AMÉRICA LATINA ANTE UNA ALERTA EUROPEA: ¿PROTESTA SOCIAL O EXPANSIÓN DEL ISLAMISMO POLÍTICO?
América Latina no debería contemplar con indiferencia los conflictos que sacuden a Europa. Las tensiones sociales, la polarización ideológica, los disturbios, los saqueos, las detenciones masivas y los toques de queda plantean interrogantes sobre la capacidad de las democracias para preservar el orden constitucional sin sacrificar las libertades ciudadanas.
Francia, en particular, lleva años debatiendo sobre el islamismo político, el separatismo religioso, la integración y la defensa del Estado laico. Son asuntos complejos que exigen investigación rigurosa, pruebas y responsabilidad política, no generalizaciones sobre comunidades enteras.
Pero hay una pregunta legítima que las democracias no deben evadir: ¿cuándo una reivindicación social deja de ser una protesta legítima y se convierte en instrumento de un proyecto político que pretende transformar las instituciones, las leyes y las libertades de una sociedad?
La presencia de banderas palestinas, los vínculos entre organizaciones políticas y religiosas o la participación de ciudadanos musulmanes en manifestaciones no demuestran, por sí solos, la existencia de una estrategia de infiltración. Sin embargo, cualquier organización que promueva la violencia, la intimidación, la supresión de derechos o la imposición de una autoridad religiosa por encima de la Constitución debe ser examinada con el mismo rigor, independientemente de su ideología.
Aquí aparece una contradicción que merece análisis: ciertos sectores progresistas, socialistas y woke defienden causas vinculadas con movimientos islamistas bajo el argumento de la solidaridad y la resistencia al poder occidental, aunque algunas corrientes islamistas sostengan posiciones incompatibles con los derechos de las mujeres, la libertad religiosa, la diversidad sexual y el pluralismo democrático que esos mismos sectores dicen defender.
La contradicción no convierte a todos los progresistas en aliados del islamismo ni a todos los musulmanes en adversarios de la democracia. Sí obliga a preguntar si la solidaridad política está siendo utilizada, en determinados casos, para justificar prácticas autoritarias que serían condenadas cuando provienen de otras corrientes ideológicas.
¿Y qué debe aprender América Latina?
Que ninguna democracia es inmune al deterioro institucional. La polarización, la manipulación de las masas, la tolerancia selectiva frente a la violencia y la subordinación de los principios constitucionales a intereses partidistas pueden abrir espacios a proyectos autoritarios de distintas tendencias: religiosos, nacionalistas, socialistas o de cualquier otra orientación.
La respuesta no puede ser perseguir creencias ni estigmatizar comunidades. Debe consistir en defender el Estado de derecho, investigar los delitos con pruebas, exigir transparencia en la financiación de organizaciones, proteger la libertad de expresión y aplicar la ley sin privilegios ni discriminaciones.
La democracia no se defiende con miedo ni con prejuicios, sino con instituciones firmes, ciudadanos informados y principios que no cambien según la conveniencia política.
Como advierte la Escritura:
«El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño». — Proverbios 22:3
La prudencia democrática consiste en reconocer los riesgos antes de que se conviertan en crisis, sin confundir la prevención con la persecución ni la libertad religiosa con el extremismo.
La advertencia final es clara: ninguna ideología, partido o proyecto religioso puede estar por encima de la Constitución. Cuando la democracia renuncia a sus principios para complacer a sus aliados, comienza a debilitarse desde dentro.
Aclara el contexto europeo específico
Distingue religión e islamismo con mayor precisión
Modera generalizaciones sobre el progresismo
José Rodrigo Umaña Martinez
Conversando en Blanco o Negro ®© Actualidad sin filtros
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