La hiena política y el síndrome de la hybris: cuando el poder convierte al hombre en carroñero
Hay una metáfora particularmente incómoda para describir determinadas conductas políticas contemporáneas: la hiena.
No por el animal en sí, sino por aquello que simboliza en el imaginario humano: la voracidad, el oportunismo, la espera paciente de la desgracia ajena y la capacidad de alimentarse del desastre cuando otros padecen sus consecuencias.
En esta metáfora, la hiena política representa al dirigente o militante que descubre en la crisis una oportunidad, en la pobreza un capital electoral, en el resentimiento una herramienta de movilización y en la división social un mecanismo para conservar o conquistar poder.
Su alimento no es solamente material. También se alimenta del conflicto, del odio, de la confrontación y de la desesperanza.
El progresismo convertido en dogma
La crítica no está dirigida contra quien simplemente defiende ideas progresistas, socialistas o posiciones woke. En una democracia, esas corrientes tienen derecho a existir y a defender sus propuestas.
El problema aparece cuando la ideología deja de ser una convicción y se convierte en adoctrinamiento, cuando la identidad política sustituye la conciencia crítica y cuando el adversario deja de ser un ciudadano con una opinión diferente para convertirse en un enemigo al que hay que destruir moralmente.
Es allí donde aparece el militante ideologizado: alguien que puede terminar defendiendo contradicciones evidentes porque la lealtad al relato político pesa más que la verdad.
La conciencia social desaparece detrás de la consigna.
La ética queda subordinada a la conveniencia.
Y la realidad comienza a interpretarse únicamente desde aquello que confirma la propia ideología.
El político carroñero
El carroñero político no necesita producir soluciones; necesita que existan problemas.
Una sociedad dividida le proporciona combustible. Una población resentida le proporciona seguidores. Una crisis económica le proporciona discursos. Una tragedia le proporciona cámaras. Una víctima le proporciona una narrativa.
Puede presentarse como defensor de los vulnerables mientras convierte su vulnerabilidad en instrumento de poder.
Puede hablar permanentemente de igualdad mientras construye privilegios para su propio círculo.
Puede denunciar la corrupción de otros mientras justifica las prácticas de los suyos.
Puede proclamarse defensor de la libertad mientras pretende silenciar al contradictor.
Ahí aparece la verdadera contradicción: la solidaridad utilizada como fachada para el oportunismo.
El síndrome de la hybris
El concepto de hybris, procedente de la tradición griega, describe la arrogancia desmedida, la soberbia y la sensación de superioridad que lleva a una persona a creer que está por encima de los límites.
En el ámbito político existe una expresión moderna conocida como síndrome de la hybris, utilizada para describir determinados comportamientos asociados al ejercicio prolongado del poder: exceso de confianza, sensación de excepcionalidad, desprecio por las críticas, incapacidad para reconocer errores y convicción de que las propias decisiones están justificadas por una misión superior.
El problema comienza cuando el gobernante deja de pensar:
“Tengo poder para servir.”
y empieza a pensar:
“Tengo poder porque soy superior.”
Ese cambio psicológico puede ser devastador para una democracia.
El hibristrofílido: la fascinación por el transgresor
Aquí aparece otra figura interesante: el hibristrofílico —término derivado de hybris y utilizado para referirse a la fascinación o atracción hacia personas que han cometido actos transgresores, violentos o moralmente repudiables.
Llevado metafóricamente al terreno político, podríamos hablar del “hibristrofílido político” para describir a quien termina admirando, justificando o idealizando al personaje poderoso precisamente por su capacidad de transgredir límites.
No importa la contradicción.
No importa el abuso.
No importa el fracaso.
No importa la evidencia.
Si el líder pertenece al propio bando, siempre aparece una explicación para justificarlo.
El seguidor deja entonces de evaluar al dirigente por sus resultados y comienza a defenderlo por su identidad política.
Entre la hybris y la carroña
La combinación resulta peligrosa.
Por un lado está el dirigente afectado por la hybris, convencido de su superioridad moral y política.
Por otro, aparece el hibristrofílico, dispuesto a justificar sus excesos porque admira la fuerza, la transgresión o el poder del líder.
Y alrededor de ambos puede desarrollarse una estructura política que utiliza el resentimiento, el miedo y la confrontación como instrumentos de permanencia.
Es entonces cuando la política deja de ser servicio público y se transforma en una disputa permanente por el control de las emociones colectivas.
La hiena ya no espera simplemente la muerte de su presa.
Espera la crisis.
El Estado como botín
Uno de los mayores peligros aparece cuando determinados sectores convierten al Estado en una fuente permanente de beneficios para sus propios intereses.
El ciudadano paga.
El político promete.
El intermediario administra.
Y finalmente quienes deberían ser servidores públicos terminan comportándose como propietarios del poder.
El Estado deja de ser entendido como patrimonio colectivo y comienza a ser tratado como botín.
Allí florece el oportunismo: contratos, burocracia, privilegios, clientelismo, propaganda y utilización política de las necesidades sociales.
El ciudadano vulnerable queda convertido en elector cautivo.
Y la pobreza, en vez de ser superada, puede terminar siendo políticamente rentable.
La verdadera batalla es ética
El problema de fondo no es solamente izquierda contra derecha.
Es ética contra oportunismo.
Es ciudadanía crítica contra fanatismo.
Es servicio público contra apropiación del Estado.
Es verdad contra propaganda.
Es responsabilidad contra victimización permanente.
Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de cuestionar también a quienes piensan como ellos.
Porque cuando una persona renuncia a su capacidad crítica para convertirse en defensor incondicional de un líder, deja de actuar como ciudadano y comienza a comportarse como militante de una tribu.
Y una sociedad tribalizada es terreno fértil para cualquier forma de autoritarismo.
No convertirnos en aquello que criticamos
La metáfora de la hiena puede ser poderosa, pero también debe servir como advertencia para todos.
Ninguna ideología posee el monopolio de la virtud.
La corrupción no tiene partido.
El oportunismo no tiene ideología.
La arrogancia no tiene color político.
El fanatismo puede aparecer en cualquier extremo.
Por eso, la verdadera defensa de la democracia consiste en recuperar algo que ninguna propaganda debería arrebatarnos: la capacidad de pensar por nosotros mismos.
La política debe volver a tener límites.
El poder debe volver a tener controles.
El gobernante debe volver a entender que administrar el Estado no lo convierte en dueño de él.
Y el ciudadano debe recordar que no nació para servir al político; el político fue elegido para servir al ciudadano.
Cuando el poder pierde la ética, aparece la hybris.
Cuando la sociedad pierde la capacidad crítica, aparece el fanatismo.
Cuando la desgracia se convierte en negocio político, aparece el carroñero.
Y cuando los ciudadanos dejan de exigir verdad, responsabilidad y resultados, las hienas ya no necesitan esconderse.
Caminan tranquilamente entre nosotros, disfrazadas de salvadores.
JRoU
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