El marketing político ha entrado en su fase más perversa: la distorsión deliberada de la intención de voto.
Las encuestas ya no miden opinión; fabrican temor, condicionan percepciones y construyen el libreto perfecto para que, si el resultado electoral no les favorece, el fraude sea la excusa anticipada.
La izquierda sabe que los narcodineros no están comprando los votos que prometieron. El umbral que creían asegurado con Cepeda no aparece, y por eso hoy ellos mismos lo están quemando: denuncias internas, encuestas falsas y desgaste mediático calculado. El plan es claro: abrirle paso a Roy Barreras, presentado como el supuesto redentor del socialismo, reciclado y funcional al poder.
Todo converge en un solo punto crítico: la Registraduría.
Allí pretenden acomodar los votos “necesarios” para sostenerse en el poder, porque no es ideología lo que los mueve, es el miedo. Miedo a perder el control, miedo a rendir cuentas, miedo a una justicia que ya los espera.
Esto no es democracia.
Es una operación de supervivencia política.
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JR