Sunday, August 16, 2026

La verdad, aunque incomode, no necesita propaganda para existir. JRoU


La hipocresía disfrazada de progresismo
La hipocresía política también sabe cambiar de nombre, de discurso y de bandera. Hoy puede presentarse como progresismo, como revolución cultural o como defensa de los pueblos oprimidos, mientras guarda silencio frente a las contradicciones de aquello que dice defender.
Resulta legítimo preguntarse por qué algunos sectores políticos parecen tener una enorme capacidad de solidaridad con Cuba, Palestina, Irán o determinadas organizaciones y movimientos extranjeros, mientras el pueblo colombiano adquiere protagonismo especialmente cuando llegan las campañas electorales.
El problema no es defender una causa internacional. El problema aparece cuando la solidaridad se convierte en instrumento ideológico y se aplican dos raseros diferentes: uno para los amigos políticos y otro para quienes piensan distinto.
El fanatismo ideológico como instrumento de división
El fanatismo político comienza cuando una ideología deja de ser una forma de interpretar la realidad y se convierte en una verdad incuestionable. En ese punto, quien discrepa deja de ser un ciudadano con otra opinión y pasa a convertirse en enemigo.
Es allí donde puede aparecer el resentimiento social inducido: convencer al ciudadano de que sus problemas tienen un único culpable; presentar al empresario como enemigo del trabajador, al que tiene éxito como responsable de la pobreza ajena o al adversario político como una amenaza para la sociedad.
Una narrativa repetida constantemente puede terminar sustituyendo el análisis de los hechos. El ciudadano, bombardeado por mensajes emocionales, etiquetas y simplificaciones, corre el riesgo de reaccionar desde el odio antes que desde la reflexión.
El problema no es que una persona tenga una ideología. El problema aparece cuando pierde la capacidad de cuestionarla.
Cuando la narrativa sustituye a la verdad
La política no puede construirse sobre la difamación, la tergiversación ni la fabricación deliberada de enemigos. Tampoco puede pretender convertir una afirmación falsa en verdad simplemente porque se repite suficientes veces.
Algunas técnicas contemporáneas de propaganda política parecen recuperar viejos mecanismos de manipulación y adaptarlos al lenguaje actual: deslegitimar al adversario, dividir a la sociedad, explotar resentimientos, utilizar etiquetas y convertir cualquier discrepancia en una supuesta agresión.
Así se construye una falsa narrativa: primero se identifica un enemigo; después se exageran sus defectos; posteriormente se deshumaniza políticamente al contradictor y finalmente se presenta la confrontación como una lucha moral entre "buenos" y "malos".
El ciudadano termina siendo víctima de una guerra cultural que muchas veces ni siquiera comprende, pero que aprende a reproducir.
La paz no puede ser sinónimo de impunidad
Hablan de paz, pero la paz no puede significar impunidad.
Hablan de reconciliación, pero reconciliar una sociedad no significa borrar la responsabilidad de quienes han cometido delitos.
La verdadera paz necesita justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición. Defender los derechos humanos exige defenderlos también cuando el responsable pertenece al propio espectro ideológico.
Una sociedad democrática no puede aceptar que la violencia sea condenable cuando la ejerce el adversario y justificable cuando la ejercen los propios aliados.
La normalización de lo inaceptable
También merece ser cuestionada la normalización de relaciones políticas con personas o estructuras señaladas por actividades criminales. La cercanía política no demuestra por sí misma complicidad, pero sí exige transparencia, explicaciones y responsabilidad cuando existen hechos verificables que generan dudas.
La política no puede convertirse en refugio moral para quienes, bajo determinadas banderas ideológicas, pretenden obtener legitimidad que no conseguirían únicamente por sus actos.
Colombia necesita despertar del fanatismo
El ciudadano no necesita que le enseñen a odiar. Necesita educación para pensar.
No necesita una ideología que le explique a quién debe culpar. Necesita herramientas para comprender por qué existen la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la violencia y la falta de oportunidades.
No necesita dirigentes que alimenten permanentemente el resentimiento. Necesita dirigentes capaces de construir soluciones.
El verdadero peligro de una falsa narrativa no está únicamente en quien la fabrica, sino en una sociedad que deja de cuestionarla.
Cuando el ciudadano renuncia a pensar por sí mismo, la propaganda ocupa el lugar de la razón.
Cuando el resentimiento reemplaza al argumento, desaparece el debate.
Cuando el odio reemplaza a la política, la democracia comienza a deteriorarse.
Colombia necesita superar esa doble moral y ese fanatismo ideológico.
No necesitamos políticos que recuerden al pueblo únicamente cuando necesitan su voto. Necesitamos dirigentes capaces de defender al ciudadano común con la misma intensidad con la que defienden sus causas ideológicas.
La verdadera paz exige justicia.
La verdadera democracia exige verdad.
La verdadera libertad exige pensamiento crítico.
Y la verdad, aunque incomode, no necesita propaganda para existir.
la verdad, aunque incomode, no necesita propaganda para existir.

JRoU 

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JR