Del jaguar al gato enjaulado: la rendición del falso revolucionario
El supuesto triunfalismo no fue más que la mueca nerviosa de un criminal asustado, condicionado y vigilado. El “jaguar” que prometía rugir contra el imperio salió de la Casa Blanca domesticado, dócil y reducido, como lo que siempre fue: retórica inflada sin poder real.
Viajó anunciando gestas históricas y regresó implorando indulgencias. No fue a exigir justicia, fue a negociar impunidad. No defendió la soberanía, pidió favores: rescatar a su socio extraditado y borrar su nombre de los registros que lo señalan por lo que es.
El espectáculo fue patético.
Sin gritos.
Sin consignas.
Sin valentía.
El séquito de testaferros, aplaudidores y militantes de consigna automática quedó mudo, obediente, alineado. Los que en casa insultan, amenazan y agitan el odio, allá bajaron la cabeza. El antiimperialismo terminó donde empieza el poder real.
Ni revolución, ni dignidad, ni coraje.
Solo silencio cómplice y sumisión calculada.
Así se desmorona el mito: los narcosocialistas que se creen intocables demostraron que su “rebeldía” es puro teatro. Cuando la justicia mira de frente, el jaguar no ruge: se esconde.
JRoU
Blanco o Negro
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JR