LA IDEOLOGÍA QUE SE COMIÓ SU PROPIO CUENTO..
La revolución llegó prometiendo igualdad.
Y algunos descubrieron que la igualdad era para los demás.
El pueblo pone los votos.
Los iluminados se quedan con el poder.
Prometieron acabar con las élites.
Y terminaron fabricando una nueva élite.
Con cargos.
Contratos.
Privilegios.
Y, curiosamente, mucha vocación de servicio… siempre que el servicio viniera con presupuesto.
Prometieron combatir el capitalismo.
Pero nadie les explicó que el capitalismo también paga buenos salarios.
Prometieron austeridad.
Después descubrieron las mieles de la burocracia.
Prometieron transparencia.
Hasta que la transparencia empezó a mirar hacia sus propios bolsillos.
Prometieron libertad.
Pero la libertad parecía tener una condición:
pensar como ellos.
Si cuestionas la ideología, eres enemigo.
Si denuncias una contradicción, eres fascista.
Si preguntas por el dinero, eres neoliberal.
Y si insistes demasiado…
¡qué falta de solidaridad con la revolución!
El discurso woke convirtió diferencias legítimas en trincheras.
El progresismo convirtió muchas discusiones sociales en batallas identitarias.
Y el socialismo, cuando se convierte en maquinaria de poder, descubre una vieja tentación:
controlarlo todo para salvar a todos.
Qué conveniente.
El problema nunca fue hablar de igualdad.
El problema es utilizar la igualdad como escalera para llegar al poder y después retirar la escalera.
Nunca fue defender a los pobres.
El problema es convertir la pobreza en discurso permanente mientras otros viven extraordinariamente bien gracias al Estado.
La contradicción terminó siendo obscena.
Porque cuando el discurso habla de pueblo…
pero el dirigente habla de poder;
cuando el discurso habla de justicia…
pero la burocracia habla de cuotas;
cuando el discurso habla de humildad…
pero el ego exige obediencia;
la máscara empieza a caerse.
Y aquí viene la parte incómoda:
ninguna ideología se suicida de un día para otro.
Se destruye lentamente.
Con arrogancia.
Con corrupción.
Con fanatismo.
Con doble moral.
Con ambición.
Y, sobre todo, cuando sus dirigentes empiezan a creer que el Estado les pertenece.
El gran fracaso no fue querer cambiar la sociedad.
Fue creer que para cambiarla había que conquistarla.
Y cuando una ideología necesita enemigos permanentes para sobrevivir…
quizás el problema ya no está en sus enemigos.
Está dentro de ella.
Porque al final, la revolución prometió liberar al pueblo.
Pero algunos terminaron liberándose de algo mucho más incómodo:
de sus propios principios.
Y CUANDO UNA IDEOLOGÍA CAMBIA SUS PRINCIPIOS POR EL PODER, YA NO ES UNA CAUSA.
ES UN NEGOCIO CON BANDERA, de patria o muerte y riqueza pará estás hienas woke LGTBiq resentidos progresitas socialistas...
JRoU
CONVERSANDO EN BLANCO O NEGRO®
Actualidad sin filtros.
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JR