selectiva o manipulación narrativa. El ciudadano ya no solo consume noticias; ahora cuestiona quién financia el discurso, qué intereses hay detrás y qué verdades se omiten.
La objetividad absoluta quizás no exista, pero la transparencia sí. Un periodista ético reconoce sus límites, evita fabricar enemigos o héroes absolutos y entiende que la verdad no pertenece a una ideología.
Hoy más que nunca, el periodismo necesita recuperar su esencia: servir a la verdad y no al poder.

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Sunday, May 10, 2026

Temas Dominicales..Conectados al mundo, desconectados del alma.. JRoU

La sociedad actual vive una paradoja profunda: nunca habíamos estado tan conectados digitalmente y, al mismo tiempo, tan distantes emocionalmente. Redes sociales, mensajería instantánea y plataformas multimedia nos mantienen permanentemente “hipervinculados”, pero millones de personas experimentan aislamiento, ansiedad y una creciente sensación de vacío afectivo.
Parte del debate contemporáneo gira alrededor de cómo los cambios culturales transformaron la familia, las relaciones y la idea de independencia. Algunos sectores critican que ciertas corrientes del feminismo moderno terminaron asociando autonomía con individualismo extremo, debilitando vínculos estables y generando una cultura donde la soledad se normaliza. Otros, en cambio, sostienen que el feminismo amplió derechos y oportunidades, y que el problema real está en la precariedad económica, el hiperconsumo y la deshumanización digital.
Mientras tanto, países como China han comenzado a preocuparse seriamente por el envejecimiento poblacional y la caída de nacimientos, impulsando políticas para incentivar la natalidad y fortalecer la estructura familiar. En gran parte de Occidente, el descenso demográfico también es evidente: menos matrimonios, menos hijos y una visión cada vez más individualizada del proyecto de vida.
El debate sobre el aborto, la familia y la natalidad se ha convertido en uno de los grandes choques culturales del siglo XXI. Para unos, representa libertad y autonomía personal; para otros, es una señal de crisis civilizatoria y pérdida de valores fundamentales.
La gran pregunta de fondo es si la modernidad logró construir individuos más libres, pero emocionalmente más solos. Y si una sociedad puede sostenerse únicamente desde el consumo, la virtualidad y el individualismo, dejando en segundo plano la comunidad, la familia y el sentido de pertenencia.

JRoU 




Colombia: más allá de la política, una nación que merece ser defendida. A a pesar de las crisis,Colombia sigue viva.. JRoU

Por un momento dejemos a un lado el ruido de la confrontación política, la corrupción que ha degradado la ética pública y la ambición personal que muchas veces ha puesto los intereses particulares por encima del bienestar nacional. Dejemos atrás el eco de la violencia, de la insurgencia y del miedo que durante décadas ha intentado dividir a nuestra nación.
Miremos a Colombia desde su verdadera esencia.
Hablemos de la Colombia inmensa.
La de los dos océanos.
La de las montañas infinitas.
La del café, los llanos, la Amazonía y el Caribe vibrante.
La nación privilegiada por una biodiversidad que el mundo admira y que convierte nuestro territorio en uno de los más ricos en flora y fauna del planeta.
Pero la mayor riqueza de Colombia no está únicamente en sus paisajes. Está en su gente.
En la calidez del campesino.
En la resiliencia de quien madruga a trabajar pese a las dificultades.
En la creatividad del emprendedor.
En la alegría que resiste incluso en medio de la adversidad.
En la música que une regiones enteras y en la cultura que convierte nuestras diferencias en identidad.
Ser orgullosamente colombiano no significa negar los problemas del país. Significa reconocerlos sin perder el amor por la nación. Significa creer que Colombia puede ser mejor y trabajar para lograrlo.
Porque el patriotismo verdadero no se limita a usar la camiseta de la Selección Colombia durante un partido, ni a poner la mano en el corazón cuando suena el himno nacional.
El patriotismo real se demuestra todos los días.
Se demuestra respetando lo público y entendiendo que los bienes del Estado pertenecen a todos los colombianos.
Se demuestra valorando la Constitución, la justicia y las instituciones.
Se demuestra siendo honestos incluso cuando nadie está mirando.
Ser patriota también es practicar valores cívicos:
respetar a los vecinos, cuidar la convivencia, ayudar al que lo necesita y mostrar hospitalidad a quien visita nuestra tierra.
Es defender nuestra identidad cultural, proteger la biodiversidad, honrar las tradiciones y reconocer que la diversidad regional es una fortaleza y no una división.
Ser patriota es entender que Colombia no pertenece a un gobierno, ni a una ideología, ni a un partido político. Colombia pertenece a su pueblo.
Y el verdadero amor por la patria se refleja en la voluntad de construir un mejor futuro para las próximas generaciones, con unión, trabajo, educación, disciplina y esperanza.
Porque a pesar de las crisis, de los errores históricos y de quienes han querido destruirla desde la corrupción o la violencia, Colombia sigue viva.
Y mientras existan colombianos capaces de amar su tierra, respetar su gente y luchar por un país más digno, siempre habrá razones para creer en ella.



Saturday, May 9, 2026

Los vacíos institucionales: la herida silenciosa de Colombia. JRoU


Los vacíos institucionales en Colombia no son un problema nuevo, pero sí uno de los más profundos y peligrosos para la estabilidad nacional. Se entienden como la ausencia, debilidad o ineficiencia del Estado en territorios y sectores donde debería garantizar seguridad, justicia, salud, educación e igualdad de oportunidades. Allí donde el Estado no llega con autoridad legítima y soluciones reales, otros ocupan ese espacio: corrupción, clientelismo, economías ilegales y estructuras criminales.
En muchas regiones del país, la presencia institucional sigue siendo apenas simbólica. Hay comunidades donde el ciudadano tiene más contacto con grupos ilegales que con jueces, médicos, policías o entidades estatales. La consecuencia es devastadora: territorios abandonados donde la ley pierde fuerza y la población termina sometida al miedo, la pobreza y la dependencia política.
La corrupción agrava aún más este vacío. Recursos destinados a infraestructura, salud, educación y desarrollo terminan desviados por redes políticas que convierten el Estado en una maquinaria de favores y contratos. El ciudadano deja de confiar en las instituciones porque percibe que funcionan para intereses particulares y no para el bienestar colectivo.
Otro de los efectos más graves es la desigualdad regional. Mientras algunas ciudades avanzan en modernización y oportunidades, vastas zonas rurales siguen atrapadas en abandono histórico. La falta de vías, conectividad, hospitales y acceso a educación perpetúa ciclos de pobreza que frenan el desarrollo nacional.
Estos vacíos también afectan la seguridad. Donde no existe presencia efectiva del Estado, florecen economías ilícitas como el narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión y el contrabando. Los grupos criminales no solo controlan territorios: imponen normas, ejercen violencia y reemplazan funciones que deberían pertenecer exclusivamente al Estado.
Colombia posee enormes riquezas naturales, talento humano y capacidad productiva. Sin embargo, ningún país puede consolidar progreso sostenible cuando sus instituciones son débiles o permeables a intereses corruptos. El verdadero desafío no es únicamente político; es ético, administrativo y estructural.
Cerrar los vacíos institucionales requiere mucho más que discursos. Exige fortalecer la justicia, combatir la corrupción con resultados reales, descentralizar el desarrollo, garantizar inversión social en regiones olvidadas y recuperar la confianza ciudadana. Porque donde el Estado está ausente, inevitablemente alguien más toma el control.
Y mientras esos vacíos continúen abiertos, Colombia seguirá enfrentando una lucha permanente entre la institucionalidad y el caos.

JRoU