Pregunta:
¿Hasta dónde puede llegar un gobernante en su afán provocador cuando trivializa y sexualiza la figura de Jesús, vulnerando la fe de millones, mientras el silencio de la Iglesia institucional y el aplauso de ciertos medios normalizan la ofensa como si fuera valentía intelectual?
¿Es libertad de expresión blasfemar sobre lo sagrado para millones, o es simple irresponsabilidad ética de quien gobierna, avalada por el silencio cómplice de instituciones y medios que deberían defender el respeto y la convivencia?
¿Quién defiende la dignidad de la fe cuando el poder provoca, la Iglesia calla y los medios aplauden?
¿En qué momento un gobernante cruza la línea moral definitiva cuando convierte la fe de millones en burla, sexualiza lo sagrado y usa la blasfemia como espectáculo político, mientras la Iglesia calla y los grandes medios aplauden la profanación como si fuera progreso?
¿Es esto gobierno o decadencia moral: un poder que ofende deliberadamente a los creyentes, una Iglesia que guarda silencio cobarde y unos medios que celebran la blasfemia por conveniencia ideológica?
¿Quién responde cuando el poder blasfema, la Iglesia se arrodilla en silencio y los medios legitiman la ofensa?
¿No es complicidad moral el silencio de la Iglesia y el aplauso mediático frente a un gobernante que instrumentaliza la blasfemia, degrada lo sagrado y desprecia la fe como arma política?
¿En qué punto una nación entiende que ha caído en la decadencia cuando quien gobierna convierte la blasfemia en discurso, sexualiza lo sagrado para provocar, y usa la fe de millones como carnada ideológica, mientras la Iglesia calla por cálculo y los medios celebran la ofensa como si fuera virtud?
¿No es una forma de corrupción espiritual que el poder profane lo sagrado, que la Iglesia guarde un silencio vergonzante y que los medios aplaudan la burla, construyendo consenso alrededor del irrespeto y la degradación moral?
Cuando el poder blasfema, la Iglesia calla y los medios aplauden, ¿no queda claro que el problema ya no es el gobernante, sino la rendición moral de toda una élite?
Blasfemia desde el poder, silencio desde el altar y aplauso desde los medios: así se institucionaliza la decadencia.
Esto no es una polémica menor ni una provocación anecdótica.
Es un hecho histórico de degradación institucional: cuando el poder utiliza la blasfemia como narrativa, trivializa lo sagrado y convierte la fe de millones en objeto de burla política.
Aquí no falla solo quien gobierna.
Falla la Iglesia cuando calla.
Falla el periodismo cuando aplaude.
Falla la élite cuando normaliza la ofensa.
El silencio ya no es prudencia: es complicidad moral.
El aplauso ya no es opinión: es legitimación de la profanación.
Una nación empieza a perderse no cuando se equivoca, sino cuando renuncia a defender lo esencial.
Y nada es más esencial para un pueblo que el respeto por sus creencias, su dignidad espiritual y sus límites morales.
La historia no juzgará solo al gobernante que blasfemó, sino a las instituciones que callaron y a los medios que celebraron la caída.
JRoU
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JR