El inicio y el final de la vida no pueden reducirse a una decisión política
Toda época tiene sus grandes debates. El nuestro gira alrededor del valor de la vida humana.
En mi opinión, el progresismo de alcance global ha impulsado una visión política y cultural que promueve la ampliación de los llamados derechos reproductivos y la eutanasia como expresión de la autonomía individual. Sus partidarios sostienen que ello fortalece las libertades personales; quienes discrepamos consideramos que ese enfoque modifica principios éticos fundamentales sobre el inicio y el final de la vida.
El riesgo aparece cuando cuestiones de enorme trascendencia moral se presentan como si fueran únicamente asuntos de ingeniería jurídica o de mayorías políticas. La legalidad puede cambiar con el tiempo; los principios éticos exigen una reflexión más profunda y no dependen exclusivamente de los vaivenes del poder.
Reducir este debate a consignas ideológicas empobrece la democracia. La protección de la vida, la dignidad de la persona, la autonomía individual y el papel del Estado son temas que merecen un intercambio serio de argumentos, no etiquetas ni descalificaciones.
Una sociedad libre debe ser capaz de debatir estos asuntos con respeto y responsabilidad. Las leyes organizan la convivencia, pero no sustituyen la conciencia moral de los ciudadanos ni resuelven por sí solas las preguntas más difíciles sobre la condición humana.
Porque, al final, la discusión no es solamente qué permite la ley. La verdadera pregunta es qué clase de sociedad queremos construir y qué valor estamos dispuestos a reconocer a la vida humana en cada una de sus etapas.
JRoU
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JR