El resentido que llega al poder no gobierna: se venga.
Convierte su fracaso personal en ideología, su envidia en discurso y su odio en política de Estado. No busca justicia ni bienestar común, busca revancha. Necesita dividir para reinar, señalar enemigos para existir y destruir para sentirse superior. El poder no lo transforma: lo desnuda. Desde allí usa las instituciones como garrote, la ley como arma selectiva y el discurso social como excusa para imponer su rencor.
Su gobierno no construye futuro, ajusta cuentas con el pasado. Alimenta el resentimiento social porque vive de él; sin odio no tiene causa, sin conflicto no tiene poder. Así nace la tiranía moral: una máquina de venganza que arrasa la convivencia, degrada la democracia y convierte al Estado en instrumento de persecución.
Donde gobierna el resentido, la nación retrocede. Allí no hay reconciliación, hay castigo; no hay justicia, hay revancha; no hay liderazgo, hay odio con poder.
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JR