Está reflexión toca un punto central y compartido por muchos colombianos: el problema ya no es solo un partido o un gobierno, sino un sistema corroído.
Colombia,necesita un gran cambio, qué yo llamo rencauzar la república, pero no uno retórico ni mesiánico. El hartazgo ciudadano abrió espacio al outsider como símbolo del sentir patriota y del rechazo a la política tradicional; sin embargo, ninguna figura aislada puede transformar un Estado capturado, si no se cambia la arquitectura del poder y los incentivos que hoy premian la corrupción.
El núcleo del problema
La corrupción dejó de ser una desviación y pasó a ser costumbre institucionalizada:
Justicia: politizada, lenta y selectiva. Castiga al débil y absuelve al poderoso.
Congreso: convertido en mercado de votos, mermelada y favores.
Instituciones del Estado: cooptadas por cuotas políticas, clientelismo y redes de intereses.
Aquí no hay inocentes: la ética fue abandonada transversalmente, sin distinción real de partidos. La diferencia no ha sido moral, sino de forma y descaro.
El caso del Pacto Histórico
Lo que ocurrió con el Pacto Histórico no fue una excepción ética, sino una exageración del vicio:
Llegaron prometiendo superioridad moral.
Gobernaron con desmesura, improvisación y descaro.
Confirmaron que el problema no era “quién”, sino cómo se ejerce el poder sin controles reales.
El discurso del cambio terminó replicando —y en algunos casos profundizando— las prácticas que decía combatir.
¿Qué tipo de cambio necesita Colombia?
No uno ideológico, sino estructural:
Reforma profunda del sistema judicial, con controles externos, meritocracia real y sanciones ejemplares.
Reducción del poder discrecional del Congreso, eliminando la mermelada y los incentivos al clientelismo.
Órganos de control verdaderamente independientes, no repartidos como botín político.
Transparencia radical: trazabilidad del gasto público en tiempo real.
Castigo efectivo: sin cárcel y pérdida real de poder y patrimonio, no hay disuasión.
Conclusión
Colombia no se arregla cambiando de شعار (slogan) ni de caudillo.
Se arregla rompiendo la impunidad, desmontando el sistema que normalizó el robo y devolviendo la ética como norma, no como discurso de campaña.
Mientras el control no esté por encima del poder, todo seguirá igual…,con distintos colores, pero con las mismas manos en el erario.
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JR